27 de julio de 2014 16:34

Una milagreña, un manaba y una guarandeña se llevaron la Estrella Culinaria a las mejores huecas de Guayaqui

Angélica Gujilan recibió el premio al primer lugar.

Angélica Gujilan recibió el premio al primer lugar de feria gastronómica Raíces. Foto: EL COMERCIO

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Redacción Guayaquil

Hace cinco meses se comenzó a armar el catastro de las huecas gastronómicas de Guayaquil. Un equipo de siete escuelas de gastronomía visitó alrededor de 400 lugares, locales que el guayaquileño define como “huecas”, por vender platos tradicionales con buena sazón, por la cercanía del dueño del local con el cliente y por la historia que traen desde que abrieron sus puertas en el centro de la ciudad.

Y hoy, en la clausura de la feria gastronómica Raíces, que la dirección de Turismo del Municipio realizó del 24 al 27 julio para promover a la ciudad como destino turístico en gastronomía, las tres mejores huecas ganaron una estrella de reconocimiento, por ser las mejores de la ciudad.

El encebollado de “El pez volador”, el llapingacho de “Don Carlos” y los jugos de fruta de “El Manabita” ganaron la Estrella Culinaria de Oro, Plata y Bronce respectivamente.

Los tres negocios que compartieron tarima a la hora de recibir la placa de reconocimiento tienen algo común: nacieron de manos de emprendedores que llegaron de otras ciudades a buscar suerte en Guayaquil.

En el centro de convenciones de Guayaquil, donde se desarrolló la feria, tuvieron espacio las 30 huecas finalistas de las 400 que formaron parte de la investigación, y durante los cuatro días que tuvieron una sede temporal en el sitio, los comensales nacionales y extranjeros probaron los platos de la gastronomía ecuatoriana que se hicieron famosos en varios rincones de la ciudad.

Encocado, caldo de manguera, dulces borrachitos, caldo de bagre, seco de pato, encebollado, bolón. La variedad de platos era tan grande como la cantidad de personas que copaban las mesas que se colocaron frente a las huecas (más de 40 000 personas acudieron al lugar en los cuatro días).

Sin embargo, el jurado solo seleccionó a tres como las mejores, “por su tradición, por la historia y por el plato típico”, dijo Santiago Granda, promotor del Instituto Superior de Arte Culinario de Guayaquil.

Cerca del medio día, la atención de los comensales dejó de centrarse en los platos típicos de las huecas, para posarse sobre la tarima en la que Gloria Gallardo, directora del departamento de Turismo del Municipio de Guayaquil, anunciaba que ya tenía la lista de ganadores.

Los dueños de los negocios comenzaron entonces a salir de las cocinas, se sacaban a penas los delantales y dejaban la posta a alguien más, para acercarse a la tarima y esperar a escuchar su nombre.

Granda y Gallardo agradecían el apoyo de los comensales y destacaban que los 30 finalistas ya eran considerados destinos turísticos de la ciudad; al agradecimiento le siguió el aplauso de la gente y luego vino el nombre del ganador del tercer lugar: El Manabita.

Marino Calderón se llevó la Estrella Culinaria de Bronce. Oriundo de jipijapa, este manabita comenzó a vender juegos de fruta en 1993, en la calle Hurtado, frente a la piscina Olímpica, “cuando salí del ejército”, recuerda. 21 años después, además de este local, Calderón tiene otro en las calles Luque y García Moreno y cuenta que el éxito de su negocio se debe a la buena atención que le da a sus clientes.

En seguida se le unió en la tarima la guarandeña Gladys Quinaloa. Picantería Don Carlos, el negocio que fundó con su esposo, Carlos Chicaiza, oriundo de Chimborazo, obtuvo la Estrella de Plata por su llapingacho. Mientras Quinaloa recibía el premio con lágrimas, su esposo no dejaba la cocina.

Los clientes hacían fila. Han sido tantos años de lucha, de esfuerzo. Comenzamos de a poco, estoy feliz, no lo creo”, contó Quijalema.
Para escuchar el nombre del primer lugar, los espectadores tuvieron que esperar un poco más de tiempo. Granda y Gallardo querían inyectar algo de tensión. “Y el ganador de la Estrella de Oro es… El Pez Volador”, dijeron en coro los organizadores y Angélica Cujilema levantó los brazos de alegría. Subió emocionada, demasiado para hablar. Su voz temblaba. Sus compañeros de feria, propietarios de las otras 27 huecas, aplaudían.

Esta milegreña, que comenzó a vender encebollados en una carretilla hace 30 años no podía creer que su hueca había ganado, de entre 400 de la ciudad. “Aún no me recupero de la emoción”, le decía a la prensa. “¿Cuál es el secreto de su encebollado”, le preguntaban todos. “Yo le pongo mucho amor, ese es el secreto, hacer las cosas con amor”, respondía mientras abrazaba la placa que colocará en su local, ubicado en las calles Aguirre, entre Esmeraldas y José Mascote.

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