31 de July de 2011 00:01

Sus vidas, entre periódicos y sueños

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Luis Sanunga es cordial, habla poco y lo hace con respeto. A las 07:45 del pasado jueves se sirve una taza de café hirviendo, con un sánduche de queso. Está arrimado a la pared y no tiene la mirada fija. Sus ojos inquietos están pendientes de quienes caminan por la acera o de quienes pasan en los carros por la calle Cañaris, en La Magdalena, en el sur.

Es trigueño y tiene un bigote abultado. Luce una chompa gruesa y una gorra tomate. Tiene sus manos frías. Se lo encuentra de domingo a domingo, en la esquina de las calles Cañaris y Collahuazo. Allí vende periódicos, debajo de la visera de cemento de la parada de buses, junto a la iglesia. Llega a las 06:30 y se va, por lo regular, a las 17:00.

Tiene 50 años y desde los 12 recorre las calles de Quito vendiendo periódicos. Su fogueo en el oficio empezó en la Quito Sur, cuando las vías eran enlodadas y el alumbrado público, deficiente. Al inicio vendía billetes de lotería. “Luego se enteraron que yo me movía por todo lado y me contactaron para vender periódicos”.

Desde entonces, empezó a construir su historia, después de abandonar su natal Guano. También involucró en el trabajo a su esposa, María Cando. Ahora, los dos con el apoyo de sus hijos atienden en el puesto de La Magdalena. En un deteriorado mostrador exhiben los periódicos, matutinos y vespertinos, revistas, boletos de lotería y de otros juegos de azar. En pequeñas cajas de cartón también tienen a disposición del público chicles y caramelos.

Son buenos vendedores. Lo aprendieron sobre la marcha y gracias a los cursos de capacitación. Don Luis dice, con mucha convicción, que la principal enseñanza que le dejaron las charlas y el trajinar diario por las calles es la obligación de ahorrar. “No me gasto todo, tengo que guardar para cumplir mis sueños”.

Con esa mentalidad, él y su esposa han podido educar a sus cinco hijos (el mayor de 25 años) y construir una casa en La Ecuatoriana. A Doña María se le quiebra la voz cuando asegura que no quiere que ellos se queden como ella, sin profesión. “Agradezco a EL COMERCIO por todo lo que tengo. La empresa me ha dado más de una oportunidad de trabajo y de superación”.

El diálogo se suspende porque un jeep negro se parquea junto al puesto. Don Luis deja la taza de café, toma un ejemplar del diario y con una amplia sonrisa se acerca a la ventana. Con un buenos días amable entrega el pedido. Es uno de sus clientes, a quien tiene que guardarle EL COMERCIO, aunque sea hasta el otro día.

Para él, satisfacer al cliente es su principal clave del éxito.

15 años en una esquina

Ruth Sanmartín ya lleva 15 años viendo la transformación de la ciudad desde la esquina de la av. Mariscal Sucre y Angamarca, en La Gatazo, en el sur.

Allí, el movimiento es intenso: buses que expulsan esmog al arrancar, personas que van a paso ligero, chicas que lucen uniformes elegantes y se desesperan por encontrar un taxi y comerciantes que visitan los innumerables locales que hay en el sector.

En medio de ese trajín, Doña Ruth vende periódicos. Hay quienes la saludan con mucha atención y ella no recuerda de quién se trata. Con una sonrisa leve cuenta que allí le conocen muchas personas. El oficio lo heredó de su suegra, cuando tenía 20 años. Aprendió las estrategias del negocio y cuando tuvo la oportunidad no dudó en ponerse al hombro esa responsabilidad.

Su suegra dejó de vender periódicos porque enfermó. Ella asumió la administración de las ventas y está segura de que hasta ahora no le ha ido mal.

Es reconocida porque con el resto de canillitas no se mete en problemas. En la mañana del último jueves lucía un elegante abrigo beige, un jean y zapatos puntiagudos bien lustrados. A sus 37 años, siente que ese trabajo le ha dejado muchas satisfacciones. La principal, el poder financiar los estudios de sus hijos.

La tarea empieza a las 06:00. A esa hora se para en el parterre del carril exclusivo de los buses y aprovecha el semáforo para acercarse a los choferes e indicar las portadas de los diarios.

Pasadas las 07:30 se ubica en la acera derecha de la av. Mariscal Sucre, en sentido norte-sur. Es tímida y habla poco. No le gusta que le tomen fotos.

Doña Ruth es una de los aproximadamente 850 canillitas que a diario recorren las calles de Quito ofreciendo periódicos, revistas, billetes de lotería, chicles y caramelos. Es muy cuidadosa a la hora de hablar. Dicen que así también es en su trabajo.

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