10 de January de 2011 00:00

El turista visita el Centro en la noche

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En una calle de San Marcos se armó una cancha de ecuavóley. Los deportistas detuvieron su juego cuando una caravana se acercaba, camino a la plaza central, la noche del sábado. Ambos grupos se sorprendieron: unos al ver que aún se cierran calles para deportes tradicionales y otros al ver a un grupo grande paseando por ahí en la noche, algo poco común.

Jairo Ayala llegó junto con su esposa Isabel y su hija Karen, por casualidad. Suelen revisar la agenda cultural y escoger algo los fines de semana. El sábado encontraron abierto el museo Manuela Sáenz, en la Junín y Montúfar, cuando iban a la Casa de la Danza. Luego se unieron a la caravana. “Está muy interesante. Nos vamos a quedar hasta la hora que sea, aprovechando”.

Su esposa Isabel confesó que antes no se le hubiera ocurrido pasear por San Marcos en la noche, por miedo. “No venimos porque es peligroso. Es excelente que podamos conocer más de nuestra ciudad, con mayor seguridad”.

Esa es la intención del programa Noches Patrimoniales, una iniciativa del Buró del Centro Histórico, presidido por Diego Vivero. “Pretendemos que el quiteño pueda venir al centro, principalmente los sábados, con todas las garantías. Los negocios, los museos, las iglesias, se van a ir abriendo paulatinamente para que la gente tenga a dónde llegar”.



“Ahorita el Centro Histórico está totalmente resguardado. Estamos evaluando los puntos críticos. Pretendemos que sábado a sábado esta iniciativa vaya mejorando y más gente se una”, dijo. 

Javier Cevallos guiaba el recorrido. Preguntó por los apellidos más antiguos de Quito. Dijo que no eran ni Páez ni González ni Ordóñez. Tampoco Guamán. Eran Ango, Pillajo, Guayasamín, Collahuazo... apellidos de los primeros pobladores de estas tierras.

La gente lo miraba con atención. El actor les mostró rincones del Centro Histórico. Salieron desde el hall principal del Municipio y llegaron hasta la plaza de San Marcos, conociendo casas de estilo colonial y republicano, recorriendo angostas calles, escenarios de historia y leyenda.

En el camino se unían más personas, atraídas por las anécdotas que contaba Cevallos, con su personaje de El diablo, “el novio de Quito”. Él dijo que el fin de la ciudad no sería por desastres naturales, ni por malos gobiernos, como se dice que vaticinó Mariana de Jesús. Para El diablo, la única cosa que mataría a Quito sería el olvido. Por eso pidió a la gente que se interesara en sus historias, sus tradiciones, sus calles, sus leyendas.

Cuando el grupo pasó frente al museo Manuela Sáenz, Ana María Álvarez, una de sus propietarias y guías se unió a la caravana, junto a su hija María Emilia Crespo y Lucila Sarquis, la novia de otro de sus hijos. Ellas lucían trajes militares, y representaban a la quiteña que enamoró a Bolívar.

El museo abre los sábados de 10:00 a 14:00, pero esta vez recibió a los turistas de 18:00 a 21:00. “Aquí encuentras la historia patria de la época de la independencia, la vida de Manuela Sáenz, a través de escritos, de la biografía publicada en el museo y de cartas. Aprendes sobre el espíritu de la gesta libertaria”, contó Álvarez.

La pequeña María Emilia lucía con orgullo el traje. “Me gusta la historia de la Manuelita y representarle a la Libertadora del Libertador”, dijo. Lucila sujetaba su mano. Estaba en Quito de paso. Llegó de vacaciones, desde Argentina. “Me gusta representar a una mujer que se atrevió a hacer en su época lo que otras no. Vale la pena recuperar estos espacios y que aumente la seguridad en el Centro, que es bellísimo”.

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