1 de August de 2010 00:00

El recuerdo de los héroes palpita en los escenarios de la masacre del 2 de Agosto

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Fernando Criollo.



A Richard Casamen, le pareció una mala decisión la restricción en el acceso al escenario. Cristina Burbano dijo que la medida atenta contra los derechos  los ciudadanos. En San Francisco los graderíos y sillas instaladas frente al escenario lucían repletas. En el sitio decenas de artistas representaban los acontecimientos que culminaron en la masacre de más de 300 personas, la tarde del 2 de Agosto de 1810.

Rigoberto Ibarra presenció por pocos minutos el acto. A él también le impidieron pasar  y tuvo que hacerlo “a la brava”. En el pasaje Sucre, los turistas extranjeros tuvieron preferencia para disfrutar del evento conmemorativo.

 

La tarde del 2 de Agosto de 1810, el repique de las campanas de la Catedral interrumpió las actividades cotidianas de los quiteños. Ese día, los sables y fusiles de los soldados realistas cobraron la vida de más de 300 hombres, mujeres y niños.

Entre ellos se encontraba el grupo de quiteños insurgentes que, un año atrás, proclamó el Primer Grito de la Independencia, el 10 de Agosto de 1809.

Un símbolo de rebeldía

Plutarco Naranjo, historiador y escritor, explica que el 10 de Agosto de 1809, un concierto de campanas de las iglesias quiteñas proclamaba el fin del control monárquico en Quito.

En la Plaza Mayor, frente al Palacio de Gobierno, el pueblo avivaba con sus gritos a Juan Pío Montúfar, Marqués de Selva Alegre, designado como el nuevo presidente de Quito.La Plaza Grande, que hoy luce remozada, sigue siendo un símbolo de la resistencia quiteña. En el centro, desde 1906, la estatua de la libertad ha sido un testigo inerte de las múltiples manifestaciones de protesta, que en algunos casos concluyeron con el derrocamiento de más de un desprestigiado presidente.

Desde hace algunos años es un centro de encuentro rodeado por los edificios que simbolizan el poder: Carondelet, los palacios Municipal y Arzobispal.

Enrique Muñoz Larrea, miembro de la Academia Nacional de Historia, asegura que una de las razones del carácter rebelde es que en Quito funcionaron tres de las primeras universidades del país y de América: Santo Tomás, San Gregorio y San Fulgencio.

Esto generó un pensamiento crítico y político más desarrollado entre quienes pasaban por las aulas universitarias. Juan de Dios Morales y Manuel Quiroga, dos de los próceres de la independencia, fueron catedráticos.

La traición de un acuerdo

Según Naranjo, luego de la declaración de independencia, la revuelta del 10 de Agosto de 1809 no tuvo el apoyo solicitado por Montúfar a Pasto, Popayán, Cuenca y Guayaquil. A finales de ese año, el conde Ruiz de Castilla (derrocado por los próceres) retomó el poder.

Se comprometió a no tomar ninguna represalia en contra de los patriotas. Pero el 2 de diciembre, 500 soldados del Virreinato de Lima ingresaron a Quito. Entre ellos, 200 veteranos y 300 campesinos, comandados por el coronel Arredondo.

Lo hicieron a lomo de caballo y caminando, por lo que hoy es la calle García Moreno. Esta vía conocida como la de las siete cruces ahora es muy congestionada. Es una calle de conexión entre el norte y el sur de la ciudad.

Se ve a apresurados peatones que van a las oficinas públicas y a turistas que se sorprenden al ver los portales de las iglesias.

Fortalecido el poder militar al servicio del Rey español, el nuevo fiscal de la ciudad, de apellido Arrechaga, aconsejó al jefe de las tropas limeñas que solicitara una orden de aprehensión en contra de los insurgentes.

Confiados en la palabra de Ruiz de Castilla, civiles y militares que participaron en la revuelta del 10 de Agosto retornaron a sus actividades cotidianas.

Entonces, por las calles de tierra volvieron a circular aguateros, criadas, barberos, herreros, estudiantes... Parecía que todo regresaba a la normalidad.

Las pesquisas se iniciaron de inmediato y 42 quiteños tenían ya orden de captura. Ruiz de Castilla había faltado a su palabra. Uno a uno los insurgentes fueron encarcelados.

Los calabozos estaban en el Cuartel de la Real Audiencia, junto al Palacio de Gobierno. En la actualidad, allí se levanta el Museo Alberto Mena Caamaño. En las frías celdas subterráneas se recrea con figuras de cera la masacre a los próceres.

Salinas fue muerto en su cama, Morales recibió los golpes hincado de rodillas y los demás clamando por confesión. Manuel de Quiroga fue acuchillado en presencia de sus hijas.

Al final de un túnel con paredes de ladrillo visto y oscuro está la escena del crimen. Los guías del museo explican las condiciones en las cuales se consumó la matanza. Incluso, en un momento del relato se activa una grabación. Se escuchan gritos y gemidos de las hijas de Quiroga, que imploran por la vida de su padre. Es conmovedor.

El montaje se sustenta en las narraciones de Stevenson, secretario de Ruiz de Castilla. Él describió la inmolación de los presos, que fueron “sacrificados en sus celdas a balazos y a golpes de hacha y sable”.

Las crónicas afirman que solo el sacerdote Castelo y un civil de apellido Romero sobrevivieron.

Muñoz supone que las ‘concejas’ (chismosas del pueblo) facilitaron la captura del resto de coidearios de la causa libertaria.

84 quiteños fueron encarcelados y enjuiciados. Según la historiadora Isabel Robalino, los detenidos no tuvieron un proceso justo. La falsificación de declaraciones, la adulteración de documentos legales y otras estrategias orientadas a impedir el derecho a la defensa son la muestra de la corrupción judicial imperante.

Y las campanas sonaron

Al mediodía del 2 de Agosto, las criadas y cocineras regresaban con sus canastos llenos de carne, embutidos, pan y otros productos para preparar el almuerzo.

Las campanas de la Catedral anunciaron, como de costumbre, las 13:00. Pero a las 13:30 repicaron otra vez, era el anuncio de que se iniciaba la masacre.

Ahora, las campanas de La Catedral, La Compañía, San Agustín, San Francisco y Santo Domingo ya no repican para anunciar las horas. El viernes pasado, entre las 13:00 y las 14:00, pocos fieles rezaban frente a los altares y ponían velas a los santos.

En La Compañía, los turistas se sorprendían viendo los altares dorados, los óleos y el tallado de las imágenes religiosas.

A esa hora el Centro sigue congestionado. En las calles hay interminables filas de carros y el comercio registra un movimiento intenso.

La sangre tiñó las calles

La matanza se extendió a las calles. Stevenson describe el horror de decenas de hombres, mujeres y niños que fueron abatidos por los soldados limeños.

Las pulperas, barberos, herreros y otros comerciantes se apresuraban a cerrar sus negocios para contener el saqueo.

Los violentos actos se prolongaron hasta las 15:00. Más de 300 víctimas se alcanzaron a contar en las calles y plazas de la ciudad. Eso significó la muerte de, al menos, el 1% de la población de ese entonces, que llegaba a 30 000 habitantes.

Victoria Novillo, museóloga, cuenta que los heridos fueron atendidos en el antiguo hospital San Juan de Dios, donde ahora es el Museo de la Ciudad y en una sala anexa conocida como el Camarote de Santa Marta, donde funciona un dispensario.

El Museo de la Ciudad acoge a una muestra permanente sobre las etapas históricas del país. Al dispensario médico llegan, a diario, decenas de pacientes.

Los restos de los próceres descansan en las criptas del convento de San Agustín.

La plaza de San Francisco estuvo llena

 

Ayer, a las 19:20, Mercy Granda se quedó con las ganas de presenciar en vivo el espectáculo en conmemoración del Bicentenario del 2 de Agosto de 1810. Una barrera metálica y  seis policías metropolitanos impidieron su ingreso a la plaza de San Francisco. Decenas de personas corrieron con la misma suerte. A Washington Gómez, no le quedó otra opción que regresar a su casa, en el barrio San Juan. “Mi esposa y mis hijos me esperaban en la plaza, pero no me dejan entrar”. A los comerciantes de la zona también les sorprendió el cierre de las calles cerca de la plaza de San Francisco. La explicación de los municipales fue que la “plaza está llena”.

En el local de comida rápida de Lucía Zambrano, en el pasaje Sucre, había pocos comensales. Ella no fue  notificada sobre el cierre de las vías. Ximena Collahuaso, también esperaba ver la plaza llena y aprovechar esta celebración  para vender  golosinas.

A Richard Casamen, le pareció una mala decisión la restricción en el acceso al escenario. Cristina Burbano dijo que la medida atenta contra los derechos  los ciudadanos. En San Francisco los graderíos y sillas instaladas frente al escenario lucían repletas. En el sitio decenas de artistas representaban los acontecimientos que culminaron en la masacre de más de 300 personas, la tarde del 2 de Agosto de 1810.

Rigoberto Ibarra presenció por pocos minutos el acto. A él también le impidieron pasar  y tuvo que hacerlo “a la brava”. En el pasaje Sucre, los turistas extranjeros tuvieron preferencia para disfrutar del evento conmemorativo.

Vea una infografía animada de la Masacre del 02 de Agosto de 1810.

 

 

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