El Quitenómetro: Pavimento sobre el páramo

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Redacción Quito

Artista, gestor cultural, coautor del libro ‘Quito Bizarro’ y un vecino más de Quito. Juan Rhon responde tres preguntas sobre la ciudad. Este comediante de 33 años, que participó en la edición del documental ‘El secreto en la caja’, no está alejado de las letras. Así lo demuestra en una publicación en la Revista Q, del Municipio de Quito, sobre arte, titulada ‘Los tiempos indecorosos del arte contemporáneo’.

¿Qué es lo que más le gusta de la ciudad?
Lo chévere de Quito es que hay mucha gente diferente y podemos tener todavía pequeños bosques urbanos para desconectarnos de la cotidiana y mundanal existencia. He tratado de dejar muchas veces la capital, pero no aguanto más de seis meses fuera. Supongo que es el cielo ahora contaminado por tanto carro y malhumor. Sin embargo, siempre he sido capaz de encontrarle la vuelta, porque ella de alguna manera me enseña el camino. Ahora vivo en las afueras, desde donde veo los edificios desde lejos, ahora me parece Babel y eso también me atrae. La siento todavía como una ciudad amable.

¿Qué es lo que menos le gusta?
Es una ciudad rodeada por las grandes cadenas de negocios, que cubren con las mismas imágenes las calles y edificios, los negocios de masas. A mi lista se suma cualquier cosa que atente con los rasgos particulares de una ciudad, un espacio que se ha pavimentado sobre el páramo. La poca solidaridad de la gente y hoy, más que nada, las restricciones que hay sobre, por ejemplo, festejar en las calles como se hacía hace poco en los barrios de la urbe. Los pitos y los enojados también me molestan. Los parlantes afuera de los negocios, rompiéndonos los tímpanos con música fea la hacen insoportable.

¿Qué es lo que quisiera cambiar?
Cambio, yo, no exijo cambio a la ciudad. Pero sería bueno que hubiera menos carros y que los buses funcionen bien. Aunque parar en la estación le quita el gusto al viaje en bus, sería bueno que se haga costumbre. Sin embargo, actualmente, es una ciudad que no funciona con muchas restricciones. Somos un planeta sobrepoblado y la ciudad no se escapa. Podría cambiar muchas cosas en mí para mejorar el sitio donde escogí vivir. No creo que es consecuente pedirle un cambio a la ciudad, dándole razón a las causas corporativas. Faltan salas de conciertos, mesas de pimpón, salas de teatro y cine.

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