1 de May de 2012 00:04

Una etapa desgarradora en el aeropuerto

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‘El aeropuerto estaba lejos de la ciudad, en 1968’
Julio Campoverde
Propietario de un restaurante

En 1968 emigré a Estados Unidos. Cuando ya estaba tomada la decisión, opté por salir por el aeropuerto Mariscal Sucre. La razón: siempre escuchaba que allí había más respeto a los pasajeros y menos actos de corrupción.

El aeropuerto quedaba muy distante del Centro de la ciudad, en una zona como abandonada. Aunque tenía tiempo, me quedé allí, esperando mi turno para abordar. Pensé que conocer los atractivos de la capital era como hacer otro viaje.

Recuerdo que había unas ocho viviendas hacia el noroeste de la terminal aérea. El resto estaba rodeado de montañas, con árboles de eucalipto y angostos caminos de tierra. Parecía una zona rural.

La infraestructura más grande y recién inauguraba era la plaza de toros. El aeropuerto se veía demasiado grande para el número de personas que lo utilizaban. Ese día había unos 20 pasajeros y otros 30 entre personal de limpieza, de carga y operadores de las escasas aerolíneas.

En ese entonces, quienes viajaban era las personas que tenían mucho dinero y casi no había turistas. Se ingresaba por una puerta pequeña. Adentro había unas dos bancas de madera y un baño con dos servicios higiénicos, para hombres y para mujeres.

También un solo mostrador para el registro de los pasajeros nacionales y de los que salían del país. Una malla de alambre permitía el paso hacia la sala de preembarque y la pista, por donde caminábamos para llegar adonde el avión estaba parqueado. En la parte alta había una
terraza. Allí permanecí media hora, reflexionando sobre mi partida, sobre mi familia.

Estaba muy triste. Mis manos sudaban. Miré a las personas que partieron en un vuelo previo y cuando el avión se elevó, me dije: es un viaje sin retorno.

En 1975 regresé al país por el mismo aeropuerto. Ya noté algunos cambios importantes. Más viviendas, un restaurante en la parte alta y una cafetería abajo. Más servicios y mostradores.


Estuve dos meses en el país y el día que regresé a Estados Unidos sentí miedo al despegar y ver las casas muy cerca.

La ciudad había cambiado mucho. El desarrollo inmobiliario ya era evidente y en las calles había más carros. Esos son los recuerdos que tengo del aeropuerto.

 ‘Grabé el dolor de los migrantes y sus familias’  

Juan Carlos Mena
Fotógrafo
Durante 17 años  me dediqué a retratar a los viajeros del aeropuerto. Tres de ellos,  de 1999  al 2001, marcaron mi vida, porque compartí el dolor de los migrantes y de sus familias. Todos los días, desde las 05:00 hasta las 16:00,  veía  despedidas, llantos, gritos, abrazos…

Me llegó a afectar anímicamente.  A la salida internacional  yo la comparaba con una funeraria, todo el mundo lloraba.

A la terminal aérea  llegaban personas de provincias, muchos de ellos indígenas. Venían familias enteras,  en buses, para despedir a su ser querido. Ellos traían papas, gallinas, cuyes, plátanos.

Algunos tendían la comida en un mantel y se alimentaban mientras esperaban la hora del viaje. Otros intentaban  llevar esos productos en sus maletas, en esa época viajaban más a España e Italia. Pero en Migración no  les dejaban, a veces me regalaban esos productos.

En mi mente tengo recuerdos de los niños que lloraban porque no querían ir con sus padres, a quienes ni conocían,  porque se quedaron muy pequeños.

Una vez me conmocionó una niña, de unos 8 años, que se arrojó al piso y se sujetó de las piernas de su abuela. Pedía que no la alejaran de ella.

La anciana, con un costal en la mano, también lloraba.

Recuerdo que había casos de esposas que ni siquiera sabían adónde iban sus maridos. Una señora lloraba en la puerta de la Salida Internacional. Decía que su esposo se fue a Europa a trabajar, pero no sabía a qué país.
  
Luego de  despedirse  dentro del aeropuerto, los familiares se agolpaban en la av. Amazonas, en el conocido ‘muro de los lamentos’. A través de las mallas se observaba la pista.

Allí lloraban, alzaban los brazos,  hacían flamear  pañuelos.
 
Era desgarrador, hasta en ese lugar me pedían  fotos de ellos y del avión. Querían un recuerdo.
 
Ese trajinar de los migrantes para salir del país se calmó a raíz del ataque de las Torres Gemelas en Nueva  York, en el 2001.
  
También vi regresar a algunos compatriotas. Ellos me reconocían. Me decían: “Usted me hizo fotos cuando me fui”.    


Algunos  regresaban para reencontrarse con sus familias, otros llegaban con sus nuevas  esposas.


Y me pedían que  tomara   nuevas fotos,  con sus nuevas parejas.

 ‘En una década solo  cambió la señalética y aún hay desorden’

Giovanni Torres
Cerrajero

Me fui a España en el  2001. Como todos los ecuatorianos, en ese tiempo salí  por falta de trabajo en nuestro país. Compré un billete  de turista, con toda mi documentación en regla y me informaron que tenía que salir desde el aeropuerto de Quito. Empecé a preparar mi  viaje pensando en que mi primer destino era la capital. 

Conocía  el  aeropuerto Mariscal Sucre, pero solo por fuera.  Recuerdo que la única persona que me despidió fue una de  mis hermanas mayores. Cuando ingresamos, nos encontramos con  una sala amplia donde  todas las personas dejaban a sus familiares.  Solo había unos cuadros algo pequeños. Por la preocupación del viaje no me fije qué detalles tenía ese lugar.  Lo que se quedó grabado en mi mente fue el trajín de la gente.

Pasé por un pasillo, algo angosto, revisaron mi pasaporte y mi equipaje. Cuando quise regresar para despedirme, lamentablemente  ya no me lo permitieron.

Estaba todo desorganizado, porque no se sabía a qué lugar ir. Claro que estaba pintado, pero faltaba mayor imagen para un aeropuerto internacional. En la sala de espera, unas sillas cómodas ocupaban el espacio. En una pantalla gigante se observaban los vuelos y sus horas de salida.  El mío era de la aerolínea KLM, a las 10:00. Nunca olvidaré esa sensación en mi estómago cuando leí
el anuncio del vuelo.  

Mi percepción no era errada, porque el aeropuerto en Curaçao, donde hicimos escala, era diferente,  como una verdadera terminal aérea internacional. Allí reflexioné sobre el retraso que se vivía en Ecuador. Un detalle que me dejó mucho que pensar.

A  los 10 años que retorné desde España a  mi país, no habían cambiado las cosas. Lo único que resaltaba  era la señalética. Por lo demás nada había    cambiado. No hay una atención al viajero.

Además, tuve que cancelar USD 2  para que me prestaran un carrito para sacar las maletas.   Creo que el nuevo aeropuerto de Quito tiene que estar a la altura de las terminales aéreas de Latinoamérica. Hay que pensar  que es la primera imagen para los turistas extranjeros. Por esa razón, debe estar bien cuidado.

‘Recuerdo a la gente llorando detrás de la malla’

Patricio Peña
cuencano


Antes había realizado vuelos dentro del país y tuve que llegar, más de una vez, al aeropuerto Mariscal Sucre de Quito, pero el de 1998, cuando viajé a España como migrante, fue muy diferente. Había tanta gente viajando como supuestos turistas, pero nuestros rostros delataban que éramos migrantes.

Estábamos desencajados, nerviosos y preocupados. Esas imágenes fueron comunes luego de la crisis por el cierre de los bancos en Ecuador.

Nos habían instruido de lo que estaba permitido y de lo que no podíamos hacer. Tantos mitos como que no vistiéramos casacas grandes ni ropa americana ni lleváramos maletas grandes. Todo porque las autoridades de Migración pensarían que nos íbamos a quedar para siempre en
Estados Unidos. Teníamos que fingir muchas cosas.

La cola de pasajeros era casi interminable. Me acompañaban mi ex esposa y su hija. Los espacios del aeropuerto se veían limpios, cómodos y con múltiples negocios y servicios: atención de las azafatas por todos lados, carga y emplasticado de maletas, cafeterías y restaurantes…

Eso también aumentó la carga de nervios que llevaba en mi interior. Antes de hacerme registrar, perdí mi libreta militar, que era un requisito para viajar. En medio de la multitud, la busqué y no la encontré. El joven de la aerolínea me dejó pasar en un descuido. Corrí con mucha suerte, porque estaba en riesgo el viaje y si ese funcionario no se despistaba, otra hubiese sido la historia.

Una multitud de gente esperaba en la terraza. Estaba atenta a la partida de sus familiares. Cuando el avión despegó levantaron sus brazos y movían las manos. Era un cuadro de dolor.

Otros se ubicaban en las mallas de la parte baja, que hacían de cerramiento. Eran cientos de personas. Esos lugares también los recorrí con las personas que me despidieron y sentía tristeza. No es fácil entender que por obligación debes alejarte de las personas que más quieres.

Hace cinco años regresé a Ecuador por el mismo aeropuerto. Me sorprendió la mayor cantidad de gente trabajando como hormigas en las distintas áreas.

La infraestructura estaba bien mantenida. Me sorprendí por algunas realidades: las amplias y cómodas salas de espera, los sistemas sofisticados de seguridad, la limpieza, los controles de la Policía y el intenso tráfico vehicular en las calles aledañas.

Regresaba al país y en el aeropuerto descubrí otra realidad diferente a la que había cuando me fui. Fue el anuncio de lo que estaba cambiando en Ecuador. Algo ya era diferente.


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