Cumbayá es un sitio de paso de aves migratorias

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Evelýn Jácome,  Redactora

Llegan desde el Polo Norte y se instalan en la capital por más de cuatro meses. Son esos 'turistas' que se enamoran del clima de Quito y que cada año regresan siempre al mismo sitio.

Los espejos de agua que hay en el Distrito son la casa de paso de cientos de aves migratorias que llegan desde zonas como Alaska, en el norte de Estados Unidos y Canadá, y se quedan en la ciudad, hasta que nuevamente emprenden vuelo y regresan a su hogar.

En la ciudad se han identificado, al menos, seis fuentes o sitios que se vuelven en lugares de paso para las aves. El reservorio de Cumbayá, el de Guangopolo, el Itchimbía, la laguna de La Carolina, el Jardín Botánico y La Alameda, entre otros, tienen la virtud de acoger a cerca de 20 especies de aves migratorias.

Para conocerlas de cerca, no hay que ir hasta un páramo o a un bosque alejado. Basta acercarse a Cumbayá, donde en estos días se encuentran las cercetas aliazules, un tipo de pato migratorio que anida en el Círculo Polar Ártico.

Este grupo de 98 aves eligió quedarse en Quito, cuando pudo hacerlo en México, Centroamérica, Colombia o cualquiera de los países que quedan en su trayecto. Así lo explica Juan Manuel Carrión, experto en aves y director del Zoológico de Guayllabamba. Ese grupo arribó el 5 de noviembre y hasta el momento continúa allí.

[[OBJECT]]Pero al parecer, según Carrión, empezaron su regreso a casa, pues comenzó la primavera en los países del norte. "Cuando llegaron, su plumaje era juvenil, café, sin marca. Hoy, en cambio, como todos los adultos, tienen la cabeza azul y una media luna blanca en la cara y una marca azul cuando extiende las alas".

Al caminar por los alrededores del reservorio, se puede escuchar el sonido que emiten estos animales -junto con los colibríes- como una banda sonora natural de la ciudad. La gente trota cerca de ellos, a unos 100 metros pasan vehículos y hay viviendas.

Eso evidencia la presencia de fauna urbana. Martín Rivas, quien ha trabajado con aves en proyectos en el noroccidente, explica que ese tipo de fenómenos oxigenan a la ciudad y evidencian la riqueza que hay en Quito, pese a que el cemento predomina en las calles. "Con la presencia de aves migratorias deberíamos deleitarnos todos los quiteños. Verlas nadar, volar sobre el agua, podría resultar antiestresante".

Hasta mediados del siglo pasado, en la ciudad podía encontrase una mayor cantidad de aves migratorias. Pero los grandes humedales que existían en el Distrito desaparecieron para dar espacio a la ciudad.

Antes de la llegada de los españoles, Quito era una zona de humedales. Hernán Orbea, arquitecto experto en urbanismo, cuenta que este es un tema de reminiscencia histórica.

Las partes bajas donde hoy se consolida la ciudad eran humedales, las cuencas hidrográficas drenaban sobre la parte central. Esto ocurría específicamente en el sector del actual parque Bicentenario, de La Carolina, de El Ejido y en el eje de Quitumbe-Chillogallo.

Según Orbea, tanto hombres como animales tienen una memoria que se transmite por costumbre y eso fue lo que definió a Quito como parte de las rutas de aves migratorias.

El valor paisajístico de la presencia de estas aves es enorme. Romper con el esquema de cemento para abrir estos espacios es fundamental, ya que es una recuperación simbólica del ambiente natural. Este tipo de espectáculos puede ser aprovechado, incluso, para impulsar el turismo interno.

Para Luz Elena Coloma, gerenta de Quito Turismo, las excursiones de observación de aves suelen ser especializadas en el sentido de que requiere conocimiento, paciencia y gusto. Sin embargo, cuenta que se han impulsado proyectos, especialmente en Mindo y en el noroccidente, donde hay lugares que se enfocan sobre todo en el tema de aves.

Quito participa cada año en una feria mundial de aviturismo, es decir, turismo de aves en Londres, Reino Unido. Allí se muestra lo que tiene para ofrecer a los amantes de estos animales.

La invitación está hecha para observar a estos visitantes y cuidar su entorno, de modo que dentro de 10 ó 20 años, continúen siendo los turistas más frecuentes de la capital.


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