4 de March de 2012 00:02

El Centro Histórico a ritmo de tango, pasillos, sanjuanitos y folclor andino

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De un viejo acordeón de 60 bajos marca Parrot salen las notas de la canción Buenos días Jesús.

Con ese himno, el dueto musical de Pedro Flores y Blanca Arteaga inician la mañana. Desde el 2005 esta pareja de músicos ha convertido las estrechas calles del Centro Histórico en su escenario.

Si no es el acordeón, las melodías que acompañan la fina voz de Arteaga salen de una guitarra.

Ese fue el primer instrumento que Flores aprendió a entonar cuando tenía 22 años. Toca de oído. “El mejor maestro es Dios”.

Hace siete años, la casualidad quiso que Flores pasara por la misma calle donde Arteaga vendía caramelos.

“Ya había escuchado su música y cuando lo encontré le pedí que nos uniéramos para hacer música y vender golosinas”.

Los albazos, sanjuanitos, pasillos y valses de las hermanas Mendoza Suasti, Olimpo Cárdenas, el dúo Benítez y Valencia son parte de los gustos musicales que ambos comparten. La mañana del pasado viernes, Flores cambió el acordeón por la guitarra. Sus gruesos dedos se deslizaban por las cuerdas y los trastes del instrumento. Encanto de mujer suena en la calle Chile y la voz de Arteaga atrae las miradas de los transeúntes que caminan en la fría mañana quiteña. Quienes disfrutan de la música dejan caer algunas monedas en una lavacara roja que Arteaga lleva en sus manos.

Algunos compran el disco con una recopilación de temas nacionales grabados por el dueto.

Hacia el occidente, la calle García Moreno suena a tango. “Desde que se fue, triste vivo yo, caminito amigo, yo también me voy…”. Los fragmentos de Caminito, del poeta argentino Gabino Coria, reviven en la voz de Miguel Monterrey. Su escenario no tiene telón, generalmente es la fachada de piedra de la Biblioteca Municipal. Ahí es donde con su guitarra forrada de acrílicos rojos y amarillos Monterrey le canta a la vida.

Dice que aprendió a tocar a los 20 años, en su natal Buenos Aires. Con la guitarra bajo el brazo y un repertorio de tangos en su memoria dejó Argentina para recorrer Sudamérica. Llegó a Quito hace tres años. Le gustó tanto el Centro Histórico que le escribió un tango. La foto del músico Carlos Gardel está pegada a su guitarra. Sabe que “el mundo fue y será una porquería”. Por eso, no profesa ninguna religión y tampoco simpatiza con ninguna ideología política. Como un buen tanguero, sabe que una buena imagen es su mejor carta de presentación. Una voz ronca, desgastada por los años, sigue cantando Cambalache y desde el segundo piso de un bus turístico que recorre el centro se disparan algunos flashes.

Otras miradas se posan en el talento de Segundo Torres. Desde los 7 años le gustaba escuchar los sanjuanitos que tocaba su padre, en una guitarra. A los 17 años dejó el país para mejorar su técnica musical y conocer la cultura de otros países. Poemas y anécdotas inspiran sus canciones. En su celular guarda algunas de sus composiciones originales. Desde hace 18 años se dedica a la música profesionalmente. El último disco lo grabó con 11 temas de su autoría. La versatilidad también es parte de su talento. Toca la flauta de pan, el rondador, la quena, el charango, el bandolín y ahora está en clases de piano.

Junto al Palacio de Carondelet, Torres promociona la música folclórica y también algunos boleros y baladas. En el sonido de un rondador, el tema Hotel California es uno de los que más atrae a los turistas extranjeros.

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