29 de November de 2012 00:01

Un centenar de jóvenes cultiva la chispa del piropo en La Delicia

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Parece hipnotizado. Casi no parpadea, pero sus ojos tiemblan mientras fija su atención, con ternura, en la pequeña de 11 años, que declama vestida de rojo, con una sombrilla en la mano.

“Dicen por ahí que el amor es una locura, como los dos estamos locos, necesitamos un cura”, recita y el auditorio del Colegio Mitad del Mundo estalla en gritos y aplausos, pero Efraín Cepeda no quiebra su concentración. La mira, la escucha y, lentamente, sus labios que muestran el paso de 80 años se dilatan en una sonrisa.

Once colegios del norte, pertenecientes a la Administración La Delicia, se alistan para participar en el Festival del Piropo y, sin saberlo, hacen que Cepeda rompa las leyes de la física y consiga volver en el tiempo.

Cepeda es el ‘Viejo piropero de Quito’, y ayer -como siempre- lucía impecable: traje negro, zapatos brillantes, cabello canoso peinado hacia tras y un pañuelo blanco en el bolsillo del pecho.

Él no solo es el presidente fundador del Club de Poesía La Delicia (14 de febrero del 2002) y el organizador (junto a la Administración Zonal) de este evento. Es, además, amante empedernido de la poesía, del galanteo respetuoso y del halago refinado.

Sonríe con cada piropo de los casi 100 jóvenes que dejaron de lado sus pantalones flojos que muestran parte del bóxer, para usar traje y sombrero.

“Así me vestía yo para las guambras guapas”, dice Cepeda y los recuerdos lo trasladan hacia los años sesenta, cuando junto a su jorga, en la Plaza del Teatro, por la calle Guayaquil, frente a la Botica Pichincha, hacían calle de honor a las muchachas.

Era algo similar a lo que ocurre en el escenario, asegura, donde los alumnos del Colegio Mena del Hierro, el primero en presentarse, galantean a las mujeres.

“En esa época el encuentro era a eso de las 19:00. Toreros, novilleros, locutores, billaristas y amigos esperábamos a las chicas que luego de la merienda salían del brazo de sus padres a caminar desde Santo Domingo hasta La Alameda. Lo hacían para bajar la comida. Ahí decíamos el piropo, siempre respetuoso, halagador y con la chispa quiteña, cosa que hasta sus padres se sonreían”, asegura.

Desde entonces ha creado miles de versos. No en vano la comunidad de La Tola, donde vivió, lo nombró‘El rey del piropo’.

En el escenario, mientras el Colegio Eugenio Espejo hace su presentación, aparece un personaje que se roba miradas y carcajadas, es el Chulla Quiteño. “Amigo, se le están robando el carro”, le dice a uno de los bailarines para poder quedarse con su chica. Lo consigue, le suelta un piropo, pero ella no le da importancia y se va.

Cepeda mira al muchacho, ríe. “Carajo, cómo han cambiado las cosas”, dice, y agacha la mirada mientras mueve la cabeza.

Los alumnos prepararon sus presentaciones desde hace tres semanas. Daniel Gutiérrez, de 16 años, quien personifica al Chulla Quiteño, cuenta que debieron aprender los versos, el baile y hasta la elegancia para hacer una venia y sacar a bailar a una chica. “A las mujeres les ha sabido encantar el piropo, qué pena que se haya perdido”, dice el joven.

Por eso el afán de Cepeda por evitar que este festival desaparezca. Él quisiera ver que los jóvenes aprendan a enamorar a las mujeres, tal y como él conquistó a su esposa: con piropos y serenatas.

“Las serenatas eran con piano. Trepados en un camión visitábamos a las chicas y tocábamos tres canciones. La primera para que la reina se levante: la rondalla”, dice y canta mientras cierra los ojos.

“Ojitos de capulí, piel de durazno, boca jugosa como sandía, déjeme entrar en su frutería”. Versos como esos regó a lo largo de La Loma Grande y San Marcos. Y hoy, sentado en primera fila del festival, asegura haber vuelto a ese día de julio de 1953, en el que su esposa, desde un balcón, le dio el sí.

Los protagonistas

Los colegios participantes  del festival fueron   Mena del Hierro,  Patrimonio de la Humanidad Cotocollao, Eugenio Espejo, David Ausubel, Andrés Bello, Mitad del Mundo, Alexander Eifell, Calacalí, Nanegalito y Rousseau.

La segunda semana  de diciembre se publicará un libro con los piropos del festival.

Efraín Cepeda Pazmiño.  Nació en Guaranda, el 17 de octubre 1928.

 “Yo no quiero beber agua, yo no pretendo una copa, solo quiero un dulce beso, beso de tu dulce boca”.

“Luz de América mi Quito, lucero de las mañanas.  Te canto mis alegrías, ¡oh! Quito de mil hazañas”.  

 “A las faldas del Pichincha, me trepé una noche oscura. Tus ojitos malhechores completaron la aventura”.

 “Sin rodeos, quiteñita, quiero decirte al pasar, que mi pecho ya palpita, por ese furtivo mirar”.

 “Es de Cuenca el mote pillo, de Sangolquí  el hornado, no sé  de dónde será este celoso pelado”.

 “Ten cuidado mi chullita, no te pases de la raya, mi amor es fruta prohibida que envenena y hasta mata”.

“Mi más grande sueño es tus labios besar, cúmplame mi deseo, ya no se haga de rogar”.

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