9 de September de 2012 00:10

Con el Bambi Bucket se combaten incendios desde el cielo

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Una columna de humo, que se divisa desde El Labrador, se levanta en las laderas del Pichincha, en el sector de Cochapamba: hay un nuevo incendio forestal en el noroccidente de Quito.

En el Aeropolicial se encienden las alarmas. Cuatro policías nacionales toman una canasta anaranjada de 1,10 m de largo, llamada Bambi Bucket, y la llevan hasta el helicóptero Ecureuil As350 B3E.

La nave, con una potencia de 870 caballos de fuerza, pertenece a la Policía desde diciembre del 2011 y durante este verano ha apoyado en el control de, al menos, 100 incendios forestales.

“Enganchen el Bambi”, grita Byron Haro, piloto de Aeropolicial, mientras realiza una inspección de prevuelo; es decir, revisa las hélices de la nave, los niveles de aceite y que todos los dispositivos mecánicos estén bien.

A las 09:03, el uniformado encendía la nave y un sonido ensordecedor se apoderaba del lugar.

La aeronave despega y el Bambi queda colgado. Se mueve como péndulo, suspendido a 5 metros.

Tres minutos después, la aeronave llega a las laderas del Pichincha, a 11 500 pies de altura y Haro hace un sobrevuelo para determinar la magnitud del incendio. El fuego está consumiendo unos 500 metros de la montaña.

“Permiso para cargar en el Quito Tenis”, dice el piloto por la central de radio de la Policía Nacional y, de inmediato, el operador responde afirmativamente.

Según el piloto, las pequeñas lagunas artificiales del Quito Tenis Club son el único reservorio de agua que existe en el noroccidente de Quito. “Eso dificulta nuestro trabajo, en el resto de la ciudad hay 70 reservorios para escoger”.

En tres minutos y a una velocidad de 80 nudos, el helicóptero recorre aproximadamente 4 kilómetros y llega al Club. Haro realiza un giro de 40°, operando los tres mandos del helicóptero (el bastón cíclico, que controla los giros; el bastón colectivo, que genera potencia; y los pedales, que ayudan en curvas pronunciadas) y a lo lejos aparece una laguna.

El helicóptero se ubica en el centro de la fuente y permanece suspendido a pocos metros de altura. De a poco, desciende mientras el piloto vigila por unos espejos que el Bambi toque el agua. “Cuando el piloto va solo, se pueden llenar los 1 200 litros de agua que soporta el Bambi, pero si hay más personas se debe hacer un cálculo mental del peso para no sobrecargar el helicóptero, si no la nave no sube”, explica.

La canasta se llena con aproximadamente 400 litros de agua y Haro eleva nuevamente el helicóptero. Mueve lentamente el bastón cíclico y la nave se desplaza, pero esta vez a 40 nudos.

Cuatro minutos después, el helicóptero llega al incendio y el uniformado hace otro cálculo para determinar a qué velocidad y altura dejará caer el agua. “Hay que guiarse por la línea de fuego, ver las condiciones del viento y si hay personas cerca del incendio”.

La nave se acerca al fuego, que está a 50 metros de distancia entre el suelo y el helicóptero, y abre el Bambi con un botón rojo del bastón cíclico. Se siente cómo el helicóptero pierde peso y el piloto aumenta la velocidad a 60 nudos y da un giro de 30°. Así se crea una estela de agua.

“Esto es peligroso, si por alguna razón el Bambi no suelta el agua y ya se aceleró se puede perder el control”, dice, a lo que se dirige a cargar nuevamente.

Solo cuatro pilotos, con al menos 11 años de experiencia, pueden controlar el Bambi. Ellos tuvieron una semana de clases teóricas y tres horas de prácticas.

Pero Haro reconoce que pese a toda la experiencia y preparación aún siente temor cuando intenta controlar incendios: “A veces es como estar en el infierno, uno hace más de 30 viajes y no logra apagar el fuego, es desesperante”, cuenta, mientras confiesa que durante los operativos no deja de pensar en sus dos hijos.

Todo porque si el Bambi toca con algo puede generar daños en la nave, las estructuras cercanas o en las personas que se encuentren debajo del helicóptero.

Ya en el Quito Tenis, el helicóptero carga 500 litros de agua y, esta vez, casi no puede despegar por las tres personas que van dentro de la nave. Luego de unos 30 segundos, el helicóptero se eleva y a una velocidad de 30 nudos se acerca al siniestro. Tres minutos después deja caer el agua.

El mismo proceso repite cuatro veces, pero el incendio aún no se apaga, aunque ya no se ven llamas, sino humo. Para Haro, esto se debe a que la sola presencia del Bambi no puede terminar un incendio, también se necesita que los bomberos intervengan. “En lo que uno se demora en ir a cargar el incendio se reactiva”.

Por ello, señala que no se debería tener una sola nave contra incendios en todo el país, cuando se podría combatir los siniestros con al menos cuatro. “Eso daría mejores y más rápidos resultados”, afirma, mientras vuelve a la base, a esperar más emergencias.

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