24 de June de 2011 00:01

Artistas y artesanos foráneos se toman la calle

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Al salir de la parada Cumandá del trolebús, en la av. Guayaquil, el sonido de tambores y bongós atrae a los transeúntes de la calle Juan de Dios Morales, más conocida como La Ronda.

La música en vivo ya no es exclusividad de los locales comerciales que ofertan comidas típicas, cafés canelazos o artesanías.

Sobre las gradas de la calle Guayaquil y La Ronda, el viernes pasado, un grupo de 11 jóvenes: argentinos, chilenos, uruguayos, venezolanos y ecuatorianos arman un improvisado escenario.

Romina Misel sostiene en su mano derecha una baqueta, levanta su brazo y golpea tres veces el filo de madera de un bombo. Enseguida, los tambores, bongós y redoblantes empiezan a entonar un contagioso ritmo, al que Albel Toledo llama murga.

Toledo, quien hace de maestro de ceremonia, viste un pantalón de tela azul, una camisa concho de vino, un chaleco de vistosos colores y un sombrero rojo.

Con su inconfundible acento argentino da la bienvenida a las personas que empiezan a rodearlos. Hace una reverencia al público e inicia el show de malabares. Toledo muestra sus habilidades con los golos, dos palos pequeños que sostiene en cada mano, y con ellos maniobra uno más largo.

Son las 21:45 y Toledo enciende fuego en los extremos del golo más largo. El sonido de los tambores es más fuerte y Juana Soto se levanta de las gradas y empieza a bailar al son de la percusión. Toma con sus manos el swin (cadenas con tela de colores en los filos) y muestra sus habilidades. Los aplausos no cesan en la calle.

Uno a uno, los actores de ‘La murga’ van al centro del escenario. Bailan, tocan sus instrumentos, hacen malabares y acrobacias, al son de la música.

Cuando los tambores reducen su sonido, Toledo se saca el sombrero y lo pasa entre la gente que ve el show. Monedas de USD 0,25, 0,10 y hasta de USD 1 deposita la gente en el sombrero.

Después del primer show hacen una pausa para descansar. Unas horas después, llegan a la tradicional calle más visitantes y artistas extranjeros. Guido Tell es chileno y llegó hace una semana desde Perú, por tierra.

Viaja solo, pero siempre encuentra amigos en los países que visita. “Los músicos, los artesanos, los aventureros nos encontramos siempre y nos conocemos”.

Tello lleva una maleta grande, de ella saca un saxofón, saluda con Toledo y decide formar parte de ‘La murga’. Los artistas de este grupo se han ido uniendo desde que Toledo salió de su natal Argentina, hace ocho meses.

A Laura, su novia, la conoció en Chile. Ella hacía malabares en un semáforo de Santiago. Diego y Roberto San Feliu son uruguayos, allá estudiaban la secundaria y hacían música. Esta es la primera vez que salen de su país.

Unos 10 metros más arriba, las calles son un auténtico mercado artesanal. Uno tras de otro se colocan los artesanos para ofertar sus trabajos. Elquín Herrera, colombiano, vende artes y pulseras hechas con hilo, piedras de río y tagua, junto a él está Bepkei Anouch, de Brasil. Este último vende aretes hechos con coloridas plumas de guacamayos.

A las 02:00 los artistas recogen sus instrumentos. Ese viernes, una hora y media antes, un contingente de policías metropolitanos participó en un operativo en La Ronda. Los uniformados pidieron a los dueños de los locales los permisos. A los artistas callejeros no los desalojaron ni les pidieron documentos.

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