23 de May de 2010 00:00

Informales y ‘fashions’, en la Asamblea

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Redacción Política

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La alfombra que conduce al Pleno es roja, como la que recorren las estrellas de cine. Y junto a los asambleístas, unos con facha ‘fashion’ y otros informal, también suele haber cámaras, micrófonos, grabadoras y periodistas.

Pero casi no hay prensa, el jueves, a las 09:00, antes de la sesión en la que se discutió sobre cómo viabilizar la consulta prelegislativa para la Ley de Aguas.

Wladimir Vargas, legislador del Prian de 44 años y 1,84 metros de estatura, da ocho pasos sobre la alfombra. Y se detiene para hacer una venia y cumplir con el rito de saludar a la Bandera del Ecuador. Luce impecable con traje negro.

Es de los más elegantes. Viste ternos de diseñadores nacionales como Gustavo Moscoso; además acude a modistos extranjeros y a tiendas como Bassil y Dormel.

Así debe ser, para María C. Kronfle, de Madera de Guerrero. La guayaquileña, de 24 años, es la más joven entre los asambleístas que tienen 42 años promedio.

Siempre usa chaquetas y pantalones. Pocas veces se la ve en jeans. Busca que la tomen en serio... “No estaría mal contar con un camerino, para retocarnos”, apunta y con la mano se acomoda el cabello liso gracias al cepillado.

En la silla de ruedas, que le permite movilizarse debido a su discapacidad, aparece radiante, con tacones. Hace un año se colocó un implante de senos, para lucir blusas coloridas, que antes adquiría en la “Bahía de Guayaquil y hoy compra en centros comerciales”.

No guarda sus comentarios y critica a otras asambleístas pues “vienen con una pijama o en bata y sacudiéndose el cabello y ya”.

Gina Godoy, de A. País, sonríe al conocer ese apunte. No le interesa ganar la medalla a la mejor vestida -acota-. Se siente cómoda con el cabello recogido en una cola.

Lleva un vestido negro de algodón, nada glamuroso, y unas botas, de gamuza, sencillas. “Dicen que se cambia al llegar al poder. Yo no me subo en un pedestal ni pongo distancia con la gente”.

Sin saberlo, María Soledad Vela, de 47 años, su coidearia, la apoya. Es rubia natural. Exhibe el cabello suelto, sin un trabajo de peluquería. Sus ojos verdes se pierden en unos lentes de marco plástico. No es la mejor vestida. Calza botas y un pantalón simple. Confiesa que su indumentaria es informal. Vive en Bahía de Caráquez y le gusta ese desenfado.

Esa no es la onda de Cynthia Viteri, quien con 44 años, es piropeada por sus colegas. La roldosista Saruka Rodríguez reconoce que es la mejor vestida y le pregunta cómo lograr esa figura siendo madre de cinco hijos y abuela.

Mientras ambas se miran al espejo, en uno de los sanitarios del Pleno, Viteri, como en los debates, critica a la oposición: “Le restan importancia al trabajo que desempeñan. Creen que para ser izquierdistas deben disfrazarse...”.

Ella prefiere ponerse pantalones, blusas sin escote y chaquetas. Su ropa la compra en centros comerciales o en Miami. Asegura no tener una ‘boutique’ favorita.

Saruka, manabita, de 25 años, sigue los pasos de su padre, Roberto Rodríguez, ex diputado.

Utiliza una chaqueta oscura y un jean ceñido, con zapatos puntones y tacos altos. Considera que el mejor vestido entre los hombres es su compañero, ‘Dalo’ Bucaram, quien usa ternos y camisas de colores. Aunque también va con vaqueros a las reuniones de la Comisión de Fiscalización.

“Los de Sociedad Patriótica también lucen bien. Hay que estar elegantes, acá llega la prensa”, recalca. Eso da pie al comentario de Cecilia Bucheli, asesora de Comunicación y directora de Protocolo del Municipio de Quito.

“Los políticos han usado ciertos espacios para farandulear. Les sirve para solidificar su imagen. No importa que hablen bien o mal de ellos. Ni si son ridiculizados”.

La creadora de ‘En Corto’, de Teleamazonas, programa que dejó hace un año y medio, cuenta que su propuesta era “caricaturizar la realidad política”. Para ella es interesante mirar los trajes de los políticos. Y la dicotomía en las posiciones de quien habla de justicia y equidad social y viste un Dolce & Gabbana (firma italiana).

“La vestimenta es otro tipo de lenguaje a través del cual nos expresamos”, certifica Aminta Buenaño, de Alianza País. Con 50 años luce jeans ‘strech’ o faldas y blusas, no se limita en los colores.

Paco Velasco, su colega, dice que la indumentaria es una proyección del yo. El vestido no solo resguarda el pudor sino que acentúa el erotismo, en la medida en que esconde, oculta, devela, insinúa... Él pocas veces usa chaquetas, casi siempre se pone buzos sin cuello alto, de algodón, y camisas.

Para el legislador, de 51 años, el traje es una mascarada. Un tipo con terno es una caricatura, un sujeto tieso, uniformado. Dice que el vestido de ‘gánster’, de miles de dólares, aleja al político de la gente. Esa opinión no la comparte Luis Morales, del Prian. El asambleísta, de 47 años, prefiere ternos de colores claros; los acompaña con pañuelos y corbatas rosadas.

Gilmar Gutiérrez (PSP), quien el jueves pasado lucía un traje verde oliva, también es formal. A sus 41 años se siente bien enternado. Por su formación militar, para él, desde los zapatos al peinado, todo debe brillar, aunque esté viejo...

Rescata un hecho: no todos los de la izquierda son extravagantes. Pide mirar al MPD. Ahí está María Molina, con falda, chaqueta y tacos altos. Ella, con 51 años, busca estar bien presentada para sus electores, pero “sin lujos”.

Otro ejemplo es Diana Atamaint (38 años), de Pachakutik, quien escoge sacos y pantalones. No le faltan sus collares y aretes artesanales. Esos accesorios son su sello, recuerdan que es shuar.

Para Gilmar Gutiérrez la apariencia no es tan relevante. Cuando se le pregunta por la operación de su hermano Lucio, ex presidente del país, dice que no se operó el tabique por vanidad. “ Rafael Correa tiene pinta, pero está perdiendo popularidad”, indica.

Lucio, de 52 años, relata que en 1995 y en el 2004 se cauterizó el tabique. Y ahora decidió operarse pues sufría dolores de cabeza y se asfixiaba. Él admite que se ve mejor y que para él la apariencia sí pesa. Ayer tenía previsto acudir al centro de reducción de peso de su esposa Ximena Bohórquez.

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