13 de April de 2010 00:00

Política y políticos

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Federico Chiriboga

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En un brillante ensayo sobre Mirabeau, que vamos a glosar, Ortega reflexiona sobre la política y los políticos. Política, dice, "es tener una idea clara de lo que se debe hacer desde el Estado en una nación".

El Estado tiene como destino servir a la nación y no a la inversa.

Esta definición es esencial porque pone límite al papel del Estado y le reduce a la dimensión de ser instrumento de la nación para su  desarrollo y bienestar.

El gran político, señala Ortega, "ve siempre los problemas del Estado al través y en función de los nacionales".

Por el contrario, el pequeño político da al Estado un valor superlativo, desconociendo su sentido "puramente instrumental". Pone su empeño en engordar al Estado, convirtiéndole en el "ogro filantrópico", convencido que así se da vida y progreso a la sociedad.

El grande piensa en dirección contraria y busca que el Estado sea un medio para el perfeccionamiento del cuerpo nacional. Es el visionario, con intuición histórica y autoridad para movilizar a la nación y desde ella construir un Estado que la refleje, en lugar de oprimirla.

Los idólatras del Estado crean instituciones, abren ministerios, aumentan la burocracia y dictan leyes para controlar todo con los ojos puestos en el aparato estatal, relegando la sociedad a segundo plano.

Esta concepción de la política tiene ejemplos históricos no muy lejanos y sus consecuencias todavía son visibles.

Cuanto tiempo tomó Italia para salir del modelo fascista: todo para el Estado, nada fuera del Estado.

Rusia no ha superado la estructura vertical del poder y sigue siendo un triángulo invertido, cuyo lado mayor está ocupado por el Estado y el vértice por los derechos del ciudadano.

El aforismo de Lord Acton está vivo en ese país: “el poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente”, como sucede en todos aquellos en los que, en mayor o menor medida, el poder pertenece al gobierno y no a los ciudadanos.

En nuestro continente hay proyectos para resucitar sistemas políticos que se combatieron  desde la Ilustración, cuado se luchó por la libertad, tolerancia y derechos de las personas.

Estamos volviendo al ideal hegeliano, que reconocía en el Estado la fuente de la moral.

Hoy se nos imponen, desde el Estado, morales de nuevo cuño, como la llamada bolivariana, que asume el monopolio de la virtud.

Bajo un despotismo constitucional, están regresando los príncipes del XVII, los reyes que gobernaban proclamando: el Estado soy yo, porque se tiene olvidado que el fin del Estado es el bien público que se logra con el Estado-bienestar, sometido al derecho, que regula y establece el equilibrio entre los elementos sociales y económicos en conflicto, promoviendo la equidad e igualdad en toda la nación.

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