13 de junio de 2017 06:53

Periodismo en México, las cicatrices invisibles de la lucha contra las drogas

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Agencia AFP
Chilpancingo,México

“Me encerraba por temor, creía que me seguían y que podía pasar lo peor”. Así explica Jorge Martínez, periodista mexicano, porque no salió de su casa por 15 días luego de que un centenar de pistoleros del cártel La Familia lo atracaron junto a seis colegas.

Por el trauma del ataque, Sergio Ocampo, de 60 años y colaborador de AFP en el sureño estado de Guerrero, sufrió parálisis facial.

Además de los 90 periodistas asesinados y 21 desaparecidos desde que en 2006 se militarizó la lucha antidrogas, un creciente y “devastador” universo de reporteros, fotógrafos y videastas padece Trastorno de Estrés Postraumático (TEP) y la gran mayoría carece de ayuda terapéutica, advierten expertos.

El 13 de mayo, cuando regresaban del poblado de San Miguel Totolapan, donde cubrieron un operativo policial y bloqueos de vías con automóviles incendiados, Ocampo, Martínez y otros cinco periodistas fueron interceptados en la llamada Tierra Caliente por un centenar de presuntos integrantes del cártel La Familia.

“¡Los vamos a quemar vivos!”, los amenazó uno de los pistoleros antes de robarles todos sus equipos en una desértica carretera. Los liberaron unos 15 minutos después, recordó Ocampo.

Dos días más tarde, pistoleros asesinaron en Sinaloa, bastión del cártel fundado por el capo Joaquín “El Chapo” Guzmán, al periodista Javier Valdez, colaborador de la AFP .

Reporteros Sin Fronteras considera a México el tercer país más peligroso del mundo para los periodistas.


Profesión de alto riesgo
El TEP por violencia en los periodistas de México se produce por narrar “ hechos asociados a la desaparición forzada de personas, a las ejecuciones extrajudiciales o a las escenas de crimen ” o por ser víctimas de agresiones perpetradas por la delincuencia organizada, explica Alejandra González, psicóloga de la organización Artículo 19.

Lo peor, advierte, es que “la mayoría no se atiende”.

Rogelio Flores, de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) , ha realizado varios estudios sobre TEP.

El último, el año pasado, incluyó a 246 periodistas que cubren temas violentos: 41% presentó síntomas de estrés postraumático, 77% de ansiedad y 42% de depresión, comentó Flores a la AFP.

Alejandro Ortiz, corresponsal en Chilpancingo de W Radio, es un musculoso moreno de 26 años que narra con sonrisa nerviosa las cuatro veces que ha sufrido agresiones del crimen organizado: ha sido retenido durante horas, amarrado, golpeado y hasta encañonado, pero dice que no dejará de cubrir temas violentos.

“Sabemos que ser periodista en México es una profesión de alto riesgo, serlo en Guerrero aumenta un poquito esta situación”, comenta a la AFP mientras cubre un paro de policías en su cuartel central. Ha padecido desde ansiedad hasta pesadillas recurrentes.

Antes de llegar a Chilpancingo, la capital de Guerrero con unos 187 000 habitantes, en la carretera se observan decenas de camiones militares. Un intenso calor húmedo y el caos vehicular parecen acentuar el nerviosismo.

De los periodistas de la zona, 30% padece estrés postraumático, comenta a AFP Eric Chavelas, líder de una asociación que los agrupa.

“Hemos lanzado el SOS hace años. De repente no sabemos a dónde acudir” para tener ayuda psicológica, dice con gesto cansado.

“Tragedia tras tragedia”
Guerrero históricamente ha sido codiciado por narcotraficantes y autoridades corruptas por sus fértiles e intrincadas montañas aptas para el cultivo de amapola y marihuana.

Con sus 1,75 metros de estatura, Ezequiel Flores, de 40 años, y corresponsal del semanario Proceso, se vio obligado a “dejar de salir al campo” tras ser intimidado por militares y recibir amenazas de muerte.

La semana pasada denunció a Artículo 19 que hombres armados se apostaron ante su casa. Esa organización ha documentado agresiones en su contra desde 2013.

Durante años cubrió las relaciones entre narcotraficantes y políticos y policías comunitarias en la zona donde desaparecieron los 43 estudiantes de Ayotzinapa en 2014.

Dice que no sale ni a pasear a su perro sin voltear “a todos lados” y procura hacerlo “en las horas en que los padres llevan o traen a sus hijos a la escuela para estar en lugares con más gente”.

Es uno de los que reconoce que padece el trastorno y la semana pasada fue intimidado por hombres armados. “ Todos los días, tras documentar tragedias y tragedias y tragedias y no tener la manera o no saber (cómo) sacar todo esto que vas acumulando, te lleva a esta fase de aislarte”, comenta.

El gobierno federal ha implementado un mecanismo de defensa de periodistas pero ha sido insuficiente, y para muchos comunicadores no significa tranquilidad alguna.

“Si así nos iban a matar en medio de dos retenes de militares, de qué me van a servir medidas cautelares”, reclama Ocampo, con el lado derecho del rostro inmovilizado.

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