6 de December de 2009 00:00

Un paseo literario por las calles de Quito

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Edwin Alcarás
Redactor de cultura

Pruebe    a subir por la calle  Andrade Marín en el barrio de El Dorado, de Quito,  una tarde de llovizna. Es triste. Fíjese en el brillo de esas piedras   por las que se escurre  el agua. ¿Se ha fijado en el brillo sucio de las piedras? Ese brillo, según  varios autores que retrataron la ciudad,  se parece al resplandor que tienen en la memoria las cosas perdidas; o, en el deseo, las cosas imposibles.

Ahora, venga, acérquese a este mirador, sienta  cómo el frío le golpea el rostro. Mire, ahí abajo, a ese solitario eucalipto,   detrás de esa caseta que protege  una  piedra de lavar y eso que alguna vez debió ser   un inodoro. 

Fíjese en ese barranco abierto como una garganta negra, en cuyo fondo corre  el delgado y viscoso   Machángara. Sienta cómo lo ahoga la geografía. Deje que esa inquietud se adueñe de su conciencia.    Ahora vea  cómo se descompone,  lentamente,  la realidad. Fíjese en esas figuras que dibuja la niebla, hundida como una gasa  entre las lomas.

Mire a esos seres    hechos de frío, imaginación e incertidumbre, o sea, para ponernos de acuerdo, hechos de literatura. Ahí están, por ejemplo, ese hombre social y existencialmente atormentado de nombre  Luis Alfonso de Romero y Flores, conocido como el ‘chulla’ Romero y Flores,  la curiosa dama apodada La Linares  o   la Torera, ese  médico checo taciturno y malhumorado de apellido Kronz, esos maltrechos  y hoscos habitantes del bulevar de  la  tuentifor que describió Huilo Ruales...

Y, si se concentra usted, puede que vea hasta ese buque que vio, desde el mismo punto  donde usted está,  el narrador Javier Vásconez, en su cuento  ‘Un extraño en el puerto’. En esa esquina de la Luciano Andrade Marín y la Reinaldo Espinoza  el escritor vislumbró  ese barco  dibujado por la  nostalgia, el frío y  el  whisky. 

El párrafo en mención dice: “Desde el estudio podía dominar la llegada del barco con bandera italiana, ingresando muy lento en la noche andina.

Cada vez que me servía otro whisky, cosa que sucedía a menudo, imaginaba el rompeolas y el faro que completaban junto con las gaviotas el bosquejo minucioso del puerto”.

Como el amor, como la muerte, como el suicidio, como el sexo, y como  el resto de temas universales,  el paisaje (natural y humano) siempre ha  seducido a los escritores.  La ciudad es uno de los personajes primordiales de buena parte de la mejor  literatura ecuatoriana,  dice el crítico y escritor  Raúl Serrano.

En la literatura,  la ciudad nunca se ha construido   con  las imágenes de postal. Casi siempre los autores    han buscado sus lados flacos, sus contrastes, sus desórdenes interiores.

En este punto  sirve  volver  al inicio de ‘El hombre  muerto a puntapiés’, de  Pablo Palacio.  ¿Recuerda que el “vicioso” de apellido Ramírez (pues solo esas dos  cosas se conoce de él) fue hallado en la esquina de las calles Escobedo y  García?

Hasta hace poco se discutía si el cuento pasaba aquí o en la  ciudad de Guayaquil. Sin embargo, la crítica española  María del Carmen Fernández  asegura  que la trama se refiere a Quito en su libro ‘Pablo Palacio en la  encrucijada de los 30’. 

Esa esquina de Escobedo y García existe hasta ahora y debe ser  una de las esquinas más tristes de la ciudad. Triste en el día porque en la noche es más  bien  temible.  No se trata de una esquina en estricto sentido sino de una escalinata que se convierte abruptamente (como  toda variación geográfica del Centro de Quito) en un callejón estrecho que bordea la peña que da al Sena.

Uno no sabe dónde termina la Escobedo y dónde empieza la García. Solo sabe que, si es de noche,   hay que salir de allí pronto. Pero si la luz del poste eléctrico falla un poco y se vuelve intermitente, es posible que el “vicioso” aparezca todavía allí, derrumbado sobre su propia fatalidad, sangrando  por la nariz, temblando por el recuerdo de esos “maravillosos” puntapiés. Y si  un carro rasga el silencio, talvez pueda usted escuchar en ese eco el sonido de los puntapiés, esos “¡Chaj!  ¡Chaj!”  seguidos de  ese  “gran silencio sabroso”.

La ciudad ha contribuido   en varios  propósitos de la imaginación. Incluso en aquellos que la destruyen o la vuelven irreconocible. Por ejemplo, en la cuarta parte de la tetralogía ‘Crónicas del Breve Reino’, de Santiago Páez, donde se  inventa una Quito del futuro. En el peor de los futuros posibles.

Luego de la guerra nuclear y el consiguiente abandono del planeta, el antiguo tercer mundo se ha quedado como el único mundo. Se trata del infierno en la Tierra, una selva de radiactividad, mercado negro y un extraño tráfico de niños. Quito vuelve a ser lo que   fue al principio: una mezcla irregular de potreros y abismos.

El itinerario de los personajes conduce las  escenas a través de las ruinas de El Batán o de La Mariscal hasta llegar al Centro, cubierto de maleza.

La ciudad ha servido como metáfora para los muchos cambios que han experimentado sus habitantes. Ese Quito perplejo de principios del siglo XX,  que se iba llenando de alambres, carros  y neurosis fue materia de, por ejemplo, ‘En la ciudad he perdido una novela’, de Humberto Salvador. 

Esa otra ciudad bohemia, hipócrita y un tanto malvada, producto del ‘boom petrolero’ fue recogida en ‘Ciudad de invierno’ , o ‘Sueño de lobos’,  de Abdón Ubidia.

Escenario o personaje, la ciudad siempre busca  salidas para su encierro en las expresiones de su literatura. Y, en esa búsqueda, le caben los versos que Borges cantó  para Buenos Aires: “Y la ciudad, ahora, es como un plano/  de mis humillaciones y fracasos”. Y la relación que guarda con sus habitantes, en ese otro verso: “No  nos une el amor sino el espanto;/ será por eso que te quiero tanto”.

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