La bisutería de Otavalo, rumbo a EE.UU.

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Byron Rodríguez V. Editor

Es martes y el cielo gris de Otavalo, Imbabura, contrasta con la colorida alegría de la plaza de ponchos. Cerca, hacia el occidente, en el barrio Selva Alegre, tres mujeres ensartan con precisión -usando fibra de pita- semillas de varios tonos.

Forjan delicados aretes, pulseras y collares que son demandados en tiendas de Nueva York, San Francisco y otras ciudades de Estados Unidos.

Ellas visten el traje otavaleño: blusas blancas y bordadas; fachalinas; anacos negros y azules, hualcas doradas en el cuello y calzan alpargatas.

En una casa sencilla, de un piso y amplio zaguán de baldosas blancas, las estadounidenses Joy Bittner y Emily Hockett promueven el comercio justo exportando las artesanías de bisutería otavaleña. El propósito: mejorar las condiciones de vida de varias familias indígenas de la zona.

Bittner tiene 28 años. Alta y delgada, de pelo recogido, estudió en Fordham University, en Nueva York. Aquí es gerente de operaciones de Andean Collection (Colección Andina), que provee las artesanías a Faire Collection, de EE.UU.

Toma un collar de tagua, turquesa, cuyas piezas parecen pétalos de una rosa. Ha trabajado los últimos siete años en América Latina y cuenta que las cosas hechas a mano tienen gran valor en su país.

Bittner vive en Quito. Dos días pasa en Otavalo para coordinar las tareas. 80 artesanos, agrupados en 13 talleres, laboran en el país. Según ella, en EE.UU., marcas grandes y de prestigio -como J.Jill, Chicos y Anthropologie- están encantadas con los objetos y los venden a través de catálogos.

Un collar de pambil y tagua se cotiza en USD 50 o 60 en Estados Unidos, mientras en Ecuador, USD 35. "En Quito tenemos la tienda, Galería Gourmet, en las calles Reina Victoria y Lizardo García".

Emily Hockett, de 19 años, pronto dejará el país, ya que ha concluido su Año ciudadano global. Vivió en Otavalo con la familia Vega. Para Bittner, el comercio justo consiste en pagar a los artesanos salarios dignos (más que el mínimo vital), ofrecen cursos de contabilidad a los talleres, manejo de economía familiar y becas a los hijos de los trabajadores.

La ganancia de las exportaciones -dos veces por mes, vía aérea, con más de 100 kilos de objetos- ayuda a este comercio.

Cristina Fuerez, de 28 años, elabora 15 collares por día. Se siente contenta porque ha mejorado los ingresos familiares. "Me gusta hacer el collar de mar de color turquesa, es de tagua; con una máquina recortamos la tagua en trozos similares a los chifles y salen las piezas delgadas".

Lourdes Picuasí cambió su vida y la de sus tres hijos. "Se alimentan mejor y asisten a clases con regularidad".

El comercio justo en Ecuador es una rica cantera para miles de familias. Según Luis Hinojosa, ejecutivo del Fondo Ecuatoriano Populorum Progressio (Fepp), las exportaciones del Consorcio de Comercio Justo sumaron USD 30 millones el 2012, a Europa y a EE.UU., entre artesanía y productos agrícolas. El Consorcio lo conforman las entidades privadas, con finalidad social, más antiguas: Maquita Cushunchic, Camari (de la Feepp), Salinas, Sinchi Sacha y Chankuap (exporta artesanías amazónicas, su sede está en Morona Santiago). Se benefician 200 000 familias.

A su vez, la Asociación de Comercio Justo, compuesta por más de 100 organizaciones, vendió USD 80 millones en el 2013 y proyecta USD 150 millones para el 2014. La diferencia entre el Consorcio y la Asociación: el primero está ligado, desde hace más de 15 años, a WFTO (Word Fair Trade), organización mundial de comercio justo.

A principios de los setenta, monseñor Cándido Rada (1905-1995) creó el Fepp apoyado en la encíclica Populorum Progressio, de Pablo VI, que solicitaba un fondo común para los más pobres.

"He creído en lo que nadie cree; el bien hay que hacerlo bien", dijo Rada, quien fue obispo de Guaranda y propició la compra de tierras. El Fepp concede créditos gracias a un banco que fundó.

En Otavalo es mediodía. Un tímido sol alumbra el huerto, frente al taller de Selva Alegre. Joy Bittner, activa y jovial, habla de los diseños que elabora la ecuatoriana Carolina Cornejo. Ella deja a un lado la computadora. "He creado 40 diseños inspirados en la naturaleza, hojas de árboles, pájaros, el mar; hoy pintamos (valiéndose de máquinas) las semillas de colores cálidos (rojo, amarillo, verde) para el verano y el otoño de Estados Unidos".

Ya preparan -limpian, quitan las cáscaras y pulen las semillas- para el otoño e invierno (los tonos grises, negros, oscuros). Son diseños contemporáneos en los que fijan metales.

El taller solo deja de trabajar a las 13:00, hora de la comida. Y en Ilumán, en otro taller, trabajan Nancy Morán, Carlos Salazar, Anita Córdova (becaria) y Rolando de la Torre. Varios proveedores traen las semillas de Manta, Santo Domingo y de la Amazonía (Tena) a estos enjambres de colores, en los que bullen la vida y el trabajo.


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