13 de March de 2010 00:00

300 arroceros crearon su piladora

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Patricio Ramos.

Manuel Espinales llega a sus parcelas de arroz a las 06:30. El cultivo crece en Correa Agua, una comunidad de la parroquia Charapotó (Sucre-Manabí). Está a 30 minutos al noroeste de Portoviejo.

De lunes a sábado, este agricultor recorre desde su casa 5 kilómetros en bicicleta, en la zona urbana de Charapotó, para llegar a sus arrozales.

El pasado fin de semana, aprovechando que el nivel del río bajo siembra la semilla.

De un tacho plástico saca puñados de arroz y lanza al suelo. Este sistema se llama al voleo. Los riega y en 30 días aparecerán las primeras espigas.

Esta es una de las mejores épocas para la siembra. “Claro, siempre y cuando no haya crecientes de ríos, esteros y quebradas que nos inunden y dañen las parcelas”, dice mientras termina su tarea cotidiana.

Cuando llegue la cosecha -en tres o cuatro meses-, Espinales entregará su arroz a la piladora Cristo Rey. Funciona a 400 metros de su cultivo.

Allí trabaja el agricultor Amado Anchundia, como gerente de esta planta. “Es como mi segundo hogar”, dice casi gritando a otros campesinos que llegaron a dejar su producto. El ruido de la máquina es ensordecedor.

Anchundia recuerda el día, hace seis años, cuando uno de los compañeros de trabajo vendió el terreno para la construcción de la piladora. Lo hizo a precio de costo (USD 18 000). Actualmente, es el sitio de mayor concurrencia de los agricultores de 15 comunidades de la zona baja del valle del río Portoviejo.

Con la ayuda del programa PL 480, un proyecto de ayuda de Estados Unidos, se construyó la infraestructura y se compraron los equipos. Primero se levantó el cerramiento, se hizo el relleno y luego se puso la maquinaria.

José Mero, jefe de las siete personas que laboran en la piladora, cuenta que durante 40 años estuvieron a merced de los dueños de cuatro piladoras privadas. “Les dejábamos nuestro arroz, nos entregaban un papel y sufríamos hasta dos meses para cobrar por la venta”.

Eso cambió hace seis años. “Nuestra vida dio un giro total. Cuando llegamos con el arroz en cáscara a nuestra piladora nos pagan de inmediato”.

El dinero en efectivo emplean en el pago a los jornaleros, compra de semilla y para los gastos familiares. “A veces hasta se puede guardar algo para comprar insumos y combatir las plagas en los arrozales o para emergencias de salud”, dice Anchundia.

El agrónomo Carlos Bermúdez, técnico del lugar, comenta que 300 agricultores entrega su arroz en Cristo Rey.

La modalidad del papelito y venga después a cobrar causaba muchos problemas a los campesinos, dice. El arroz que se pila en Cristo Rey se vende a Quito y desde allí se exporta a Italia.

Semanalmente, 1 600 quintales de arroz se pilan y secan. El ingreso neto es de USD 12 000 cada ocho días.

Ahora buscan la ayuda para financiar la compra de una máquina cosechadora y un camión para ir a las fincas y transportar el arroz hacia la piladora.

El administrador Mero dice que buscan ayuda financiera. Mediante su apoyo “nos pudimos independizar de los dueños de las piladoras privadas”.

Espinales, mientras tanto, sigue regando la semilla de arroz recién cultivada.

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