21 de diciembre de 2016 00:00

Los pesebres despiertan la fe y la unión

Los nacimientos que están en la muestra del Centro Cultural Metropolitano van desde una representación de San Agustín (foto) hasta una caja de música. Foto: Diego Pallero/ EL COMERCIO

Los nacimientos que están en la muestra del Centro Cultural Metropolitano van desde una representación de San Agustín (foto) hasta una caja de música. Foto: Diego Pallero/ EL COMERCIO

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Evelyn Jácome

Son mucho más que una muestra de religiosidad. Los pesebres tienen una relación profunda con la unión familiar y la convivencia en comunidad, y se han convertido en el epicentro de la fiesta navideña en la ciudad. Solo en el Centro Histórico, hay más de 100 nacimientos en iglesias, conventos, museos, dependencias y espacios públicos.

Mientras algunas de las tradiciones se han diluido con el paso del tiempo, la costumbre de armar pesebres, que empezó en el siglo XVI, cobra vida cada diciembre. Su perennidad se debe a su fuerte vinculación católica, según Jorge Moreno, historiador experto en temas religiosos.

Los quiteños, dice, son religiosos y buscan la manera de expresarlo. Hoy en día, el trabajo exige tiempo y muchas de las actividades que hace 50 años se tomaban la ciudad como el Día de los Inocentes, por ejemplo, se han perdido; pero la sociedad católica no puede dejar de celebrar el nacimiento de Jesús, y el pesebre es parte de esa ritualidad. Las costumbres navideñas son de las pocas que se mantienen.

Moreno explica que el culto al Niño Dios llegó a Quito con los españoles. En esos años se comenzó a celebrar la Novena de Aguinaldo en las iglesias y en las casas de la ciudad. Todas las personas, sin importar su clase social, armaban un pesebre en sus hogares. Moreno cuenta que fue una época de apogeo para los artesanos, debido a la demanda.

En el siglo XVIII, con la influencia italiana, se incorporaron nuevas imágenes, generalmente figuras de la vida cotidiana como el chapetón, las madres cuidando a sus hijos, barrenderos... Entonces se escribió la famosa novena que en la actualidad se reza y se compusieron los versos del Dulce Jesús Mío, que hasta hoy se escucha corear en la ciudad, al ritmo de la pandereta.

Desde que los Franciscanos impulsaron el culto a la infancia de Jesús, los pesebres son parte de la ciudad. Incluso los nacimientos de algunos de los conventos aún se conservan, como el de El Carmen Bajo, Santa Clara y La Concepción. Es una costumbre que en lugar de desaparecer se ha adaptado a la ciudad, a sus cambios y a sus nuevos actores.

Hoy los nacimientos no solo están conformados por María, José y el Niño Jesús. Incluso entran a escena bailarines, borrachos, la chismosa del barrio, vehículos, buses, edificios... Hoy hay pesebres hechos con materiales reciclables, conformados incluso con juguetes infantiles y figuras modernas.

Los concursos son también una constante en estas fechas. Incluso los mercados abrazan la tradición: 14 de ellos participan en la elección del mejor pesebre, este viernes.

Este año no se llevó a cabo el tradicional concurso de pesebres organizado por el Municipio. En su lugar, las autoridades hicieron una convocatoria para realizar una exposición. Se inscribieron 12 pesebres y se seleccionaron los cuatro que al momento se exhiben en el Centro Cultural Metropolitano, García Moreno y Espejo esquina. Cada uno de ellos recibirá USD 900 más IVA por su participación.

Los cuatro nacimientos fueron seleccionados, según el Centro Cultural, debido a su creatividad. Uno de ellos es un pesebre submarino, otro se asemeja a una gran caja música donde las piezas se mueven, y los dos restantes representan a las zonas de San Agustín y El Panecillo.

En Quito, cada pesebre es único. Desde el más grande, en el Carmen Bajo con más de 500 piezas, pasando por el más alto, en El Panecillo con personajes de más de 45 metros, hasta el pequeño que tiene Roberta Acosta, vendedora de El Tejar, que cuenta con unasola pieza conformada por José, María y el Niño Jesús, que no mide más de 5 cm y que aún conserva en la base el ‘made in China’.

Alfonso Ortiz, cronista de la ciudad, califica a los nacimientos como una devoción no solo de las iglesias, sino de las familias y de los barrios, desde los más humildes hechos con barro y madera, hasta los más vistosos. Hoy, asegura, se ha introducido otros personajes como Papá Noel, que viene de la cultura anglosajona, al igual que el árbol de Navidad, que forma parte de la celebración, y a los pies del cual se arma el nacimiento, desde los años 50.

En los años 60, asegura el historiador Juan Paz y Miño, había cierta emulación entre las familias quiteñas para ver quién tenía el pesebre más grande y vistoso. Humberto Jácome, quiteño de 80 años, recuerda que cuando era niño los nacimientos se armaban en dos, tres y hasta cuatro cuartos y se tardaban hasta seis meses en tenerlos listos.

Carmen Olguín aún conserva esa tradición. Sus abuelos, quienes vivían en el Centro Histórico, sus padres quienes habitaron en La Mariscal y ella, que vive en la González Suárez, han hecho del nacimiento pieza clave para vivir la fe y unir a la familia. Su pesebre tiene 10 metros de largo y se tarda cuatro noches en armarlo. Sus hijos la acompañan. Tienen solo piezas bíblicas: zapateros, alfareros, costureras, campesinos, camellos, borregos, cabras... Recuerda haber armado pesebres desde hace más de 60 años.

Aún hay barrios donde el pesebre es el resultado del trabajo en comunidad. Sectores como Playita y La Bahía tienen nacimientos elaborados por sus habitantes. En San Sebastián, el pesebre es sinónimo de fe y buena vecindad. Cada día, durante la novena, se reúnen más de 600 personas. Hay misas a las 05:00, a las 10:00 y en la noche.

La calle Loja está iluminada desde la iglesia hasta la 24 de Mayo. El templo y el nacimiento están decorados con miles de luces. Alfonso Pullupaxi, morador del sector, cuenta que así se fortalecen como familia, como barrio y como hijos de Dios.

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