9 de May de 2010 00:00

5 sentidos para aprender a comer chocolate

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Diego Bravo, Redacción Siete Días

Al chocolate se lo debe tratar como a un bebé antes de probarlo. Es decir, con mucha delicadeza. Acariciarlo, olerlo, observarlo, saborearlo y escucharlo son los pasos a seguir antes de iniciar una cata de chocolate.

Eso se aprende cuando se asiste a una clase; empezamos con cinco variedades de lo que para muchos es una golosina: Dark, República del Cacao, Kallari y Kaoni. Sucedió la noche del jueves pasado, en Este Café.

Hasta ese día, era un ignorante en la materia de distinguir sabores, texturas y aromas del alimento sagrado de los Mayas.

Diana Oviedo, experta chocolatera, era la anfitriona esa noche. Ella dirigía la cata. Repartió las variedades en un plato y nos dio dos copas, una con vino y otra con agua. Se paró al frente de los presentes y comenzó la sesión.

Aroma

El primer paso para degustar este alimento es olerlo. La clave es cerrar los ojos y acercar la barra a la nariz con suavidad.

Abrimos la envoltura del chocolate República del Cacao y su aroma fue similar al del café. En otras predominaba el olor a manteca de cacao. Mientras los olíamos, todos sonreíamos de placer.

Un ¡crack! sonó cuando rompíamos las tabletas. Ahí me di cuenta de que el chocolate puro es más difícil de quebrar. El de dulce, elaborado con leche, azúcar, canela u otros ingredientes, es más frágil.

Los amargos se derritieron entre las yemas de mis dedos, cinco segundos después de tocarlos.

Dato importante: el chocolate puro siempre es oscuro. Los que saben dulce siempre tienen tonalidades más claras.

Coloqué un pedazo pequeño de chocolate en mi lengua y lo presioné contra el paladar. Así conseguí que se disolviera y el sabor se distribuyó en mi boca. Cada pedazo iba acompañado de un sorbo de vino tinto.

Esa técnica se llama maridaje. Es una combinación de chocolate y vino. Si el sabor del primero predomina sobre el segundo, significa que su elaboración responde a todos los estándares de calidad.

Luego de dos horas, la reunión concluyó con un sabor amargo en la boca de los asistentes. Esa sensación no fue producto de la desazón, sino del haber disfrutado. El haber tratado al chocolate como a un infante nos permitió conocer un poco más sus bondades.

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