14 de March de 2010 00:00

El quichua enamora a más gente

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Redacción Siete Días

Sarun pacha, yallishka pacha (que significa: ya lo pisé, ya lo caminé). Inty Raimy Cartucho acaba de escribir las palabras sobre la pizarra y ahora las pronuncia solamente en quichua.

Doce alumnos que asisten a su clase, de 18:00 a 19:00, tres días a la semana, lo miran. Parece que estuvieran dormidos con los ojos abiertos. Y hasta quisieran decirle que eso es mandarín o un idioma que no descifran...

Él rompe el hielo. Les dice que significa: “Ya lo pisé”, que es una forma de hablar sobre el pasado.

“Si en estos tres meses no aprenden lo pactado pongo mi cargo a su disposición”, agrega sonriéndoles. El maestro, oriundo del pueblo saraguro, apoya la mano izquierda en la cintura y con la derecha sostiene el marcador. Cuando habla de su trabajo no le gusta decir que enseña, insiste en que “ayuda a aprender”.

La clase transcurre en una pequeña sala, de tres por tres metros y medio. Es parte de una casa de dos pisos, ubicada debajo de un puente, en la av. 12 de Octubre y Yaguachi, frente al hospital Eugenio Espejo, en Quito.

Dos sillones largos y uno personal, colocado frente a la pizarra, cubren las cuatro paredes.

Vanessa Niquinga, de 20 años, es una de las estudiantes del curso organizado por Diabluma.

Se acomoda en un sillón viejo, de cuero negro. Está encantada. Sus abuelos Abel y Servio hablaban quichua. Siempre lleva el diccionario y en los minutos que pasan entre que Inty escriba y pregunte qué significa una palabra, ella se vuelca a él.

A Vanessa le parece algo difícil el idioma. Y compara: “en portugués la luna es ‘lua’, en quichua killa, nada qué ver... Pero es tan dulce”. En la mañana estudia teatro, en la Facultad de Artes de la Universidad Central.

“El sonido es hermoso”... Lo asegura y se queja porque en la escuela y el colegio solo le enseñaron a cantar “pollito chicken...”.

“Yo no tengo el sueño americano, no me gusta mucho el inglés”. Suspira y recuerda que hace poco, cuando sus padres cantaban un albazo, reconoció el significado de la palabra ‘ishkantin’ (juntos).

Inty aprovecha para explicarles la idea del tiempo en el mundo andino. El pasado está al frente, es lo que se puede ver (kaypacha). El futuro se encuentra a la espalda.

“No hay separaciones entre pasado, presente y futuro, como en la cultura occidental. Por eso nuestros muertos aún están viviendo con nosotros”, ejemplifica.

Sus padres, María y Manuel, le criaron con el quichua. Aprendió primero a contar en ese idioma y sus compañeros de clase se burlaron de él en la escuela -recuerda-.

Dayanara Sánchez, de 34, cada vez se siente más atada a sus clases. Le seduce la posibilidad de conocer otra visión del mundo.

“En este idioma no existe la palabra competitividad, sí la solidaridad”, dice. Y como si la clase no durara una hora sino dos segundos, se hunde en sus anotaciones.

Es profesora de Química en el colegio Dillon. Además, integra Diabluma y es roquera. En los festivales ya es capaz de subirse a la tarima y saludar con un ‘alli shamushka’ (bienvenidos).

Al llegar a casa dice a sus padres: ‘Alli tuta’ (buenas noches). Aunque la mamá le exige hablar en español. Dayanara admite no ser la mejor del tercer nivel (son cuatro, de tres meses cada uno).

A quienes asisten de 17:00 a 18:00 también les interesa el mundo andino. Mercedes Landeta repite el primer nivel. Además del español sabe francés, alemán e inglés. “El quichua es nuestra raíz, se debiera aprender en la escuela”, dice. Es asesora comercial en Telconet. Responde con un ‘ari’ (sí) a una pregunta de Inty. El profesor, de 29 años, tiene unos 25 alumnos en ambos niveles.

Durante su infancia, Mercedes escuchó canturrear a su padre: ‘Llullu shunku tachanini’. Por fin resolvió la incógnita. Quería decir: “Tengo un tierno corazón...”.

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