1 de August de 2010 00:00

‘Mis historias son las de los olvidados y los invisibles’

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Olga Imbaquingo,

Corresponsal en Washington

Después de leer ‘Working in the Shadows’ (Trabajando en las sombras) una ensalada de lechuga o una pierna de pollo nunca más sabrán igual, porque ahora llevan en la etiqueta tres ingredientes más: sin rostro, sin historia, sin nombre.Esos son los inmigrantes a los que Gabriel Thompson les prestó su conmovedora y también divertida habilidad de escritor, y un año de su vida para sentir y compartir sus experiencias en ese otro Estados Unidos.

Thompson no es nuevo explorando la vida de los otros, la de los invisibles. “There is not José here” (José no está aquí) fue su primera aproximación, bien lograda, sobre los inmigrantes. Su testimonio es una lección de humanidad y periodismo.

Lechuguero en Arizona, pollero en Alabama vendedor de flores y repartidor de comida en Nueva York. Ah, y periodista y escritor con honores. ¿Sirve ese currículo en tiempos de crisis?

Ahora no hay trabajo que no pueda hacer.

¿Por qué se fue al desierto de Yuma?

Es la capital de la lechuga; allá nunca falta trabajo y los blancos no lo quieren hacer. Poner ese vegetal en la mesas es tarea exclusiva de los inmigrantes. Cada uno corta 5 000 lechugas al día.

Un millón de personas trabaja en los campos agrícolas de EE.UU.

Cuando iba al mercado nunca pensaba en el trabajo que hay detrás de una lechuga o de un pollo.

Gracias por hacer que nunca falten vegetales en la dieta.

De nada. Pero hay que agradecerles a los mexicanos, centroamericanos o ecuatorianos que hacen ese trabajo.

¿Y a las mujeres?

También. Son un ejército. Mi primer día de lechuguero, bajo un calor de 50 grados, conocí a una jornalera que no se sentía bien. “Tengo dolor de estómago”, me dijo. Más tarde supe que estaba embarazada de ocho meses.

Pobre mujer.

Mi objetivo era demostrar que los inmigrantes son más que cifras. Nadie quiere ponerles rostro ni darles derecho a tener historia.

Lo logró. Su libro ya es un ‘best seller’.

Lo mío fue temporal. Lo de ellos es de 25 y 30 años haciendo lo mismo. En la pollería se enferman con artritis y en el desierto se muelen la espalda. Esta es la historia de los olvidados. No les pasa solo a los latinos, en todas partes hay gente que nadie quiere ver.

Lo siento si alguna vez comí una ensalada César sin pensar en la pastilla que tomó para calmar el dolor.

(Risas) Anoche me comí un burrito; cuando vi la lechuga, pensé en Yuma y en mis ex compañeros, que han hecho de las pastillas sus aliados para aliviar los dolores.

¿No hay resquicio para la esperanza?

La esperanza indomable es la que los tiene en pie.

¿No bastaba con buscar testimonios y no exponerse a condiciones laborales miserables para escribir un libro?

Quería experimentar hasta dónde mi cuerpo podía aguantar. Quería vivirlo para que otros conozcan, a través de mis manos y mis pies hinchados, el trabajo que hacen los inmigrantes.

¿Es una lección de periodismo?

Mi filosofía de periodismo es estar cerca de la gente. No quiero hablar de inmigración desde una oficina con aire acondicionado en Washington.

¿Y en ese intento qué pudo descubrir?

Que tienen una relación muy compleja con este país y con los países de donde vienen. Que el trabajo que hacen es para volverse locos, y aún así no se quejan y buscan mejorar.

¿En ese viaje encontró otros Estados Unidos?

No esperaba encontrar tanta miseria entre los blancos. Es una pobreza deprimente, viven sin esperanzas. Esa es la diferencia con los inmigrantes, ellos nunca dejan de soñar.

Esa era la América de William Faulkner y tal parece que nada ha cambiado.

No mucho. Los estadounidenses no conocen otras realidades. Fui en busca de inmigrantes invisibles y en Alabama encontré blancos a los que nadie ve.

¿Cómo es la Nueva York de los repartidores de comida?

Los más pobres y los más ricos trabajan juntos. En sitios exclusivos no los dejan entrar por la puerta principal, sino por la de servicio. Los repartidores de comida están por todas partes pero son invisibles. Trabajan por dos y tres dólares la hora y cada viaje puede terminar en tragedia.

¿Entonces no son una lepra, como se dice de los inmigrantes en Arizona?

Mi país tiene dos historias: todos somos inmigrantes pero al mismo tiempo rechazamos a los que llegan después. Los de ayer eran los buenos y los de hoy son los malos y los vagos. En los campos de lechuga nunca vi pasar a otro blanco.

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