11 de April de 2010 00:00

Memorias de un ocaso colectivo en el puerto principal

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Elena Paucar. Redacción Guayaquil

Alberga miles de historias. Romances grabados en sus paredes, peleas de callejón, juegos de niños en sus escaleras carcomidas por las pisadas, la vida de las familias que tejen sus entrañas... Son fragmentos de una memoria que no olvida.

Las sombras de la tarde ocultan las cicatrices que cubren la piel de sus paredes. Por fuera muestra un rostro pálido, maquillado por la vieja propaganda política que se escurre con la lluvia.

Por dentro está llena de tatuajes. Grafitis, símbolos y garabatos muestran su otra cara. “Barce vs. Emelec”, “Boca del Pozo vs. Sur Oscura”, resaltan en un corredor del bloque 1. “Por favor, no fumar marihuana. Hace daño a los que viven aquí”, es el mensaje en un portal del bloque 2. “Andrés es gay”, firmó la ‘Bakan’ junto al departamento 0111.

Un susurro rompe el silencio de ese cuartito. “Estas son las colectivas. Aquí, ya nada es como antes”, dice doña Anita mientras sale por la angosta puerta.

Su mano se desliza lentamente por los viejos pasillos de las casas colectivas de la calle Gómez Rendón, en el centro de Guayaquil. Sus corredores interminables se extienden como abrazando los patios y los departamentos. Doña Anita los conoce bien. Ha pasado 50 de sus 95 años en el condominio. “Llegué jovencita. Aquí vi crecer a mis hijos, los vi irse, vi morir a mi esposo y aquí he de morir”.

Todos los vecinos la conocen y también a su ritual de la tarde. Cuando el sol pinta de naranja las paredes, ella agarra un cojín, camina despacio hasta el parque, se sienta junto a un macetero de plantas marchitas y ahí, en silencio, mira la robusta fachada de tres pisos.

Callada, la casa fija en ella sus grandes ojos de ventanas, que se abren y cierran con el paso de las horas. Solo el saludo de los inquilinos o el griterío de los niños en el callejón que divide los dos bloques interrumpen esa conversación.

Las sombras de los pequeños correteando tiñen las veredas. Juegan a las escondidas y la casa es su cómplice. Ella abre sus rincones como escondite para Ronaldo, Tito o el ‘Chino’, que se ocultan entre risas en la oscuridad de sus pasadizos zigzagueantes.

Don Salvador ha pasado por todos esos “recovecos”. Conoce las ocho entradas de las colectivas, todos sus pasillos y ha recorrido cada uno de sus 384 departamentos. Lo aprendió por su trabajo. “Nadie se me escapaba, iba de puerta en puerta. Yo era recaudador del Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social, el propietario de las casas”.

Por los años 60, recuerda, unos pagaban 2 sucres. Otros, 3, cada mes, todo dependía del espacio del departamento. Los más grandes tenían una habitación, baño, cocina y comedor. Otros un cuarto, una cocinita, una sala y los más chicos solo un dormitorio, como de 12 metros cuadrados. “Todo era reluciente. Había conserjes que trapeaban los pisos y en los patios hasta se hacían matrimonios... ahora solo quedan recuerdos”.

En la casa, don Salvador trabajó, vivió, conoció a su esposa, crió a sus hijos... y también fue testigo de su envejecimiento. La imagen de las casas colectivas de 1950, cuando fueron inauguradas, se oculta tras las arrugas de la humedad y las telarañas negruzcas del tiempo. “Aquí hubo, y hay, doctores, arquitectos, abogados, ladrones, marihuaneros, pillos... es como todo barrio”.

El hombre de guayabera y maletín ya no golpea las puertas para cobrar, solo para saludar. Desde hace cuatro años nadie paga alquiler, tampoco agua, luz o teléfono. “Dicen que las van a demoler, que van a hacer un hospital o un mall, pero nada está confirmado”.

Ahora, Salvador solo visita a su suegra en una pieza frente a la avenida Del Ejército. La ruta para llegar está clara en su mente. Atraviesa un patio, toma un corredor, sale por un portal, llega al callejón central, entra por otro portal; se detiene, porque un fuerte olor lo distrae. “Recién estuvieron fumando, se siente clarito”. Después de tres segundos reacciona y continúa su camino.

Un collar de zapatos viejos adorna el callejón central. Una mezcla de cerveza, cigarro, humedad y sudor envuelve al departamento de Germán Gómez. Ahí huele a dolor.

A través de la reja, bañada por las colillas, mira el revoloteo de las palomas. Desde hace un año la casa lo consuela. “Mi mujer me dejó después de 30 años juntos... A veces, la soledad me hace pensar en venganza, en matarme, pero después razono y me detengo”.

Ya son las 17:00 y las puertas del caserón se estremecen al sentir pasos y miradas extrañas. Todas se cierran, menos la 0004, que es la de Luis Palau. “Dicen que esto es zona roja, pero no es cierto. La gente de aquí es buena, los malos vienen de afuera”.

El entablado de su pieza rechina con cada paso. Ahí todo permanece igual desde hace 20 años. En la puerta resalta un rótulo antiguo: ‘Dr. Miguel Colón, ginecólogo’. Adentro reposan tres viejos sillones de cuero, un escritorio de roble y detrás de una cortina se dibuja la silueta de una camilla. “Mi cuñado era un buen médico de señoras. Esto se llenaba; ahora todo se está viniendo abajo”.

Yolanda Sotomayor rememora los tiempos mozos de las colectivas. Recuerda el consultorio, también la bulla y hasta la ocasión en que un joven se lanzó del tercer piso en su bloque. La casa la acogió en un cuarto junto a la calle Maldonado.

El sonido de su escoba rozando el pavimento atraviesa el portal y se funde con una discusión de pareja. “Me voy a ir”, dice un hombre. “Lárgate, qué esperas, mantenido”, responde una mujer. “Eso es todos los días”, se consuela Yolanda.

La noche ingresa como una inquilina más de la casa. Es bulliciosa y casi siempre llega con música y risas. Los vecinos la reciben encendiendo pequeños focos en sus portales.

A esa hora, los balcones se llenan de susurros y las conversaciones se cuelan en los cuartitos. El corazón de la casa comienza a latir rápidamente y sus paredes transpiran sentimientos. Cada rincón tiene su propio aroma a enojo, a pasión, a alegría...

Los ventanales no pestañean ni por un momento, develando el interior de los departamentos. Muestran escenas de mujeres cosiendo, familias cenando, muchachas mirándose en el espejo, jóvenes alistándose para el partido.

Y en la cancha, un montón de sombras deambulan tras un balón de fútbol. Corren hasta el arco, patean y un grito se amalgama con los pitos de la 77, la 34 y la 117, los buses que pasan por el lugar. “¡Gol, gol, gol!”.

Adentro, los cordeles de acero que se tejen entre balcón y balcón se llenan con ropa recién lavada. En el bloque 2, el agua chorrea desde el segundo piso y cae sobre el patio.

Ahí, venas rojas, azules o verdes se entrelazan en el piso. Suben por las paredes, se escurren por los callejones, se adhieren a las ventanas. Otras más pequeñas se pegan sobre las puertas. Son amarillas, plomas... son las mangueras de agua y los cables de luz que marcan el pulso de las colectivas, una casa noctámbula que concilia el sueño recién cuando el reloj marca las 02:00.

El amanecer enmudece el lugar. A ratos, la casa abre sus ojos, pero los vuelve a cerrar dejando caer sobre ellos coloridas cortinas, que protegen la intimidad.

Son las 06:00 y en el bloque de Gómez Rendón y Lizardo García apenas se oye el viejo radio de Gladis Palma. Mientras prepara unas tortillas de verde para el desayuno, la mujer escucha atentamente una emisora evangélica.

“Según la Biblia hay dos tipos de hombres, los hijos de Dios y los hijos del diablo. En Mateo 7, del 15 al 20, dice ‘por sus frutos los conoceréis”, relata el locutor con un tono sutil, que se funde con el chillido del aceite hirviente de la sartén.

En el patio contiguo, tres gatos negros se pasean. Son las mascotas de Jorge Retto. Él no es supersticioso, pero de todos los bloques de las colectivas el suyo es conocido como el lado oscuro. “Lo llaman el bloque demonio, el más pepa. Para mí son solo rumores”.

Las historias de secuestros, bandas de delincuentes y tiroteos permanecen encarceladas en la conciencia de la casa. Son fantasías encerradas en celdas de ladrillo que hace años no se abren, en cuartos que fueron sellados y que nadie se atreve ni siquiera a mirar.

Durante siete años, Retto ha vivido en una habitación de cuatro metros por tres. Desde ahí ha sido espectador de ese paso entre el bien y el mal de las colectivas. “Como no soy ni sapo, ni culebra, ni sufridor vivo bien. La maldad no está en las colectivas, está por todo lado. Ojalá venga otro diluvio como en el tiempo de Noé para que acabe con todo”.

 

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