14 de March de 2010 00:00

Es hora de definir el límite entre la prevención y la psicosis

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Diego Montenegro A.

Si usted es de las personas que no puede conciliar el sueño por pensar qué pasará en su casa en caso de un sismo, la recomendación es que empiece a hacer de la prevención una inevitable forma de vida.

Hay una realidad que por ahora no se la puede cambiar: en el país hay 120 fallas activas, que lo vuelven vulnerable.

Entonces, una forma de aplacar el temor y esa especie de psicosis colectiva, que se acentuó luego de ver las aterradoras imágenes de destrucción que dejaron los terremotos en Haití y en Chile, es promover la cultura de la prevención.

Hay que empezar por el hogar. En estos días, los expertos han difundido ‘tips’ básicos para estar preparados frente a un desastre natural.

Lo primero, contrate a un especialista en construcciones para que inspeccione el lugar donde vive. Él le explicará los sitios que son más seguros e inseguros. Sobre la base de esa información, podrá definir el lugar dónde reunirse con su familia mientras dura el sismo.

Un protocolo básico le ayudará a usted, a sus hijos, a su esposa y a quienes viven en su casa a saber qué hacer durante y después de la emergencia.

Lo importante es asignar responsabilidades y que todos los involucrados estén al tanto de eso. Por ejemplo, quién debe coger el botiquín, quién debe abrir las puertas para que el traslado al sitio seguro sea más rápido, quién será el encargado de auxiliar a los bebés, etc.

Tener un plan no es sinónimo de vivir sugestionado a que, en cualquier momento, un movimiento telúrico o un tsunami van a poner fin a la vida de uno de sus seres queridos o le va a dejar en la calle. Es estar listo a actuar en un momento de conmoción, cuando la gente tiende a confundirse.

Solo piense en que el sismo puede ocurrir mientras usted y su esposa están en sus respectivos sitios de trabajo. Lo mínimo que debe estar definido entre los dos es quién va a retirar a los niños de la escuela, teniendo en cuenta la distancia, la capacidad de movilización y acceso, y las condiciones de trabajo.

Si el desastre ocurre sin que usted tenga definido este plan, lo más seguro es que ambos traten de llegar de manera desesperada al establecimiento educativo. Si allí estudian 500 niños, y suponemos que padre y madre van tras de ellos, 1 000 carros congestionarán las vías para llegar al lugar.

El resultado: la falta de planificación generó un caos en la ciudad, que se agravó por la histeria colectiva, producto de la desesperación.

Hay buenos ejemplos que en la práctica han demostrado que un plan de prevención, a parte de salvar vidas, otorga tranquilidad a la población.

En Baños (Tungurahua), los vecinos están conscientes de los peligros que podría desatar una erupción del volcán, pero saben qué hacer, cómo llegar en el menor tiempo posible a las zonas seguras, dónde quedarse hasta que pase el peligro, entre otras cosas.

Esa capacidad de reacción, con el paso del tiempo, hasta redujo el temor. La expulsión de ceniza ya no les atemoriza y aprendieron a convivir con los bramidos del volcán.

Los medios de comunicación han cumplido un papel fundamental para sensibilizar a la población y para articular de manera adecuada la información.

La necesidad de fomentar una cultura de la prevención no es de ahora. El país ha sufrido inundaciones, sismos y deslizamientos, pero aún se levantan casas junto a las playas, en laderas y sobre rellenos.

Una ley para reducir el riesgo todavía está en proceso y en muchas casas, los padres ni si quiera se han sentado a hablar con sus hijos sobre la amenaza.

Es quizá esa la razón para no poder dormir durante las noches o para intranquilizarse con solo pensar en ¿qué pasaría si en este momento hay un sismo? La naturaleza es impredecible, pero prepárese.

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