30 de May de 2010 00:00

La autocensura, ¿un voto a favor de los intereses propios?

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Rubén Darío Buitrón

Editor de Información

A muchos sorprendió que la empresa de medios más importante de América Latina haya tomado una de las decisiones más polémicas de su historia: autocensurarse para no difundir noticias sobre un tema que mantiene en vilo a los mexicanos.

El público se enteró de la resolución en el programa noticioso de mayor popularidad en ese país, conducido por Joaquín López Doriga.

López fue quien lo anunció. Televisa, “por respeto a la familia de la víctima”, resolvió interrumpir la cobertura y seguimiento de las informaciones en torno a la desaparición del “Jefe Diego”, el político Diego Fernández de Cevallos, muy amigo de los dueños del canal y ex candidato presidencial.

Televisa arguyó que la decisión de no cubrir más el caso se debía a la necesidad de respetar la vida de Cevallos y aseguró que el silencio durará hasta el fin del caso.

Lo paradójico es que la empresa del poderoso magnate Emilio Azcárraga, que se ha caracterizado por vetar y censurar a quien no comparta sus puntos de vista o manera de entender las cosas, ha aplicado esa técnica en uno de los casos de mayor delicadeza y sensibilidad de la política mexicana.

Los críticos más severos han dicho que la decisión de Televisa no tiene ética ni transparencia.

Según ellos, a Televisa nunca le tembló el corazón cuando en busca de ‘rating’ en múltiples ocasiones ha escandalizado y conmocionado a México sin respetar a las víctimas de los escándalos.

Un articulista del diario El Universal afirma que “nada parece casual en el concierto del silencio. Y cuando muchos callan, el sentido común señala que el escándalo es grande”.

La decisión de Televisa es, en México, el primer acto de autocensura públicamente asumido en relación con un suceso que, hasta ahora, no ha sido definido por las autoridades como desaparición, secuestro o muerte.

Otros columnistas, más suspicaces, advierten que detrás del autosilenciamiento de Televisa está la disputa por el control del mercado de las telecomunicaciones en México.

El analista Jenaro Villamil asegura que en medio del anuncio de la autocensura subyace un claro favoritismo gubernamental hacia la empresa de Emilio Azcárraga Jean y sus compañías telefónicas filiales, Bestel y Nextel.

El plan -según Villamil- es concretar un gigantesco consorcio formado por Televisa, Telefónica y Megacable, con un ambicioso objetivo: obtener la licitación de fibra óptica y competir directamente contra Telcel y Telmex, los estandartes del multimillonario Carlos Slim.

Villamil lo dice en pocas palabras: Televisa hace negocio con el silencio.

El tema no es nuevo en el Ecuador. La censura y la autocensura han sido herramientas claves para sostener poderosos intereses económicos, políticos, comerciales y bancarios: basta recordar la manera en que los hermanos Roberto y William Isaías manejaban el arsenal de medios que tenían bajo su control.

Canales de televisión (en especial TC y Gamavisión), revistas, periódicos y radios se usaron en los últimos 20 años como arma para dar amplios espacios a quienes hacían de representantes, directos o indirectos, de los intereses de los hermanos Isaías.

Desde esa misma orilla se manejaron los espacios para atacar, denigrar, silenciar y estigmatizar a todas las voces críticas y cuestionadoras.

Diario El Telégrafo, el periódico más antiguo del Ecuador, también ha sido, trágicamente, una herramienta para silenciar o gritar los hechos y las opiniones según lo que, en su momento, favorecería o perjudicaba a los dueños del medio.

El ex banquero Fernando Aspiazu, que terminó en la cárcel luego de la quiebra del Banco del Progreso fue director y propietario del tradicional diario guayaquileño.

Y lo fue justamente cuando era el centro del reconocimiento social y de la admiración de muchos sectores ciudadanos por su generosidad y apoyo a la cultura, al deporte y al voluntariado.

La gente de Aspiazu manejó el periódico con ejes editoriales e intenciones muy parecidas a los del grupo Isaías.

En sus páginas informativas y de opinión concedían o negaban espacios según los intereses de los negocios del ex banquero.

Con el advenimiento del Gobierno de Rafael Correa todos esos medios (tanto de los Isaías como los de Aspiazu) pasaron a manos del Régimen.

Y como si fuera un sino trágico (aunque, en realidad, lo que se defiende es otro tipo de intereses), aquellos medios de comunicación que sirvieron a fines no santos ahora hacen lo mismo, pero al revés: silencian, se autocensuran o gritan los hechos y las opiniones según los objetivos oficiales.

¿Por qué la censura y la autocensura? El escritor y premio Nobel sudafricano J. M. Coetzee lo dice de manera contundente:

“El gesto punitivo de censurar o de autocensurar tiene su origen en la reacción de ofenderse. La fortaleza de ofenderse radica en no dudar de sí mismo. Su debilidad radica en no poder permitirse dudar de sí mismo”.

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