10 de julio de 2016 00:00

Las mujeres alquilan sus vientres por no menos de USD 10 000 en Ecuador

Hugo Capelo, ginecólogo y fundador de la Clínica Infes, realiza un proceso de aspiración de óvulos, para una posterior fertilización in vitro. Foto: Patricio Terán/ EL COMERCIO

Hugo Capelo, ginecólogo y fundador de la Clínica Infes, realiza un proceso de aspiración de óvulos, para una posterior fertilización in vitro. Foto: Patricio Terán/ EL COMERCIO

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Mariela Rosero
Coordinadora Sociedad

En un mes y una semana, el hijo de Belén, de 34 años, vendrá al mundo. Y a ella, la ilusión por la llegada del bebé se le nota en la sonrisa. Al verla nadie advertiría que está en la dulce espera. La guapa mujer, de ojos verdes, se mantiene delgada. Su vientre no ha crecido, pues nació sin útero debido al síndrome de Rokitansky.
La única forma de tener un hijo biológico con su esposo era acudir a una portadora gestacional, madre sustituta, por encargo o vientre de alquiler.

Con esa frase y la palabra Ecuador, en Internet hay anuncios en donde mujeres se describen, incluso físicamente. Una extranjera de 19 años, dice ser “sana, sin vicios, con un hijo de parto natural”. “Estoy interesada en alquilar mi vientre por motivos de dinero y para ayudar a una familia...”.

Al telefonearle, un hombre dice que es el encargado de una agencia de subrogación. Pide contactarlo al Whatsapp y al insistir indica que cobran USD 12 000, por prestar el vientre, y 16 000, si se incluyeran óvulos. “Si quiere, la muchacha se va a vivir a su casa”. La mayoría de anuncios piden de USD 10 000 a 15 000. Ofertas así ha oído Belén.

A la ingeniera industrial, casada desde hace seis años, le parece increíble estar en este proceso que incluye fertilización in vitro con un embrión, formado en el laboratorio de la unión de su óvulo y el espermatozoide de su marido. Solo lo había visto en películas; vivirlo en Quito, sin la angustia de salir del país, le maravilla.

Ricky Martin o el fallecido Michael Jackson acudieron a la maternidad subrogada para ser padres. Esto ocurre desde los noventa en Ecuador, anota Hugo Capelo, ginecólogo y especialista en reproducción asistida, de la Clínica Infes, en la Isla San Cristóbal. Integró el equipo de Iván A. Valencia, quien trajo al mundo al primer bebé probeta en el país, en 1992. Dos años después nació un niño con subrogación.

En el Centro Ecuatoriano de Reproducción Humana, en la Shyris y Eloy Alfaro, atienden siete casos de este tipo al año y 600 de fertilizaciones in vitro; cada una por USD 6 000.

Su principal, Pablo Valencia, apunta que la frecuencia de infertilidad es del 12%. De esa cifra, 5% se debe a factores uterinos y, de ese monto, menos del 1% requeriría subrogación. Acuden mujeres sin útero o con extirpación por cáncer o miomas, enfermedades crónicas o auto inmunes asociadas a pérdidas en los embarazos.

Pese a que el proceso no es novedad en el país, en las clínicas de fertilidad, el tema se maneja con reserva, ya que no hay legislación al respecto. Varias ayudan a conseguir y a evaluar perfiles de mujeres.

Capelo anota que para evitar contratiempos por las implicaciones de ubicar a una mujer que preste su útero, se aconseja buscar en la familia o a personas altruistas. Él ha tratado a parejas ayudadas por la hermana, la madre o la empleada. En Quito en unas cuatro clínicas hacen el proceso, precisó.

En ambos centros, las parejas que buscan ser padres y la portadora gestante firman ‘consentimientos informados’, con los compromisos y los riesgos. La colaboradora acepta que tras el parto entregará el bebé a su madre genética.

La pareja se compromete a pagar el tratamiento y a encargarse de su hijo, sea cual fuere su estado de salud. El modelo es de la Red Latinoamericana de Reproducción Asistida.

En Ecuador, la mujer que da a luz es la madre. No hay una ley que aborde la reproducción asistida. Así que en casos de subrogación el documento ayuda, ya que es notarizado. En Infes, lo maneja un asesor legal; el proceso médico de subrogación cuesta USD
8 500. El acuerdo de pago con la portadora gestante es aparte. También el costo de la cesárea.

“Es psicológico, no estoy pegada al bebé, tengo claro que debo entregarlo”, responde Marcia, extranjera con seis años en el país. Tiene dos hijos de 13 y 10. Desde una ciudad del norte se comunica a través de un grupo de Whatsapp con Belén y su marido. Tras la cesárea le darán la última de cuatro cuotas de USD
3 000, para sumar los 12 000.

Ella recalca: “Créame, una no lo hace por plata; imagínese, eso se gasta y las secuelas quedan”. Antes fue donante de óvulos de un centro. Belén habla bien de ella, les tiene al tanto de que el bebé se mueve...

Alejandra Vicuña, legisladora de A. País, impulsa la inclusión de un capítulo sobre reproducción humana en el Código Orgánico de Salud, aún sin informe para primer debate. Afirma que estas técnicas se desarrollan en el país desde hace más de dos décadas, “sin que haya regulación (incluye la subrogación). Tampoco control en esos centros”.

Pide debatir sobre el reconocimiento de la voluntad procreacional de quienes usan técnicas de reproducción asistida. Y si la subrogación debe dar lugar o no a un pago.

Hace siete años, con 50 años de edad, Carmen, prestó su vientre. Es una auxiliar de enfermería, entonces sus hijos tenían 17 y 14. Su esposo no trabajaba. No olvida la experiencia, el niño en septiembre cumplirá 6 años, no tiene contacto con él. La madre usó unas prótesis para simular el crecimiento del vientre. Así que tras la cesárea, Carmen regresó a su casa y la señora se quedó en la habitación, para recibir visitas. Le pagaron USD 10 000.

La psicóloga Ana María Viteri trabaja con estas parejas y las portadoras gestantes. Ella analiza el perfil de estas últimas antes de aprobar el proceso. Le pregunta a la pareja, qué pasaría si el bebé naciera con Down. A las gestantes les pide hablarle al bebé sobre sus padres, hacer que escuche sus voces grabadas o al teléfono. Y a ellos contarle la alegría con la que lo esperan.

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