6 de marzo de 2016 00:00

Montañita atrapa a los turistas extranjeros por su tranquilidad

El jueves en la noche una banda de músicos argentinos tocaba en Montañita. Foto: Mario Faustos / EL COMERCIO

El jueves en la noche una banda de músicos argentinos tocaba en Montañita. Foto: Mario Faustos / EL COMERCIO

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Elena Paucar

La ‘Rústica Alegría’ vaga por Sudamérica llevando jazz, reggae y cumbia villera. El jueves, la minivan -que también da nombre a una banda de cinco músicos cordobeses- paró en Montañita, luego de pasar por Bolivia y Perú.

Ignacio, el de la guitarra acústica, anima al público junto al bar Montezuma, donde improvisaron su escenario en la calle. “Acá la gente es relinda -cuenta-. No sabemos cuánto estaremos, porque vamos generando y seguimos… Y vivimos en la minivan”.

Esa noche había más argentinos en esta comuna de Santa Elena, ubicada a 170 kilómetros de Guayaquil. Acababan de ver el partido Boca-Racing y por eso los aplausos, y las propinas, fueron mejores.

Estos chicos son turistas aventureros, una de las tantas razas de viajeros que visitan este punto de la costa ecuatoriana, un poblado de 14 000 hectáreas y 5 000 habitantes, que se ha convertido en la parada segura de jóvenes mochileros, que viven bajo el lema ‘lo que pasó en Montañita se queda en Montañita’.

“Yo vengo de mochilero”, dice Fabricio Santone, un argentino, de 23 años, que viaja por Ecuador con los USD 10 o 15 que recoge al día tocando su guitarra. El viernes madrugó para ensayar al pie del mar, descalzo, sentado en el extremo del malecón, donde unas 50 rocas están pintadas con banderas del mundo y el rostro de Bob Marley.

Muchos bohemios, de rastas alborotadas y ligero equipaje, se instalan en El Tigrillo, el barrio más económico de Montañita. Queda pasando el puente sobre el estero, un charco de agua verdosa que no le roba el romanticismo a las parejas que se estacionan para intercambiar besos y abrazos.

En El Tigrillo, por USD 3, pueden conseguir un sitio para dormir bajo una cabaña o en la zona de camping, cubierta por lodo en estos días lluviosos. Hay cocinas comunitarias y gran parte de los que llegan vive de la música, la venta de artesanías o los malabares.

Una carpa, ollas, un mechero, comida, tres prendas de ropa y recuerdos son lo único que lleva sobre su espalda el chileno Miguel Ángel López, un maestro de matemáticas que salió de su natal Santiago el 13 de febrero.

Cada año recoge dinero y por unos meses recorre el continente. “Ya estuve en Venezuela y Colombia. Tengo USD 100 para gastar en cada país. Y Montañita no podía faltar en mi ruta por Ecuador”.

En la playa, las olas revientan con furia. El mar de esta comuna define a otro tipo de visitante: los surfistas. El boom del surf nació en los 70’s gracias a la Punta de Montañita, que forma unas olas prolongadas, de hasta tres metros de altura.

Esa cualidad ha convertido a Montañita en la capital del surf de Ecuador, un sobrenombre que tomó fuerza desde 1988, cuando se realizó el primer campeonato internacional de este deporte acuático.

Por eso, desde que llegó, Inca Huayra está en su hábitat. El nombre de este argentino, nacido en Mar del Plata, viene del quechua y significa rey del viento. “Es un buen lugar: hay surfing, diversión en la noche, trabajo…”.

Por las mañanas, Inca es mesero del bar Tiki Limbo; por las tardes, disfruta del oleaje del Pacífico. “En Montañita se puede encontrar el camino que cada uno está buscando para su vida”.
José González lo sabe porque nació aquí. Sus abuelos vivían de la agricultura hasta que llegó la sequía. Después se dedicaron a recoger larvas de camarón, hasta que llegó el turismo.

Cuando tenía 14 años, un venezolano le enseñó a surfear. Ahora tiene una escuela en la playa a la que acuden holandeses, alemanes, suizos -que, particularmente, piensan que surfear es casi igual a esquiar sobre nieve-. “La gente viene porque aquí no hay clases sociales. Puede venir el rey de España y pasar desapercibido”.

Ancestralmente, la cultura Valdivia se asentó en este territorio de la Península de Santa Elena. Y eso cautiva a otros viajeros, los que llegan por un intercambio cultural y que están dispuestos a pagar entre USD 10 y más de USD 70 en hospedaje por día.

Maya es de Dinamarca y se inscribió en Montañita Spanish School. Palabras, verbos y frases cortas son parte de las clases que reciben los alumnos, en especial europeos. Hasta 40 estudiantes -de 19 hasta pasados los 70 años- llegan cada semana.

Sus aulas tienen una vista privilegiada del océano. Y su plan de estudios no es como el de cualquier academia. Algunos reciben clases por una semana; otros hasta por dos meses. Aprenden con dinámicas y juegos, con recorridos por el pueblo y en labores de voluntariado en las comunas aledañas de Santa Elena.

“Muchos ven a Montañita como la puerta de entrada a Sudamérica y Centroamérica. Por eso aprenden español para luego aprender cada cultura”, dice la maestra Liliana Triviño, quien recuerda que por aquí han pasado desde creadores de documentales para Hollywood hasta trabajadores del gobierno de Canadá.

Zdenêk Paston tiene su propia empresa en República Checa y decidió tomar nueve meses para recorrer América en su moto BMW. Antes de ir a Manta se detuvo en Montañita.

Como él, muchos estuvieron de paso por aquí. Volvieron una vez, otra vez, se enamoraron del paisaje y se quedaron, pese a la precariedad de los servicios básicos, el escaso control policial y los viajes continuos a La Libertad -a más de una hora-, en busca de ciertos productos.

Arni Husid escuchó de este poblado cuando vivía en Tel Aviv, Israel. “Era 2009 y aquí la tierra empezó a crecer”, recuerda en medio de los percheros de la tienda de ropa que abrió en la calle de los cocteles.

Arni creó la marca I love Montañita, que estampilla en cada etiqueta que vende. “Este es mi sueño: playa, sol, aislado de toda la vida urbana… Aquí nacieron dos de mis tres hijos”.

Los extranjeros que se quedaron son el motor de la economía. En las 14 cuadras de esta aldea hay al menos 130 locales comerciales, entre hoteles, hostales, restaurantes, bares, discotecas...

Ali Temucin es el dueño del hotel y restaurante Kapadokya -como la región de rocas cónicas en su natal Turquía-. Se quedó porque le recuerda a Izmir, su tierra, popular por el windsurfing. Y para tenerla más cerca plasmó esos rasgos de la arquitectura turca en su local, cubierto de piedras blancas. “Todo mundo aquí en Montañita, mucha energía”, dice en una mezcla de español, inglés y turco.

Cada fin de semana, estos calurosos callejones adoquinados parecen estallar con más de 10 000 visitantes.

“Parece Nueva York”, dice la colombiana Andrea Saldarreaga, esposa de Ali. Ellos se conocieron aquí, donde los ocasos también enamoran. “Es increíble; cada tarde todos van al malecón a ver el atardecer como en un gran televisor”.

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