25 de mayo de 2016 16:31

El proyecto Mi Calle aún no se asienta en La Floresta

Así luce la esquina de las calles Vizcaya y Valladolid luego de entregada la reforma vial al sector. Hay jardineras con diseños multicolores y plantas ornamentales. Foto: Eduardo Terán / EL COMERCIO

Así luce la esquina de las calles Vizcaya y Valladolid luego de entregada la reforma vial al sector. Hay jardineras con diseños multicolores y plantas ornamentales. Foto: Eduardo Terán / EL COMERCIO

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Érika Guarachi

Son apenas cuatro calles de La Floresta, uno de los sectores más culturales y artísticos de Quito, pero la idea era convertirlas en un ejemplo de que es posible que los peatones y los ciclistas puedan contar con un lugar seguro, un punto de encuentro en que el auto no sea el todopoderoso artefacto que impone sus reglas.

Esa es la idea de Mi Calle, un proyecto que el Municipio aplicó en las calles Guipúzcoa, Lugo, Vizcaya y Valladolid, mediante una intervención en el espacio público, aunque los moradores y propietarios de locales aledaños tienen opiniones diversas sobre estas implementaciones, las cuales fueron entregadas en su totalidad hace una semana.

Entre las obras se incluyeron: construcción de 38 rampas en las esquinas de las aceras (accesos para personas en sillas de ruedas o coches de bebés), extensión de las veredas con la técnica conocida como ‘orejas de elefantes’, colocación de bolardos plásticos con cintas reflectivas, implementación de bordillos montables y colocación de 111 macetas con plantas.

También se adaptaron 18 espacios de estacionamientos para bicicletas.

En este proyecto trabajó en conjunto la Empresa de Movilidad y Obras Públicas y los moradores del barrio. De acuerdo con la información que recoge el portal del Cabildo,
se incorporó la visión de 200 vecinos que aportaron en el diseño y en la conceptualización de esta iniciativa urbanística.

Lucía Pinto, moradora de La Floresta desde hace 22 años, tiene una cafetería en el sector y para ella las reformas redujeron los sitios para estacionar los vehículos. “El barrio está lleno de empresas y empleados y a los únicos espacios para estacionar ahora les han puesto unas macetas”, señaló.

Para ella, la colocación de jardineras debió ser consultada a los moradores, ya que comentó que están convirtiéndolas en basureros. Conoció que se dieron reuniones y supo de un colectivo que estaba apoyando esta iniciativa; sin embargo, considera que no representan a todos los moradores.

Valeria Lemos trabaja en una empresa ubicada en la calle Valladolid, hace 10 años. Para ella las macetas redujeron el espacio de la calzada y, a su vez, disminuyeron los sitios para estacionar. Considera que esto le afecta, porque los clientes deben dejar sus autos a varias cuadras de distancia y no siempre es seguro.

Lemos considera que las macetas lucen “demasiado decoradas” y que no han sido colocadas adecuadamente; por ejemplo, en la calle Vizcaya hay siete jardineras seguidas en una misma esquina.

Tomás Astudillo
transita a diario por estas calles de La Floresta, lo hace a pie, en bicicleta o en automóvil. Para Astudillo, los bloques de cemento son un desacierto a nivel estético y práctico en cuanto a movilidad se refiere.

Adrián Balseca, quien trabajó en este sector en un proyecto de documentación, considera que estas implementaciones no ofrecen una solución al parqueo de vehículos. Además, cree que la velocidad a la que circulan los automóviles no se redujo a 30 kiló­metros por hora porque la reforma solo se aplicó a un tramo de la Valladolid.

Lorena Betancourt, quien lleva viviendo en el sector 15 años, tiene un negocio en las calles intervenidas. Para ella se debió pensar que La Floresta no es un barrio como La Foch o como La Ronda, más turísticos, sino que también tiene un fuerte componente comercial que exige parqueaderos.

Al igual que otros comerciantes, considera que las macetas han reducido los espacios para estacionar. Aunque supo de la socialización del proyecto, no pudo participar por un motivo personal.

Mariana Andrade, directora de Ochoymedio y participante de Mi Calle, explicó que todo proyecto nuevo necesita de un tiempo de apropiación de sus moradores para ser asimilado. “No es fácil porque se está cambiando un hábito”.

En cuanto a los estacionamientos, Andrade dijo que antes el barrio vivía asediado por una empresa de carros blindados, que veían a las calles como garajes privados. “Hay que diferenciar la movilidad con el tráfico; no se van a solucionar los problemas de movilidad construyendo más parqueaderos”.

En contexto

El proyecto Mi Calle fue ejecutado por la Empresa de Movilidad y Obras Públicas, con la participación de los moradores. Se realizaron talleres de socialización de esta iniciativa, en la que se promueve la ­creación de espacios públicos inclusivos para el peatón y para los ciclistas.

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