18 de agosto de 2015 00:00

Matrimonios felices, pese a prohibición ancestral

Luz María Calazacón y Nicolás Añapa se unieron hace 25 años. Foto: Juan Carlos Pérez / EL COMERCIO

Luz María Calazacón y Nicolás Añapa se unieron hace 25 años. Foto: Juan Carlos Pérez / EL COMERCIO

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Bolívar Velasco

Luz María Calazacón y Nicolás Añapa formaron su hogar sin que sus familias conocieran detalles del resultado de años de un noviazgo.

Para no levantar sospechas de esta unión prohibida, Añapa hizo maletas y se llevó a su natal Borbón, en el norte de Esmeraldas, a quien hoy es la madre de sus ocho hijos.

Allá vivieron tres años, en que la pareja tuvo su primera hija y un motivo más para el inicio de un matrimonio que lleva 25 años.
¿Qué hace diferente a este enlace?

Calazacón es tsáchila y Añapa es chachi y en estas dos etnias indígenas de la Costa son prohibidas las uniones entre personas que no sean de su misma nacionalidad.

En los principios ancestrales de esos pueblos, es un mandato irrestricto conservar la pureza de sus integrantes a través de los casamientos entre parejas del mismo grupo étnico.

Es por eso que durante años los únicos apellidos tsáchilas que se conservaron fueron Calazacón, Aguavil, Oranzona, Gende, Zaracay, Loche, Alopí, Sauco, Calástico y Machín. Mientras que en los chachis dominaron los Añapa, Pianchiche, Pichota.

En estas dos etnias no hay datos sobre las uniones conyugales fuera de sus grupos.

No obstante, en los aborígenes de Santo Domingo conocen sobre los matrimonios entre tsáchilas con chachis, manabas, lojanos y cuencanos.

En este último grupo está el de Andrea Calazacón con Franklin Matute.

Él es oriundo de Cuenca y hace ocho años conoció a Andrea en medio de la rutina de sus empleos.

Ella trabajaba en un hotel de Santo Domingo y Matute en una hostería del cantón Puerto Quito. El intercambio de contacto entre ambos alojamientos logró afianzar una relación de amistad que al poco tiempo se convirtió en un noviazgo.

Calazacón señala que lo fundamental fue la comprensión de dos costumbres distintas.

Por ejemplo, Matute aprendió a comer el pescado asado que los tsáchilas preparan en hojas de plátano.

También el mayón, un gusano de la palma africana que los nativos los preparan a la brasa y lo degustan como pinchos o en refritos con su propio aceite.

Para este cuencano fue difícil relacionarse con esas costumbres gastronómicas, pues lo único afrodisíaco que había saboreado era un camarón a la plancha, dice.

En las familias Calazacón - Matute y Añapa - Calazacón no solo hay coincidencias de vecindad dentro de la comuna tsáchila Chigüilpe.

Las dificultades que tuvieron sus matrimonios para consolidarse fueron similares.

En los dos casos, no escaparon a las críticas de sus familias, sobre todo en las tsáchilas.

Luz María Calazacón recuerda que su padre le advirtió con no heredarle tierras.

Pero este episodio quedó superado cuando Nicolás Añapa se revistió de valentía y decidió hablar con el progenitor de su esposa. Incluso, cuando nació la primera hija de este matrimonio se alcanzó la “paz definitiva”, asegura Añapa.

Para estas familias el idioma no ha sido una barrera.
Tanto es así que Luz María Calazacón dice que sus hijos son especiales porque hablan tres lenguas: el chapalá, tsa’fiki y español.

Ella también aprendió el chapalá de su esposo y este el tsa’fiki. Es por eso que cuando dentro del hogar se emplea cualquiera de los tres idiomas no existe inconveniente.

Ángel Gende quien está casado con la lojana Pilar Córdova asegura que al final de cuentas lo que prima es el amor.
“El resto viene por añadidura”, comenta.

En contexto

En los mandatos de la nacionalidad tsáchila se establece una sanción simbólica a quien se casen con alguien fuera de su etnia. En lo principal, pierde voz y voto en las decisiones de las comunas. Esto lo decide el gobierno comunal.

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