8 de January de 2010 00:00

El luto une a la gente de Río Bravo

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Redacción Manta
ecuador@elcomercio.com

Una leve garúa mojó las áridas tierras y asentó el polvo de las estrechas calles de Río Bravo. La lluvia cayó después de nueve meses.

Ayer, en el poblado ubicado a espaldas del cerro de Montecristi,  sus 400 habitantes esperaban el  arribo de los cuerpos  de Marcelino Mantuano (22 años), de   su esposa Ramona López (21), de su  hijo  Jefferson (6), de   Marisela Mantuano (19) y de  Leonor Espinales (17). Las  últimas hermana y sobrina de Marcelino.
 


 El desplazamiento
De los 400 habitantes de  Río Bravo, más de la mitad son niños y adultos mayores. La mayoría  emigró  a Manta, Guayaquil y  Quito, principalmente. 
Desde hace 15 años,    Venezuela es un destino por el cual han optado los moradores de
esta zona. En Navidad y Año Nuevo algunos llegaron para celebrar con sus padres y abuelos.
Mientras, quienes   trabajan en Manta y Montecristi salen a las 06:00 y regresan a las 18:00, esa es una ventaja para mantener unidas a las pocas familias de estos apartados lugares, comenta Manuel Pérez, conductor.

Los  cinco nativos de Río Bravo murieron el 1 de enero, en un incendio que se registró en la  casa que cuidaban. El inmueble estaba ubicado  en un barrio de clase alta, en la urbanización El Marqués,  en la ciudad de  Caracas.

La madre y el padre de Marcelino Mantuano, Cecilia Flores López y Félix Mantuano, quienes llegaron desde Venezuela el miércoles por la tarde, recibían ayer por la mañana en su casa la visita de   familiares y amigos. Todos  les extendían sus condolencias con abrazos y frases de respaldo.
 
A la par,    Cecilia trabajaba en los preparativos para la ceremonia del velatorio y lo que será el  entierro de los cadáveres, que  podría ser hoy  por la tarde.
Don Mantuano, junto con Ramón López Piloso, padres de la pareja que pereció en el incendio,  construía las bóvedas. Estarán ubicadas a un costado del cementerio. Allí se enterrarán los cuerpos que llegarán de Caracas.

“Qué  vamos a hacer, la vida es así, se nos fueron”, dice con lágrimas en los ojos don Félix.

“Mi Marcelino tenía tantos planes para él y para su familia. Se fue hace tres años a Caracas, lo hizo con la ayuda de varios familiares, le iba muy bien”, narraba con la voz entrecortada.

Don Félix recuerda las últimas palabras que  le dijo su hijo  por teléfono, el  29 de diciembre.

“¿Qué vas a hacer papi  por Fin de Año? Anímate y ven con nosotros, los patrones están de viaje”, me dijo mi hijo.
 
Mientras enlucía la pared  interna de la bóveda, contaba   algunas  anécdotas.  La más latente cuando Marcelino se marchó del país. “Recogió  un poco de ropa que tenía en mi casa, en el barrio José  Rivas (Escalera 5), y se fue”.

Don Félix se calla y sus ojos se llenan de lágrimas. En las calles de Río Bravo no hay otra noticia que se comente. “Los finados eran buenas personas como todos en este pueblo. Viajar tan lejos para ir a morir en tierras extrañas”, dice  Ramón Espinel, intentando entender la desgracia  de sus vecinos.  

Río Bravo está de luto. El único ruido que rompe el silencio del lugar son los gritos y risas de los 80 niños que estudian en la Escuela Cinco de Junio.
Este ruido llega a las viviendas de construcción mixta, las cuales están  dispersas en el poblado. En una de ellas vive  José Espinel.  Su casa está a 100  metros de la iglesia del pueblo.
Este agricultor aún no puede creer que su mejor amigo, que se fue con ganas de conquistar Caracas, con la idea  ahorrar dinero y volver para  montar un plantel avícola, regresará  a Río Bravo, pero dentro de un féretro.
“Cuando se casó con Ramona López se lo veía contento. Él fue el primero en emigrar, después fue el turno para Ramona y sus dos primas”, recordaba.
 En Río Brava solo hay trabajo en los terrenos. Cuando llueve, los vecinos se dedican a elaborar ladrillos. Otros se van a Manta. Allí, los hombres se emplean en la construcción y las mujeres, en las labores domésticas.  
Espinel ayuda en la construcción de las bóvedas. Lleva agua desde su casa, moja ladrillos, hace mezcla de cemento y arena, trabaja en silencio como todos. “Es irónico, estoy haciendo la última casa para un buen amigo, él quería una vivienda de dos pisos”.
Cuando el reloj marcaba las 10:30, el conductor de  una camioneta se detiene. Desde la cabina pregunta con dirección al cementerio.  “¿Dónde es la casa de los Mantuano?”.
 En el balde de madera del automotor llevaba todos los implementos para improvisar una capilla ardiente. “Es para el velatorio de los finados que murieron en Caracas, nos manda el Alcalde de Montecristi”, explicaba.
Al mediodía, la campana de la Escuela Cinco de Junio suena. Terminó la jornada escolar, esa era  la señal  que esperaban Félix Mantuano y Roberto López para salir con destino hacia el aeropuerto de Guayaquil.
Allí  esperan  el arribo de los aviones que traerán a los restos de sus seres queridos.

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