12 de March de 2010 00:00

Luces y sombras

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Eduardo Pizarro L.*

¿Cómo sería hoy Colombia si las FARC y el ELN hubieran escuchado el clamor nacional de paz en 1990?

Hace 20 años se firmó el acuerdo de paz entre el M-19 y el gobierno de Virgilio Barco.  Un hecho histórico con muchos logros y enormes frustraciones.

Yo lo viví intensamente. A pesar de ser un crítico abierto de la lucha armada, el M-19 me invitó en varias ocasiones a discutir su proyecto de paz.

En medio de los intensos debates obtuve una satisfacción personal: una de mis tesis, la necesidad de alcanzar un “pacto político por la democracia”, fue acogida.

La decisión de firmar un acuerdo de paz no era fácil, pues en esos momentos todos los grupos guerrilleros se habían unificado en torno a la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar y una decisión unilateral podía ser percibida como  traición a la revolución. Por ello, Carlos, mi hermano (dirigente del M-19, asesinado más tarde), se dirigió al principal campamento de las FARC en elMeta y durante un largo mes trató de convencer a Jacobo Arenas y a ‘Manuel Marulanda’ de las bondades de un pacto de paz. No halló  receptividad.

¿Por qué, sin embargo, firmó el M-19 el acuerdo de paz? Si me atengo a mis largas conversaciones con Carlos, podría resumir cuatro  argumentos: en primer término, una clara conciencia de la inutilidad de la lucha armada  para acceder al poder. La guerrilla estaba condenada a convertirse, como en efecto ocurrió, en una insurgencia crónica. Segundo, el rechazo de los colombianos a la violencia y el deseo de paz que conducirían inexorablemente a la guerrilla a la marginalidad, como ocurrió. Tercero, a los riesgos inevitables de una degradación de la guerrilla por las modalidades de financiación del conflicto que exigiría una escalada militar. En efecto, el narcotráfico y el secuestro terminarían degradando moralmente a las FARC y al ELN. Y, finalmente, el desastre de  la criminal toma del Palacio de Justicia.

El acuerdo de paz tuvo importantes repercusiones, a  nivel interno e  internacional. El ejemplo del grupo colombiano incidió hondamente en los dos procesos de paz exitosos de Centroamérica (1992 y 1996).

Por otra parte, el acuerdo de paz generó un clima nacional de reconciliación que habría de incidir en la aprobación de la Asamblea Constituyente y la Constitución de 1991.  Hubo un hecho excepcional: la  dirección colegiada de  Antonio Navarro con Álvaro Gómez Hurtado (secuestrado por el propio M-19)  como  signo de los nuevos tiempos.

Pero la euforia de esos acuerdos de paz tuvo también su lado oscuro. Ante todo, la inasistencia de las FARC y ELN a esa fiesta democrática y la persistencia de la violencia  de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), hija natural de excesos de la guerrilla.

El Tiempo, Colombia, GDA

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