13 de January de 2010 00:00

La licuadora

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Patricio Quevedo Terán

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Sin bombos ni platillos, este año se recordó una de las principales efemérides de la Patria; tan importante que ella sola sirve para marcar la frontera entre el “antes” y el “después” de la memoria colectiva.

Talvez ocurrió hacia el mediodía del jueves 5 de enero de 1792 y, aunque parezca increíble, el propio episodio pasó casi desapercibido. Se trata en suma que entonces comenzó a circular un periódico que ahora suena con nombre extraño: “Primicias de la Cultura de Quito”.

Por eso, ¡claro! El cinco de enero se ha escogido como el día clásico de los periodistas ecuatorianos. Según lo que anunciaba su promotor, el mestizo Eugenio Espejo, el periódico debería venderse cada quincena; no llegó a registrar muchas ediciones y luego del séptimo número feneció, porque las autoridades coloniales de la Audiencia de Quito, cancelaron el permiso dado el primer momento. Cada ejemplar tenía cuatro páginas y carecía de cualquier adorno tipográfico.

La notable coincidencia es que ahora la comunicación colectiva vive un momento muy azaroso, a propósito de la Ley que se discute en la Asamblea. Muchas voces han opinado respecto del tema pero, efemérides mediante, pareció indispensable oír también a los más directos involucrados, o sea, a los periodistas profesionales, tanto más que ahora están dirigidos por dos valiosos colegas: René Espín, presidente del Colegio de Periodistas de Pichincha y José Camino, personero de la célebre Unión Nacional de Periodistas.

 El análisis respectivo satisfizo ampliamente las expectativas. Por ejemplo Espín, reconoció que el periódico de Espejo no contuvo artículo subversivo alguno, pero precisó que el mérito estuvo “en poner a circular ideas” dentro de una sociedad muy cerrada. Camino admitió que puede ser necesaria una Ley de Comunicación para refrescar normas que provinieron de la dictadura militar; sistematizarlas en un volumen coherente y cumplir una Disposición Transitoria de la Carta política.

Firmemente los dos gremialistas objetaron la posibilidad de que el Consejo de Comunicación estuviera al servicio de intereses politiqueros y también sostuvieron que no debería tener un sentido “sancionador” sino que debería resultar un “facilitador”, que estimulase el mejoramiento de los medios y de sus servidores en beneficio de todo el país y su integral desarrollo.

Mientras Camino abogaba por la capacitación permanente de los periodistas y el respeto de sus derechos, Espín resumió el tortuoso trayecto seguido por la Ley sus anteproyectos, más de cuarenta sugerencias puntuales y hasta un “acuerdo ético-político”, y utilizó una metáfora muy feliz cuando dijo que se trataba de una “licuadora”, pues de modo semejante al conocido electrodoméstico, los innumerables fragmentos de una fruta se intenta reducir a ‘papilla’ para la preparación de los jugos.

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