31 de January de 2010 00:00

Los libros se convirtieron en la vida y la luz de Patricia Cali

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Edwin Alcarás
cultura@elcomercio.com

En 1994, cuando tenía  24 años la vida de Patricia Cali cambió de rumbo súbitamente y para siempre. La  mujer  tomó en sus manos el negocio de libros usados de su padre pese a que nunca pensó que lo haría.  Ella había crecido entre estantes llenos de libros usados y revistas apiladas que llegaban casi al techo pero jamás había querido dedicarse a eso.

La acumulación de libros siempre le había resultado  un poco repelente  y tenía la impresión de que en  esa especie de laberinto hecho de libros que había levantado su padre, don José Cali,  se escondía  alguna  obsesión secreta. Él  no tenía tiempo para nada que no fuera su negocio de libros usados.
 


HOJA DE VIDA
Patricia Cali
Nació en Quito  en 1970  y  ha vivido toda su vida a pocas cuadras de la Plaza del Teatro. Tiene dos hijos: Sebastián, de 11 años  e Isabela, de dos y medio.  
Estudió la  primaria en la Escuela Cardenal de la Torre, de las madres oblatas. La secundaria la hizo en el  Colegio Municipal  Fernández Madrid.
Estudió y se  licenció de  Enfermería en la Universidad  Católica. Atiende en Luz desde hace 15 años.

Don Pepito, como su hija recuerda que lo llamaban sus conocidos,  había volcado el esfuerzo de su vida sobre esa librería  a la que bautizó Luz en recuerdo  de la luz del conocimiento. Hoy, con cerca de 60 años de funcionamiento, es una de las más grandes y la más antigua.
 
El duende de los libros atacó a don José por el lado más inocente  y menos esperado:  por las revistas de historietas. A principios de la década de los cincuenta empezó  a alquilar revistas a los niños que salían de las escuelas y  prestar libros de texto para quienes no podían comprarlos.
  
“La librería nació también como  un servicio social”, recuerda  Patricia  Cali sentada en medio de los miles de volúmenes de su librería. “Esas personas que entonces eran niños ahora son ya mayores y  siguen viniendo a veces a darse una vuelta  y a  saludar. Hasta hoy se acuerdan de mi papá con gratitud y alegría”.

La pequeña y rudimentaria librería  y biblioteca funcionaba en un zaguán de la Manabí y Vargas donde don José se estableció con su segunda esposa, Fabiola Silva, con quien tuvo dos hijas: Patricia  y Verónica. Pronto el negocio empezó a florecer  y alquilaron toda la planta  baja.  
 
Las niñas crecieron jugando en las gradas y en los pasillos,   pues todo el espacio estaba ocupado por libros apilados en el suelo, libros en cartones,   libros infantiles, libros de arte,  manuales técnicos,    enciclopedias, diccionarios, novelas, poemarios, revistas de jardinería, de modas, de peluquería...

Esa asfixia bibliográfica hizo que Patricia,  la hija mayor,  desde la adolescencia  se prometiera a sí misma que se haría una vida bien lejos de los libros. Estaba cansada de ese olor un poco ácido del papel  antiguo impregnado de tinta y de tiempo. No lograba comprender que esos objetos pequeños y rectangulares fueran capaces de absorber de tal modo las vidas de sus personas queridas. Desde la década de los  setenta la esposa del librero también abrió una papelería que al poco tiempo  comercializaba libros usados.



Es como que el mismo don Pepito lo hubiera mantenido así hasta ahora.Esta librería ya es una tradición para los que vivimos en el centro
Pedro Gutiérrez
cliente desde hace 30  añosLa joven soñaba, en cambio,  con una vida retirada en algún pueblito de la Sierra en donde podría curar a los niños enfermos  y prevenir las enfermedades causadas por la ignorancia  y la pobreza. Se veía a sí misma  con el mandil  blanco de los galenos, un estetoscopio colgándole del cuello, acariciando el pelo brillante de un  niño campesino.
 
Sin embargo,  al terminar la secundaria, con la impaciencia de los 18 años,  juzgó demasiado larga  la carrera de medicina  y decidió matricularse en Enfermería. El mandil blanco todavía se mantenía en sus sueños y se aplicó con tenacidad al estudio.

Así transcurrió la vida entre los libros usados (que ahora estaban más apilados que nunca porque se habían mudado a un local más pequeño  en la Oriente  y Vargas) y los libros nuevos  que le pedían en la Universidad y  que leía a condición de que la liberasen  del oficio  paterno.

A punto de egresar, con 24 años cumplidos  y con el cristal del futuro muy claro,  su vida cambió para siempre.  “Un día, creo que era viernes,  me entregaron los resultados de una biopsia que le hicimos a mi papi porque  sufría de infecciones muy seguidas.  El médico me dijo que  tenía cáncer gástrico terminal. La metástasis    había comprometido otros sistemas y órganos. Mi papito tenía seis meses de vida”.



Te tiene mucha consideración. A veces cuando quieres varios libros  y no te alcanza, ella ve que los quieres mucho y te los rebaja
 Juan Pablo Álvarez
estudiante de ComunicaciónLa mirada de Patricia Cali se estremece,  los recuerdos humedecen sus  pupilas y el dolor,  aún vivo,  vence su natural timidez. Las lágrimas acuden a sus ojos enrojecidos   como la lluvia sobre   un terreno baldío. Se acomoda en su pequeño taburete y se excusa por la herida que, luego de   15 años, todavía no se cierra.
 
Entonces empieza otra historia.  La historia de la lenta  y dolorosa   metamorfosis de sus sueños. Esos seis meses que mediaron entre el diagnóstico  y la muerte del librero fueron “los más difíciles de mi vida”, dice Patricia, ahora una mujer de 39 años. La enfermedad cumplió con puntualidad su cruel promesa y, con igual  persistencia, la hija mayor cuidó del agonizante   todos los días, todo el tiempo.
     

La profesión anhelada que  tenía ese  tétrico comienzo, se empezó a convertir en un símbolo  doloroso  y aciago.  “En esos pocos meses me di cuenta  de que había algo que me superaba. No era capaz de ver el dolor de mi papá, ni de ninguna persona”.

Esa sensibilidad es famosa entre los clientes de la  Librería Luz. Juan Pablo Álvarez, estudiante de Comunicación Social,  da fe de esa condición:  “La señora sabe que los que compramos ahí no tenemos para adquirir libros nuevos y por eso es como que te tiene  consideración.  A veces cuando quieres varios libros  y no te alcanza, ella ve que los quieres mucho  y te los rebaja ”.
 
La reciente  enfermera hubo de tardar algún tiempo hasta descubrir que sus virtudes escondían la cualidad genética del buen librero:  la paciencia, el sentido de la oportunidad  y la flexibilidad de su carácter.

Al pie de la cama del hospital, Patricia, su hermana  y su madre discutían el futuro del negocio paterno, que era también la obra  de toda su vida.  “Mi madre nos anunció que ella seguiría en la papelería y nos pedía que no vendiéramos el negocio”.
 
Con muchas dudas y solo por el irrestricto apoyo de la familia, Patricia Cali se decidió a tomar en sus manos la librería paterna. Fue un homenaje a su  memoria y una forma de honrar  su obra.  “Fue una decisión difícil  pero no   me equivoqué”.

Uno de sus clientes antiguos, Pedro Gutiérrez de  71 años, quien también conoció a José  Cali,  cree que el negocio  “ha crecido mucho  y está muy bien mantenido.  Es como que el mismo don Pepito lo hubiera mantenido así hasta ahora. Esta librería ya es una tradición para los que vivimos en el centro”.

Un elemento, además, coadyuvó, dice la librera,   para la decisión de continuar la tradición familiar. “Fue el nacimiento de mi hijo Sebastián. Mi pareja y yo nos separamos  y quise asegurar  el sustento de mi hijo con este bello  oficio   que siempre conocí”.

La dueña y dependienta de la librería vive todo el tiempo con el recuerdo de su padre. Los  libros, esos objetos que antes significaban un muro que lo separaba de él ahora son el puente emocional que aún los conserva unidos, luego de la muerte.  Ella  aprendió que la luz no solo  viene del  conocimiento sino también de un amor que se niega a apagarse  y que todavía  brilla en los pasillos atestados de libros antiguos, un poco cansados, pero aún dignos, listos a iluminar los recuerdos de sus clientes.

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