1 de November de 2009 00:00

Un libro entre manos

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Monseñor Julio Parrilla

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Entre las manos, en la conciencia, en el corazón... Lo más triste es que los libros se nos caigan de las manos. Hace pocos días un joven profesor me advertía acerca de lo poco que se lee. Parece que en esta cultura dominante en la que navegamos, muchas veces contra corriente, es más fácil dejarse llevar del goce inmediato que de la lectura pausada y crítica.

En estos tiempos en los que todo se compra y se vende, no siempre se entiende el sentido de gratuidad. Y para leer bien hay que ser gratuitos. Personalmente agradezco que en mi alma prevalezcan aún, como un tesoro, las viejas historias bien contadas que mecieron mi niñez y juventud.

Mi madre era una estupenda narradora de cuentos que despertó mi imaginación y me ayudó a crecer entre la realidad y la imaginación, deseando habitar siempre mundos mejores, más bellos y felices. Recuerdo también a un salesiano de raza que supo inculcar en mí el amor a las palabras, a las narraciones, a los imaginarios, a la literatura... A fuerza de acercarme al mundo de lo simbólico, supo alimentar en mí el valor de la fe, el amor al mundo y al hombre, a la justicia y a la compasión. De forma sencilla me enseñó los valores fundamentales de la vida, eso sí, envueltos en historias posibles e imposibles, siempre bellas y sugerentes.

Hoy, mucha gente se ha vuelto incapaz de sostener un libro entre las manos. No saben lo que se pierden... Esta incapacidad es una auténtica carencia. La gente lee, las más de las veces, los titulares de los periódicos y de las revistas y, más audiovisuales que lectores escucha, cuando no oye, lo que dice la TV. Frente a la lectura es la suya una actitud meramente funcional.

Para leer hay que tener tiempo (¡ah, la importancia de tener tiempo para lo que se ama!), un tiempo de paz y de serenidad, espacioso y amable, un tiempo de calidad. Y es que la calidad de nuestras lecturas suele ir pareja con la calidad de nuestra vida, ideas y sentimientos.

Eduquen a sus hijos en la lectura, ábranlos al mundo de las ideas, las emociones, la belleza..., al mundo interior. Un buen libro puede acompañar los mejores tramos de la vida, establecer un buen rincón, ayudar a saborear el silencio y un buen café. Entre líneas y espacios interiores uno puede llegar a encontrarse con Dios, no con el ‘Dios barato’ sino con el ‘Dios caro’ que complica la vida y la llena al mismo tiempo.

No se trata de leer cualquier cosa. Precisamente porque la lectura nos hace exigentes, selectivos y críticos con todas las aspiraciones humanas, No todo lo que se escribe merece la pena, ¡ni mucho menos!, pero cuando uno sabe leer y escoger, la experiencia de la lectura se vuelve un viaje espléndido. No dejen de tener un libro entre manos.

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