14 de April de 2011 00:00

Libia y la izquierda

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La izquierda revive su encrucijada; por oponerse a la nueva cruzada del humanitarismo imperial, defiende al indefendible Gadafi. Un dictador que vive de las glorias del pasado pero que ya no las representa. Dio sentido a Libia como país, al buscar su independencia de potentes empresas e intereses extranjeros, al mantenerlo unida, liderar por un tiempo al movimiento de no-alineados y pan-arábigo, sedentarizar a los beduinos y darles esperanza con importantes medidas sociales y una idea singular de democracia participativa, todo cual sin embargo, fue más discurso, pues Gadafi adoptó ideas diversas, no siempre coherentes, como es su Libro Verde, en una mezcla de socialismo, islamismo, nacionalismo sin real articulación. Centrado en él no quiso un partido ni logró un basamento ideológico o político para su acción, una inconsistencia de todo, se quedó sin apoyo. Los Comités Populares se convirtieron en simples legitimadores de su poder y en medio de control de la sociedad. Rápidamente articuló represión, milicias armadas y mercenarios, además de un uso discrecionario de los pretrodólares, que llevan a prácticas generalizadas de corrupción. Desde hace años, ya no buscó alternativa alguna de Estado ni sociedad. Privilegió sus nexos con Occidente para turbios negocios, con corrupción exponencial o blanquear dinero mal habido. Hace mucho que las diferencias tribales crecieron y no se manifestaban sino por el uso de esos medios del poder. Ahora, estos caen y renacen las disputas.

Pero la izquierda latinoamericana sigue perdida en sus definiciones, no logra asumir la democracia y prefiere creer en la posición antiimperial del Gadafi de discursos y del pasado, privilegia esta postura y no un proyecto de sociedad y poder. La oportunidad de definir una posición diferente, también la perdieron las potencias medias, tal Brasil e India, al ser simples espectadoras, sin iniciativas, ante el nuevo sistema internacional que se revela con Libia, en el cual Rusia y China no se oponen a Occidente.

Saber encarnar la diferencia era indispensable, con previsión y diligencia. Al menos habrían podido desde el inicio del conflicto interno libio, encontrarle una salida rápida a Gadafi y contribuir a la emergencia de un gobierno libio y para los libios, antes que sean intereses foráneos que incidan en el cambio. Antes que la maquinaria de guerra de las grandes potencias vuelva a recordarnos Afganistán, Kosovo, Iraq con sus nefastos resultados. Y vuelvan a revivir los crueles enfrentamientos tribales que nunca terminan. Pero para encarnar la diferencia se requiere reconocer la realidad del mundo actual y estar claros en los principios que se defiende; en caso contrario gana el arcaísmo y los renovadores se parecerán cada vez más al pasado. Da buena conciencia, pero no incide en la historia ni crea proyecto.

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