4 de May de 2011 00:00

Libertad

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Con el avenimiento de la democracia, allá por los lejanos 80, nadie pensaba que tres décadas después Ecuador y otros países de la región, inmersos en un supuesto marco constitucional, vería peligrar la libertad de expresión y de pensamiento. Una ola de intolerancia recorre buena parte del continente, cuando gobiernos que han surgido precisamente al amparo de dichas libertades hoy las combaten. Parecería que toman vida proclamas de la izquierda de esa época, que veían la necesidad de defender las libertades “burguesas” como medio para alcanzar el poder. Pero una vez instalados en él, a título que las contradicciones habían acabado en la medida que el pueblo había tomado la dirección política de la sociedad, representados por ellos mismos, por supuesto ya no eran necesarias tales libertades porque ellas no serían sino el instrumento para que vuelvan las voces del pasado. Esa forma de pensar se ha impuesto en la actualidad y, al estilo de ese régimen sangriento que tiene sometido y empobrecido a su pueblo por más de cinco décadas, exclaman que dentro de la revolución todo y fuera de ella nada.

Ese proceder propio de los fanatismos, está llevando a los países en los que se aplican a una profunda división de la que costará mucho recuperarse. Quienes así piensan no han podido percibir que, desde que se emitían esas consignas, el mundo ha cambiado estruendosamente. La lucha de los pueblos ahora es precisamente por mayores libertades, algo que jamás pueden ofrecerles regímenes que se caracterizan por la intolerancia y que persiguen, como catequesis, imponer el pensamiento único.

No existen iluminados, lo que proliferan son ambiciones totalitarias. Claro está que ellas echan raíces allí donde la educación no ha llegado, o la que se ha entregado es mediocre. Donde la propia clase media, confundida y poco crítica, en un momento también es proclive a pensar que su situación mejorará sin que medie esfuerzo personal y colectivo. Expresión de ella son buena parte de los propios profesionales de la prensa, que entusiastamente adjuraron a un modelo que ahora está mostrando sus serias limitaciones.

Todo aquello ahora conspira para construir un verdadero régimen de libertades, en el que los ciudadanos progresen sin restricciones ni prohibiciones. Solo el permanente llamado que realizan intelectuales, escritores, comunicadores sociales de distintas tendencias, verdadera reserva moral con la que aún se cuenta, que miran con recelo las pretensiones omnímodas, permite pensar que aún nada está perdido.

La tarea pendiente será construir una verdadera democracia, con sólidos valores éticos, con ciudadanos con criterio para discernir, que sean capaces de separar la paja de la mies. Solo de esa manera habremos sido consecuentes con la época en la que nos tocó vivir.

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