18 de marzo de 2015 10:01

Industria de aceite de palma necesita un cambio sostenible

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Agencia IPS

En las últimas tres décadas, 50 por ciento de los 544.150 kilómetros cuadrados de Kalimantan, la parte indonesia de la isla de Borneo, fueron tomados por la industria del aceite de palma.

"Se expandirán hasta que nos tiren al océano", aventuró Mina Setra, subsecretaria general de la Alianza de Pueblos Indígenas del Archipiélago, quien lucha desde hace cuatro años para evitar que su ancestral modo de vida sea avasallado por el monocultivo.

Según ella, el negocio de la producción de aceite, codiciado en todo el mundo, debe ajustarse a los principios de sostenibilidad.

Con su crecimiento actual, la industria amenaza con socavar las economías locales, las comunidades indígenas y la delicada biodiversidad de Indonesia.

El consumo de aceite de palma aumentó de forma sostenida a un ritmo de siete por ciento anual en los últimos 20 años, según datos de un informe publicado por la consultora Research and Markets, con sede en Dublin.

A escala mundial, más personas consumen aceite de palma que de soja, e Indonesia es el mayor productor, llegando a 31 millones de toneladas en 2014. Este país y Malasia concentraron 85 por ciento de la producción total ese mismo año.

Si bien se estima que la producción disminuirá este año, la industria sigue creciendo y tragándose millones de hectáreas de bosques para el cultivo de palma.

El gobierno de Indonesia y los empresarios insisten en que el sector genera empleo y beneficia a las comunidades locales, pero muchas personas como Setra no están de acuerdo porque el modelo de producción no es nada sostenible y causa estragos en el ambiente y en la población indígena, entre 50 y 70 millones de personas en este país de 249 millones de habitantes.

Rompiendo el mito de la igualdad y de la creación de empleo

Un estudio de la organización Rights and Resources Initiative (RRI), con sede en Washington, concluyó que los principales beneficiarios de la industria de palma aceitera son los grandes inversores y las compañías que controlan 80 por ciento del comercio.

"El sector agregó poco valor real a la economía indonesia. El aporte promedio del cultivo al producto interno bruto fue de solo 2,2 por ciento ese año", señala el informe.

"La producción de alimentos es la principal fuente de empleo y de ingresos en el campo, y concentra dos tercio de la fuerza de trabajo rural o unas 61 millones de personas. La producción de la palma de aceite solo ocupa el octavo lugar en materia de empleo rural, con 1,4 millones de personas", aclara.

Alrededor de la mitad de quienes trabajan en el sector son pequeños agricultores, ganando mayores salarios que sus contrapartes empleados por las compañías de aceite de palma (USD 75 al mes los primeros, respecto de USD 57 los segundos).

La industria registró una caída de 15 por ciento en los beneficios en 2014, aunque este año se prevé que aumenten con precios entre 500 y 600 dólares la tonelada. Pero muchos productores de Indonesia y Malasia abogan abiertamente por menores salarios para mantener altas las ganancias.

Los especialistas sostienen que el sector no redirige las ganancias a las comunidades locales debido al modelo de devorar tierras y recurrir a un sistema de patronato.

"El sistema de patronato sirve de estructura básica para la producción, comercialización y distribución del aceite de palma", explica el informe de RRI.

"Conecta actores significativos para facilitar sus negocios mediante mecanismos legítimos, como consorcios de aceite de palma, que suelen consistir en personalidades locales con poder, burócratas y empresarios influyentes con estrechos vínculos con autoridades nacionales", concluye.

Activistas como Setra también sostienen que los empresarios son hábiles para aprovechar los vacíos legales con el fin de seguir expandiendo sus cultivos.

El gobierno de Indonesia impuso una moratoria sobre el desbroce de tierras, un intento de calmar a científicos, países occidentales y ciudadanos preocupados por la fagocitación de bosques a instancias del monocultivo.

Pero la prohibición solo se aplica a las nuevas licencias, no a las existentes, lo que permite que las compañías con permisos de larga data violen la ley sin cuestionamientos.

Injusto e inviable

"La estructura de la industria es tal que deja afuera a las comunidades locales", explicó Bryson Ogden, analista del sector privado de RRI.

"Los mayores perdedores fueron los residentes locales que perdieron sus tierras y su sustento y no se incorporaron a la nueva economía en términos ventajosos", subraya el informe de RRI.

"Indígenas, agricultores de subsistencia y mujeres son los grupos más vulnerables, así como pequeños agricultores propietarios de sus propios terrenos con palma aceitera", añade.

Cuando la población local trata de defender sus derechos, las campañas terminan en enajenación de toda la comunidad o, peor, la criminalización de sus actividades.

"Las personas que dependen de la tierra para subsistir desde hace generaciones se vuelven delincuentes porque quieren preservar su modo de vida", se lamentó Setra.

Según ella, mientras haya una demanda global de aceite sin una campaña internacional que denuncie el impacto que la producción tiene en la población local, las compañías probablemente no cambien su modo de operar.

Otros sostienen que el problema es la falta de datos.

Scott Poynton, fundador de The Forest Trust, dijo a IPS que no hay información adecuada sobre las consecuencias socioeconómicas de las operaciones.

La preocupación por la deforestación, en Indonesia y otras partes, se debe al incansable trabajo de organizaciones no gubernamentales dedicadas al tema, además de "herramientas fáciles de usar como el Global Forest Watch, del World Resource Institute", un sistema de mapas que permite a la gente identificar de forma rápida y barata la deforestación.

Recursos similares deberían estar disponibles para personas como Setra, opinó, líderes de organizaciones locales que pueden monitorear e informar sobre la degradación social causada por el sector del aceite de palma.

Con la próxima aprobación de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), de la Organización de las Naciones Unidas, Indonesia y el sector del aceite de palma estarán obligados a considerar la naturaleza inviable del modelo de monocultivo y avanzar hacia una práctica más inclusiva.

Uno de los principales temas de la plataforma de conocimiento sobre los ODS es la premisa de una producción y un consumo sostenible, definidos como el "uso de servicios, y productos relacionados, que responden a las necesidades básicas y permiten una calidad de vida mejor, al tiempo que minimizan el uso de recursos naturales para no poner en peligro las necesidades de las futuras generaciones".

Según el Fondo Mundial para la Naturaleza, en las últimas tres décadas y media, Indonesia y Malasia perdieron juntas 3,5 millones de hectáreas de bosques por plantaciones de palma aceitera.

Estadísticas como esa sugieren que solo cambios drásticos podrán poner a las poblaciones indígenas en el centro del debate y construir un futuro sostenible para la producción de aceite de palma.

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