7 de April de 2010 00:00

La incomodidad afecta a los escolares

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Redacción Guayaquil

Un rótulo descolorido anuncia la entrada a la escuela fiscal   Sin Nombre. Adentro, pequeñas huellas quedaron grabadas en el patio lodoso. Las pisadas conducen a un grupo de aulas improvisadas.

Son casitas de  caña  y  zinc. Allí  estudian 650 niños del bloque 11 de Flor de Bastión, una zona popular del   noroeste de Guayaquil.

El  sol del mediodía entra con fuerza a través de  las paredes de caña, algunas forradas con retazos de periódicos. Y hasta un ligero viento puede hacer  temblar  los pedazos de zinc de los  techos.

El maestro  José Vera dice  que el plantel fue construido hace cinco años con la ayuda de la ONG Misión Alianza. La organización financió la construcción de tres aulas de cemento, baterías sanitarias y un laboratorio. Pero el Gobierno aún no cumple con su parte.

“La escuela es fiscal. Hemos pedido nuevas aulas al Ministerio de Educación, pero no  responden”.  

Debido a que algunas aulas están  destruidas, los maestros decidieron dar clases en dos jornadas: en la mañana  funciona de  primero a cuarto de básica y en la tarde de quinto  a séptimo  año.

La escuela Tiwintza Amazónico, ubicada en el bloque 3 de Flor de Bastión, fue reparada por el Ministerio de Educación a finales del 2007.   Se levantó  un edificio en el cual funcionan cuatro aulas. Se arreglaron los patios y las paredes fueron pintadas de verde. Pero una falla en los  salones de la   parte baja impidió que las clases se iniciaran  el lunes. Cuando llueve, el agua se filtra por un muro   y los salones se llenan de agua lodosa.

Las continuas inundaciones han deteriorado las bancas.   Por ello,   el director Manuel Bueno decidió aplazar el inicio del nuevo año para el lunes 12 de abril.  

A diferencia de estos planteles, el plan de remodelación entre el Ministerio de Educación y la Universidad de Guayaquil avanza en la escuela Modesto Chávez Franco, ubicada en Francisco Segura y Washington, sur de Guayaquil.

El eco de los martillazos y el bullicio de la soldadora resuenan en el patio.  Y  los trabajadores recorren la zona de los columpios con  tablas  sobre sus hombros.   
Casi todas las aulas fueron demolidas y la jornada escolar se trasladó a la escuela Árabe Unida,  ubicada a una cuadra, donde la  directora Germania Villacís pudo   alquilar tres salones de clases. 

El griterío de los niños se funde con la voz de las maestras. En  un salón funcionan tres grados y los  pizarrones sirven para dividir los pupitres. “Así estaremos por dos meses. Es  difícil, pero el esfuerzo valdrá la pena”, dice Villacís.

La refacción demora 

47 locales escolares,  que son parte del convenio bipartito entre el Ministerio y la U. de Guayaquil,  aún no son reparados.

35  escuelas  de la zona rural de Guayaquil se incorporarán al plan de reparación en este año.

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