13 de agosto de 2016 00:00

Huérfanos del terremoto afrontan un doble drama

Mariana Soledispa acogió a cuatro nietos que dejó su hija, quien falleció en el sismo. Foto: Mario  Faustos  / EL COMERCIO

Mariana Soledispa acogió a cuatro nietos que dejó su hija, quien falleció en el sismo. Foto: Mario Faustos / EL COMERCIO

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Elena Paucar

Hasta antes del terremoto del 16 abril, Sthefano, de 7 años, y Gary, de 5, solo compartían a su padre, aunque en hogares distintos. Después de la tragedia, el vínculo entre ellos se hizo más fuerte, aunque también más doloroso.

La tarde del sismo celebraban el cumpleaños de otro de los hermanos de Gary, Jean Piere. Ese día cumplía 9 años y salieron a comprar ropa antes de la fiesta que habían preparado. A las 18:58 estaban en el segundo piso de un almacén cercano al Centro Comercial Municipal de Portoviejo, uno de los edificios que fue derrocado por implosión. 
La familia quedó atrapada bajo una losa.

Los niños sobrevivieron, pero su padre Fabricio García, Jessenia Zamora, su segunda esposa y madre de tres niños, y Jean Piere murieron. Ese día Sthefano quedó huérfano de padre y Gary perdió a ambos. 
El terremoto de 7,8 grados desmembró muchas familias.68 niños, niñas y adolescentes quedaron en la orfandad, según los registros del Servicio Especializado de Protección Especial de la Zona 4, que es parte 
del Ministerio de Inclusión Económica y Social (MIES). 
 “Sthefano quedó bajo su padre y Gary bajo su madre”, recuerda Okel Zamora, abuelo materno de Gary.

“Ellos intentaron protegerlos y, al parecer, sus brazos quedaron debajo de sus cuerpos. Estuvieron siete horas así y la presión afectó algunas arterias y venas”, relata el hombre mientras los niños corren y alborotan la tranquila sala de Rehabilitación Física del Hospital Verdi Cevallos. 
Desde el lunes, cuando empezaron las terapias, pasan más tiempo juntos. Estuvieron 109 días hospitalizados en Quito, donde soportaron múltiples cirugías para evitar la amputación de sus brazos, severamente afectados por un problema de aplastamiento que impidió la circulación sanguínea.


Ahora ambos comparten una enorme cicatriz que recorre sus brazos, casi inmovilizados: el derecho de Sthefano y el izquierdo de Gary. 
“La terapia física será por al menos un año -cuenta Leydy Mendoza, madre de Sthefano. Pero el tratamiento psicológico será más largo”. Después del terremoto, el niño no podía dormir, temblaba y solo quería estar en sus brazos. “Y cuando llegan los viernes solo pregunta por su papá. Los sábados pasaba con él; ahora se entristece porque sabe que no escuchará más la moto en la que llegaba”. 
Pero no para de reír cuando se encuentra con su hermano. Suben y bajan por las rampas de la sala de rehabilitación, desacomodan las pesas y brincan sobre los enormes balones terapéuticos.

Es martes y de repente Gary corre adonde su abuelo Okel. “Abuelito, ¿me compras un helado? Mi mamita me compraba uno cuando acababa toda la comida”, le dice con ternura. 
El hombre intenta no llorar. Trata de ser fuerte porque a más de la crianza del niño sigue un proceso legal por su tenencia permanente y tiene una boleta de auxilio que le impide acercarse a Emily, la menor de sus nietas, de apenas 3 años. La niña vive por ahora con su abuela, exesposa de Zamora. 


Según el MIES, todos estos pequeños están con sus familiares: la madre, el padre, los abuelos, los tíos o los hermanos. “No se han identificado casos que ameriten un proceso de institucionalización”, indica en un comunicado el Ministerio. Sin embargo, las pugnas por la tenencia de los niños se repiten en varias familias. 
“Criar a mis nietos no es una carga, es un regalo de Dios”, dice Okel. “Pero mientras no estén juntos no estaré tranquilo. Gary siempre me pregunta por su hermanita y no sé qué decirle”.

Cubrir parte de los gastos del tratamiento del niño se sumó a las preocupaciones de este comerciante que, por ahora recibe el bono de alimentación, de USD 100; y el de alojamiento, de USD 125, por un hijo que perdió su casa tras el sismo. Pero no tiene una ayuda adicional para, por ­ejemplo, garantizar los traslados de Gary a Quito. 
Ese drama se repite en casa de Mariana Soledispa, en el cantón Durán (Guayas).

Hasta el 5 de agosto esperaba la aprobación de los bonos de alimentación y acogimiento para sus cuatro nietos, los niños que su hija Lorena Mendoza dejó. 
Según el MIES, el Servicio Especializado de Protección Especial da “atención en las áreas de Psicología y Trabajo 
Social para la restitución de derechos amenazados y/o vulnerados” de estos pequeños. Hasta ahora, como indicaron, han atendido 54 casos de intervención social y nueve intervenciones psicológicas. 


Pero doña Mariana sostiene su nuevo hogar tan solo con el bono de Desarrollo Humano que recibe su esposo. Su joven hija, su esposo Javier Reyes y dos niñas, Nicole (13 años) y Noemí (9), murieron la tarde del terremoto en Manta. Quedaron atrapados en el tercer piso del Hotel Umiña, en la devastada zona de Tarqui. 
La pareja diseñaba llaveros para las habitaciones de varios hoteles y antes del 16 abril se trasladaron a Manabí para saldar una deuda y pasar con los niños los últimos días de vacaciones escolares.

De ese viaje solo regresaron Ruth, de 16 años; Sara, de 15; Benjamín, de 6; y Samantha, de 4. Hoy, un juicio de tenencia los divide. Y por esa causa, recientemente una de las adolescentes se mudó con sus abuelos paternos. “Aquí no tenemos riquezas pero los queremos y están contentos. Los chicos han pasado por tantas cosas y no es justo que ahora pasen por un juicio. Nos hemos encariñado tanto que no soportaríamos que nos separen”, cuenta Mariana. 


Al mediodía del pasado viernes, la más pequeña se despedía con un tierno beso de su abuela antes de ir al jardín. En cambio Benjamín -quien es idéntico a su padre, como dicen sus tías- se alistaba para hacer la tarea, al igual que Ruth. 
La mayor de los hermanos fue una de las más afectadas. Perdió gran parte de la piel de su pierna derecha por los escombros. Fue rescatada casi tres horas después de la tragedia y recuerda que con esa pierna protegió a Samantha. 


Eso le costó casi cuatro meses de hospitalización en Manta y decenas de operaciones para injertos. Su carácter firme le impide quejarse; al menos, dice, ya logra asentar los cuadernos con la tarea que a diario hace en casa, empleando su pierna vendada como escritorio. 
Cursa el primero de Bachillerato a distancia y quiere ser diseñadora gráfica para continuar, en parte, con el oficio de sus padres. “Antes de que todo sucediera yo era rebelde. Pero he cambiado por mis hermanos. Quiero lo mejor para ellos, como lo querían mis padres”.

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