24 de julio de 2014 12:48

Cotidianidad e historia en el Museo de la Ciudad

MARÍA ISABEL  VALAREZO / EL COMERCIO

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Mariela Rosero. Redactora

mrosero@elcomercio.com

Talleres y visitas guiadas se organizaron esta semana, para niños y jóvenes. Daniel Palacios pidió a 25 jóvenes y a un par de adultos que observaran la pintura de un aguatero. También, que se imaginaran cargando un pondo de entre 130 y 140 kilos, con el que se distribuía el líquido en cada casa del viejo Quito.

Luego, les habló sobre el capariche, quien se encargaba de llevarse los desperdicios de las personas y de barrer las calles. Ese momento, recordó a Zámbiza y les narró que en el siglo XVI vivían estos necesarios personajes, originarios de ese parroquia, que se opusieron a la conquista, y que fueron obligados a desarrollar ese oficio.

En esta parroquia antes estaba el botadero, ahora solo hay un centro de transferencia.

En una de las exposiciones permanentes del Museo de la Ciudad es posible conocer la historia de los habitantes que habitaron Quito entre los siglos XVI y XIX. ¿Cómo? A través de su vida cotidiana.

En el Museo, que funciona desde hace 16 años, en las calles García Moreno y Rocafuerte, Centro Histórico, no se muestran las hazañas de héroes. Ahí se enseña cómo los habitantes de lo que hoy es la capital vivían, cómo subsistían. “Antes de saber a dónde se quiere llegar es necesario conocer los orígenes”, señala Palacios, quien también les dice a los visitantes que el museo se levanta en uno de los edificios más antiguos que tiene la ciudad.

En principio fue el Hospital Real de la Misericordia de Nuestro Señor Jesucristo, que se convirtió en el San Juan de Dios. Funcionó durante 409 años, desde 1565 hasta 1974.

Hace poco, Jessica Pinta, de 17 años, se graduó en el Instituto Consejo Provincial de Pichincha. Ella es parte de un club del Ministerio de Turismo y trabajará como voluntaria en el Museo de la Ciudad. Por lo que acudió para conocer qué ofrece. Estaba sorprendida, tomaba apuntes en una libreta.

También sonrió incrédula cuando otro guía les invitó a pasar de un siglo a otro: al XVII. De pronto, estuvo frente a una pulpería. En un puesto de venta se observaba carne, embutidos, sal en grano… Era una tienda de personas de clase media alta.

Los chicos y un adulto mayor tomaban fotos y escuchaban hablar de la celosía. Era mal visto que una mujer se entreviste con un novio a solas, así que lo hacía a través de una especie de balcón cerrado. Les contaron que los matrimonios en esa época eran arreglados por los padres, los enamorados solo se conocían por la voz. Entonces alguien comentó que era como las citas a ciegas de nuestros tiempos y hubo carcajadas.

En este verano hay cuatro exposiciones en este museo. Una es la del edificio antiguo; la de los habitantes de Quito, de la vida en la ciudad; una representación de lo que fue el hospital, en donde se puede ver la botica, con los frascos de jarabe de rábano, éter, glicerina… La cuarta es una colección de objetos significativos como bateas, juego de tazas, cuadros, que crean conexiones de memoria, patrimonio y apropiación del espacio público.

Estos días está habilitado un espacio llamado Creactivo, para que niños y grandes recorten a los personajes de la ciudad, como si fueran cucas.

También pueden pintar y hacer manualidades. Hasta el 22 de agosto, los jueves, de 19:00 a 20:00, podrá conocer el campanario del museo, que existe desde 1754, y observar Quito desde arriba: Santo Domingo, Parque Urbano Cumandá, El Panecillo, Museo del Carmen Alto, Yaku, San Francisco...

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