Los guardias de los dos blindados 
atacados temieron morir calcinados

Tras el ataque, los vehículos que trasladaban dinero fueron trasladados a Lago Agrio completamente destrozados.
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Javier Ortega. Redactor (I)

Del cajón de las dos volquetas rojas salieron 10 encapuchados. Cargaban fusiles y ametralladoras. En medio estaban dos blindados. Los arrinconaron a un costado de la vía Quito – Lago Agrio y empezó una ráfaga de tiros. En ese bombardeo de proyectiles, los guardias sintieron que los vehículos temblaban, como si se elevaran unos centímetros y cayeran de golpe. Era la carga de explosivos que los asaltantes colocaron debajo de un carro.

La explosión inundó el espacio de un humo espeso, asfixiante. Fue entonces cuando los guardias se miraron entre sí y decidieron salir. Se encomendaron a Dios. Sabían que la muerte estaba latente. “Preferimos recibir un tiro a morir calcinados”. Estos relatos son de uno de los custodios que ayer, 23 de octubre, testificó ante los jueces en la audiencia contra los dos asaltantes detenidos por el ataque.

Ya en la carretera, los armados, vestidos con pasamontañas, camisetas oscuras y botas negras o amarillas, les apuntaron con el cañón de los fusiles a los rostros. “Qué me miras, qué me miras”, les gritaban. Insultaron. Amenazaron. Les hicieron sentir “la peor basura”. “Si quieren vivir, lárguense al monte…”.

En cada blindado viajaban cuatro guardias. Cinco resultaron ilesos. Solo tenían pequeñas magulladuras. Otros tres recibieron tiros y actualmente se recuperan en un hospital.

Marco Vinicio Salazar, de 34 años, el octavo custodio, murió en el ataque. Estaba sentado en la zona donde se produjo el impacto más severo de los explosivos. Los agentes lo encontraron en el piso. Había perdido uno de sus brazos. El informe de autopsia revela que falleció por “heridas mortales, provocadas por la onda expansiva”.

Amanda, la esposa de Salazar, vive en un barrio del norte de Quito. Horas después de conocerse el robo, gente de la empresa de traslado de valores donde trabajaba su marido tocó la puerta de su casa y le informó lo que pasó. No quiso esperar y salió a las 22:00 del miércoles a Lago Agrio. En Baeza no pudo continuar. La carretera colapsó y tuvo que esperar. Llegó a las 07:00 de ayer al sitio donde se perpetró el robo. Se plantó justo en el sitio del atentado.

En los 30 minutos que permaneció en ese lugar apenas habló. Juntó sus manos como si tratara de rezar y despedir a su esposo, con quien procreó tres niños que ahora tienen 11, 9 y 3 años. Desde el 2008 Salazar estaba inmerso en el complejo trabajo del traslado de valores.

La familia de Amanda la acompañó en el viaje desde Quito a Lago Agrio. Su hermana, Hipatia, trataba de consolarla. La abrazaba y le besaba en la frente. Hace una semana todos estaban en Quito. Era el cumpleaños de Salazar. Hubo fiesta. “Nunca nos imaginamos que sería la última”.

Tras el atentado, los encapuchados cargaron las bolsas de dinero en sacos de yute.

Metieron aproximadamente USD 2 millones, de los 3,7 que cargaban los dos blindados. El resto de billetes se esparció en la superficie de la carretera. Unos estaban intactos y otros despedazados y quemados.

A la hora del asalto (09:30), un autobús de una cooperativa interprovincial pasaba rumbo a Quito. Algunos pasajeros se bajaron, desesperados, a recoger el dinero. Llenaron sus bolsillos y carteras con billetes de USD 10 y de 20. “Nadie nos ayudó”, decía en la audiencia uno de los guardias heridos.

En la fila de carros apostados en la carretera estaba una camioneta doble cabina color gris. Allí viajaban dos hermanos que regresaban a Quito tras dar el último adiós a un pariente fallecido. Los asaltantes los obligaron a detenerse. Bajaron a uno de ellos a golpes y exigieron al copiloto que agachara la cabeza y la pusiera entre sus piernas. En el camino le gritaban “ya matamos a tu hermano, lo mismo te va a pasar a vos”. Metros más adelante le botaron en la carretera.

Los encapuchados se detuvieron en una guardarraya, abandonaron la camioneta y metieron los costales con el dinero, las armas, los explosivos y las municiones en un camión.

Un motorizado que logró ver el humo estaba avanzando y lo recibieron a tiros. El uniformado fue el que advirtió del violento ataque al resto de uniformados. “Gracias a Dios estoy aquí con vida”, contaba ayer.

Un equipo del Grupo de Operaciones Especiales (GOE) lo socorrió. Fue entonces cuando pudieron detener al primer sospechoso. Estaba en la cabina del camión. El resto salió del interior del cajón de madera y escapó por los matorrales. Los uniformados ingresaron y se enfrentaron tres veces con los encapuchados. Entre la maleza lograron capturar al segundo sospechoso. Los dos se acogieron ayer al silencio.

Los agentes del GOE tienen una hipótesis: los encapuchados pretendían huir hacia el norte del país en el camión.

El primer detenido se había quitado el pasamontañas y era el que iba a conducir hasta Lago Agrio mientras el resto se mantenía escondido en el vehículo. En ese automotor los uniformados hallaron los costales con el dinero, los fusiles, las municiones y un saco lleno de “miguelitos”.

El subteniente Díaz pertenece al equipo del GOE que participó en el operativo. Ayer, al recordar frente al juez los hechos aseguraba que lo que encontraron en el camión es “calibre de guerra”. En Lago Agrio el tema de conversación es el ataque a los blindados, que ayer estaban en esa ciudad totalmente destrozados.

Todos creen que fue planificado. También Hipatia, la cuñada del guardia asesinado. “Esto estaba programado. Las dos volquetas, las bombas, las armas… no fue un robo cualquiera”.

En Quito la sensación es similar. Funcionarios del Banco Pichincha, propietario del dinero, lo aseguraron: el atentado fue “planificado”, “violento” y al “estilo de fuerzas paramilitares. Un poco más temprano, en el Ministerio del Interior dijo que hubo “negligencia e irresponsabilidad” al transportar valores.

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