21 de February de 2010 00:00

GEORGE ORWEL, 2010

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Hugo Romo Castillo

Si miramos con atención lo que ocurre en cierto país, cuyo nombre no es preciso recordar, analizamos su Gobierno,  su  sistema de injusticia, un apéndice de ese gobierno llamado Asamblea Legislativa y escuchamos a sus corifeos tratar de defender lo indefendible. Nos transportaremos hacia aquella sociedad de ficción creada por Orwell en su libro ‘1984’. Error imperdonable del autor pues debió llamarlo 2010.

En esta versión, nuestro líder, sabio, docto, lúcido, juez supremo y quintaesencia del partido único, es el ‘Gran Hermano’. Es él y no otro quien alimenta a los ‘proles’ -trabajadores- con propaganda sabatina, donde les cuenta cómo la revolución ha transformado una sociedad otrora oprobiosa y la ha vuelto justa y feliz.

En ocasiones nos relata lo agotado que se encuentra luego de viajar por ‘Eurasia’, en aquel  hermoso avión, que pagamos los ‘ciudadanos’ para que sus frecuentes viajes sean seguros y dignos. A menudo le sirve como ambulancia para transportarlo a una isla donde resuelve sus problemas de salud, por la confianza que les tiene a sus médicos y al caudillo local. Para los demás ‘ciudadanos’ la medicina y los médicos locales son suficientes. Pero las semejanzas se vuelven coincidencias cuando comparamos los ministerios  orwellianos:

‘El Ministerio de la Paz’ (Defensa), dirigido por un ex poeta pacifista que trata asuntos relacionados con la guerra. 

‘El Ministerio de la Abundancia’, (Economía) encargado de conseguir que los ciudadanos vivan tan prósperos como en Cuba o Venezuela.

‘El Ministerio de la Verdad’, (Información) que se dedica a predicar la “verdad oficial” mediante cadenas nacionales, donde nos enteramos lo felices que somos.

‘La Policía del pensamiento’, que vigila día y noche nuestras conversaciones telefónicas (Ministerio Fiscal, Proyecto Libertador)  para que el pensamiento sea uniforme.

El ‘Ministerio del Amor’(Gobierno y Policía), encargado de los castigos y la tortura, destinado a acoger a todos aquellos, que como yo, no nos convence ni el ‘Gran Hermano’ ni su clero.

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