19 de July de 2009 00:00

Las familias que habitan en el acantilado están en peligro

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Redacción Manta

La zona del Peñón del Diablo, noreste del cantón Jaramijó, sucumbe ante la fuerza del mar.



Los trabajos
Hace un mes     el Municipio contrató a cuatro obreros para que  realicen   los trabajos de demolición de las casas que aún están al borde del acantilado. Uno de ellos falleció al efectuar  estos trabajos.   
La estación de    bombeo del nuevo sistema de alcantarillado sanitario está ubicada a 100 metros del mar en pleno zona de riesgo. Al norte de la calle Isidro Ayora el acantilado sigue resquebrajándose.
En un lote de cuatro hectáreas ubicado detrás del Hospital Materno Infantil, en la parte alta del poblado,  se realizan trabajos de cambio de suelo. El propósito  es  edificar  después algunas viviendas.Desde hace 27 años, la calle Alfonso Darquea que se extendía un kilómetro desde el parque de La Libertad por el sur, hacia la playa por el norte ya no existe. Raúl Arcentales, vecino de la calle Isidro Ayora, la segunda arteria a espaldas del resquebrajado acantilado, sabe de la acción destructora de la naturaleza.

Todo empezó con el fenómeno El Niño 1982-83. Las intensas lluvias convertían a las calles en ríos y el mar golpeaba sin compasión contra el acantilado, no había un muro de protección.

Las olas  implacables  cortaban   el granito del macizo a través de su constante golpeteo. Ahora solo quedan pequeñas piedras como mudos testigos.

Melquíades Mero recuerda que fueron  ocho meses de continúo desgaste  de las olas, eso fue suficiente para que el malecón de 400 metros de ancho y un kilómetro de largo desapareciera por la furia del agua.

El golpe de gracia fue el fenómeno El Niño de 1997-98. Cuatro meses más del golpeteo  del mar y 40 casas fueron borradas del lugar. Hoy quedan 12. Los cimientos de cinco cuelgan al vacío en lo que queda del acantilado. Las otras ocho están cuarteadas, todo fue obra de la madre naturaleza, dice José Alipio Vélez.

“Cuando sube la marea y hay aguajes, las olas crecen hasta cinco metros. Parecen un misil que va y viene, el agua se recoge mar adentro y luego regresa, con fuerza pega contra el  muro de piedra escollera construido hace cuatro años y todas las casas cimbran, es como un temblor que se repite siempre cuando la marea es alta, eso sucede cuatro días cada mes, testimonia María Delgado.

Ella tiene su casa al filo de la calle Isidro Ayora. La fachada de la humilde vivienda de dos plantas (construcción mixta, madera, ladrillo y techo de zinc) esta trizada. Las grietas de tres centímetros se abren más cada tres meses, comenta la mujer de tez trigueña. En las ocho casas que aún permanecen en el acantilado viven cuatro familias. Uno de sus ocupantes  es
Pedro Modesto Marín. En el espacio social de la resquebrajada vivienda que domina una vista panorámica del mar, yacen los arpones y redes. La pesca de Pedro es de profundidad.

Con esas herramientas, cuenta que va  en busca de peces grandes que viven en el arrecife de coral ubicado a 20 minutos mar adentro.  Marín, cuenta que la propiedad de su padre y sus abuelos se prolongaba 500 metros con dirección al mar, ahora solo queda la casa que está cuarteada, el mar recuperó territorio y socavó 300 metros que fueron tierra firme.
Hace cuatro años, la Defensa Civil declaró a esta zona     un sitio de alto riesgo.

Wilfrido Rosado, director de la entidad de salvamento manifestó      que las familias serán trasladadas   hacia un asentamiento  más seguro que fue   planificado  por el Municipio local   y por  el Ministerio de Desarrollo Urbano y Vivienda (Miduvi).

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