22 de junio de 2014 15:12

Europa sorprendida por la guerra pese a años de tensiones

Una imagen de 1916 muestra a unos soldados franceses moviéndose desde su trinchera. Foto. AFP

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Agencia AFP
París
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Europa estaba en la cima de su poderío en vísperas de la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, se daban todas las condiciones para la caída del continente en una de las mayores tragedias de la historia, calificada por algunos observadores de "suicidio colectivo".

Desde el Atlántico hasta Rusia, el siglo XIX parece prolongarse. Dinastías seculares reinan en los grandes países, con la notable excepción de Francia. El káiser Guillermo II de Alemania, el rey Jorge V de Inglaterra y el zar Nicolás II de Rusia son primos.

En plena revolución industrial, las viejas naciones desembarcan en la modernidad. Con más de 450 millones de habitantes, Europa cuenta con cerca del 30% de la población mundial y más de la mitad de sus imperios.

Alemania, Francia y Gran Bretaña representan más de un tercio de la producción industrial del planeta, pese a que Estados Unidos se había convertido ya en la primera potencia económica mundial a finales del siglo XIX. Y el continente está en la vanguardia de la innovación económica, técnica, artística y científica.

La rivalidad entre los imperios, alimentada por el deseo de confirmar el poderío político, la seguridad y los mercados comerciales, rompe los equilibrios. 

Dos bloques

Las abiertas ambiciones marítimas y coloniales de Berlín preocupan a Londres y van a crear asimismo graves tensiones con Francia, en particular con respecto a Marruecos en 1905 y 1911. Rusia y el Imperio Austrohúngaro también compiten por incrementar sus esferas de influencia en los Balcanes, en detrimento del declinante Imperio Otomano. Es ahí donde Europa se jugará su destino.

Dos "guerras balcánicas", de octubre de 1912 a la primavera de 1913, encienden la región. Agrupados en torno a Serbia, Bulgaria, Grecia y Montenegro arrancan a los otomanos sus últimos territorios en Europa, antes de desgarrarse sobre su partición. Con excepción de Rusia, cercana de Serbia en nombre de la protección de los eslavos, las grandes potencias observaban el polvorín con prudencia y evitaron lo peor.

Pero el peligro para la paz se consolidaba. Y es que con los años se habían creado dos bloques: la Triple Alianza agrupaba a los imperios alemán, austrohúngaro y a Italia. Por su parte, Francia y Gran Bretaña, al oeste, eran aliados de Rusia, al este, en el seno de la Triple Entente. 

Berlín se siente rodeado

Situada entre las dos grandes potencias coloniales de la época y su inmenso vecino ruso, Alemania se siente atenazada. Berlín considera que el Imperio Austrohúngaro se ha debilitado con los conflictos balcánicos y que Rusia se ha reforzado. El estado mayor alemán considera inevitable una guerra europea y en 1913 alista a 300 000 soldados más en el ejército.

Esto lleva a Francia a prolongar el servicio militar a tres años, para conservar un relativo equilibrio de fuerzas. En ambos lados se prodigaban "los discursos nacionalistas, discursos impregnados de una gran angustia, el temor de ser sorprendido por el otro", resume el historiador alemán Gerd Krumeich, profesor de la Universidad Heinrich-Heine de Dusseldorf. "Había elementos de tensión, pero también capacidad para solucionar las crisis", apunta Nicolas Offenstadt, profesor de la Universidad de París La Sorbona.

Las corrientes pacifistas son muy fuertes y se está lejos de la "unión sagrada" que tanto en Francia como en Alemania, en Reino Unido o en Rusia, aunará a dirigentes y a opiniones públicas a favor de la guerra un año más tarde. El año 1914 se inicia en un clima de apaciguamiento.

La chispa de Sarajevo

El sistema de alianzas de bloque tejido con los años se mantiene. Pero la balanza amenaza con romperse al más mínimo incidente, pues los aliados están obligados a la asistencia automática en caso de agresión. Sólo falta la chispa. Al disparar contra el archiduque Francisco-Fernando, el heredero del trono austrohúngaro, el serbio Gavrilo Princip sella el destino de Europa el 28 de junio en Sarajevo.

Los dirigentes europeos pensaron hasta el último momento que podrían evitar, al igual que en 1912 y 1913, un conflicto que tomará a los pueblos por sorpresa, en un mundo donde la información llegaba a una fracción limitada de la población.

La multiplicación de los errores de análisis activó la maquinaria: Austria, alentada por Alemania, interviene contra Serbia con la pretensión de restaurar su autoridad en la región.

Rusia se moviliza y espera ayudar a su protegido eslavo intimidando a los austriacos. Pero esto no hace más que provocar la movilización simultánea de su aliado francés y de una Alemania obsesionada por la idea de un conflicto inevitable entre las grandes potencias.

Nada impedirá que la guerra estalle el 3 de agosto, pero nadie se pudo imaginar cuál sería su alcance. "Hay que recordar que los soldados no se esperaban una guerra mundial", subraya Nicolas Offenstadt. "No pensaban que iban a la muerte en las condiciones que tuvieron que enfrentar y muchos creían que regresarían a casa en unas semanas o unos meses".

Las ilusiones saltaron pronto en pedazos y todo el planeta saldría conmocionado, cuatro años más tarde, del primer conflicto mundial.

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