24 de November de 2009 00:00

EE.UU. y Zelaya

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Carlos Alberto Montaner

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Los hondureños desean saber qué ocurrirá tras las elecciones del 29 de noviembre. En consecuencia, un grupo de la sociedad civil, apoyado por la revista Estrategia y negocios, organizó un seminario internacional el 12 de noviembre para examinar a fondo este asunto. Participé en el evento, pero además quería satisfacer una curiosidad. Luego la explico.

Al guatemalteco Julio Ligorría, experto en solucionar crisis, le pidieron analizar cómo y por qué la percepción internacional fue tan negativa con el gobierno de Roberto Micheletti, aunque en la salida de Manuel Zelaya se aplicaba estrictamente la ley. Al peruano Álvaro Vargas Llosa, autor de dos libros sobre cómo abandonar el subdesarrollo, le solicitaron una visión de futuro para que Honduras deje de ser el tercer país más pobre del continente.

De mí esperaban una predicción sobre cuál sería la respuesta del castrochavecismo frente al legítimo Gobierno que emerja de las urnas, a la que agregué una incómoda advertencia final: quizá sea la última oportunidad para salvar las libertades individuales y la estructura republicana. Si el pueblo no ve en la democracia y el pluralismo una solución a los intereses de la inmensa mayoría, es probable que en la próxima oportunidad se deje embaucar por algún demagogo “bolivariano”.

Pero al margen de mi desagradable trabajo como Casandra, quería averiguar por qué Estados Unidos apoyaba ahora cualquier decisión del Congreso y la Corte Suprema hondureñas, lo que significaba que Zelaya no volvería a gobernar.

Causas que explican este cambio:

•El Departamento de Estado comprobó que el respaldo institucional hondureño a la destitución y arresto de Zelaya era prácticamente unánime y se mantenía firme, pese a las sanciones y las cancelaciones de visas y, según las encuestas, el 80% de la población prefería mantener al presidente alejado del poder.
•En el Departamento de Estado circulaban dos páginas de la inteligencia norteamericana donde se consignaban los presuntos delitos y complicidades del entorno  íntimo de Zelaya con el narcotráfico y la corrupción.

No tenía sentido colocarse en ese mismo bando, mientras Washington mantenía en Honduras la base militar de Palmerola, supuestamente dedicada a vigilar y combatir las actividades que realizaban familiares y amigos de su protegido.

Este análisis es el que también explica el apoyo  a Micheletti  y el envío de observadores a las próximas elecciones que ya han hecho diversas instituciones del mundo democrático.
Es probable que el próximo presidente electo  no tarde en recomponer las relaciones internacionales del país. Ojalá.

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