12 de July de 2009 00:00

Édgar Serrano, el avión es la medicina para su estrés

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Juan Pablo Vintimiilla,  Redacción Cuenca

Es contradictorio, pero la afición por la aviación del galeno cuencano Édgar Serrano se inició en 1976, cuando su padre Manuel y su hermano Galo murieron en un  accidente de Saeta.
 


SU Lugar . El aire es la libertad de mi alma.
SU Frase .Mi profesión es la medicina y mi pasión es  la aviación.
SU receta.  La responsabilidad y la honestidad son los caminos más directos al éxito.Él  tenía unos 14 años y su único interés era pilotar una avioneta para encontrar los restos de ese Vicker Viscount en el que viajaban sus familiares.

Cuando cumplió la mayoría de edad para hacerlo su familia no le apoyó. De hecho se opuso rotundamente. Entonces Serrano optó por su plan B, la Medicina.

Estudió y se graduó en la Universidad de Cuenca y en 1989 viajó a Argentina para hacer una especialidad en Otorrinolaringología y después obtuvo otra en Cirugía de cuello y cabeza.

Serrano se dedicó de lleno a su profesión y hace 15 años fue uno de los médicos que fundaron el hospital Monte Sinaí, en Cuenca.  Pero ese interés por  la aviación estaba   intacto. Recién en 1999 pudo cumplir su aspiración.
 
En ese año se   reunió con su cuñado Hernán Andrade para comprarse un ultraligero y aprendieron a ser  pilotos  en el Aeroclub Alas del Bosque, de Guayaquil.

Desde esa época Serrano tuvo tres percances al aterrizar, recuerda su amigo desde hace más de 20 años, Gustavo Salazar. Uno de ellos llegó en el peor momento: Serrano estaba negociando la venta de su ultraligero y hacía una demostración a sus  clientes…

Algo falló y Serrano tuvo un aparatoso aterrizaje que dañó a la pequeña nave. El negocio acabó.
Pero eso ya no  ocurre. Serrano se siente libre y tranquilo en la cabina de su avioneta de ala baja MXP 650, turbo alimentado, que vuela a  180 kilómetros por hora.

Se sabe de memoria la vista aérea de los alrededores de Cuenca y señala pueblos, sectores y fábricas cada vez que los identifica. Cómo no hacerlo si vuela todos los fines de semana y hasta tiene un pequeño hangar junto a la pista del aeropuerto Lamar, de Cuenca.

El relato de esos escenarios vistos desde las alturas o las aventuras y anécdotas es  una suerte de ritual que ocurre al final de casi todas las juntas médicas, dice su otro colega Max Cardoso. A pesar de la detallada descripción que da Serrano de cada aspecto, Cardoso nunca se arriesgó a volar con su amigo.

Los que nunca tuvieron miedo de subirse al ultraligero o a la avioneta fueron sus hijos, primos, sobrinos, hermanos… No solo que no temen sino que Johana Serrano, su hija, de 24 años, es piloto comercial y ya tiene 1 400 horas de vuelo. Ella voló durante dos años para la compañía Ícaro.

Johana consiguió lo que su padre anheló desde su adolescencia, pero no pudo cumplir. Él nunca pudo ser piloto profesional, pero tiene licencia de piloto privado. No se gana la vida volando, pero sí lo ha hecho en  largas distancias.

Eso ocurrió en  2002 cuando compró su avioneta en una fábrica ubicada en Pereira (Colombia). En esa ocasión Serrano decidió traerla volando, así que tramitó  los permisos que necesitaba, elaboró un plan de vuelo y lo hizo junto con su amigo José Espinoza. El   viaje duró cerca de  cinco horas.
 
Desde entonces, no hizo otro viaje tan largo. Lo que sí hace es aprender de mecánica y él mismo da parte del mantenimiento a su pequeño avión. Serrano  también  vuela  en  los ultraligeros desde mediados de  los noventa.

Lo hace con el apoyo de sus amigos del Aeroclub Cuenca, un grupo que   fundó y que actualmente tiene  ocho asociados.

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