21 de May de 2010 00:00

Urbina, entre la fe y el contrabando

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Miguel Castillo

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Frente al Santuario de la Virgen de Las Lajas, en el corazón de Urbina, se santiguan los devotos, entre ellos contrabandistas. Los devotos son la mayoría de los 2 267 habitantes de esa parroquia rural, situada en la frontera con Colombia, al nororiente del Carchi.

Los contrabandistas hacen la señal de la cruz a la medianoche y a la madrugada. En esos momentos sortean los controles policiales y aduaneros llevando sus mercancías amarradas en los baldes de los camiones y camionetas, o a escondidas en los carros pequeños (bajo los asientos, a los costados del motor, doble fondo en la cajuela posterior).Ningún vecino los delata. No hablan por miedo a las represalias de una realidad que muchos miran, pero pocos lo dicen.

Óscar N. cumple con este acuerdo del pueblo. Hace la señal de la cruz sin apartar la vista del santuario amarillo. Así gana tiempo para pronunciar solo las palabras exactas. “Los contrabandistas provienen de Tulcán. Son grupos armados que no vacilan en disparar a los soplones. Trafican productos agrícolas y hace poco televisores LCD, computadores portátiles, radios UCV, celulares, todo traen de Colombia, donde son más baratos. Aquí tienen varios contactos”.

Se aleja por la adoquinada calle 11 de Junio, la vía más transitada de ese pueblo, rodeado de colinas verdes y amarillas que envuelven sus casas dispersas. Aquí la gente siembra arveja, papas, cebada, zanahoria y trigo.

Los propietarios de las viviendas de dos aguas con techos de teja la consideran una tierra bendita. Eso se comprueba cuando el sol resalta las plantas de pumamaqui, mortiños, cerote, mora, guanto, lechero, chilca y marco.

En el pueblo urbano y sus comunas Chapués, Palizada, Calle Larga, Pulcás, Taya, Carrizal, Llano Grande y El Capote hay preocupación por la violencia en el sitio. No solo por la que a veces desatan los contrabandistas, también los secuestradores.

El año pasado, los rezos dirigidos a la Virgen de Las Lajas, la patrona parroquial, se debieron a la liberación del presidente del gobierno parroquial, Simón Lucero. Por tres meses y seis días estuvo cautivo, entre el 5 de julio y el 11 de octubre del 2009.

Los detalles de su liberación permanecen en el silencio. Este hecho, sin embargo, quedó registrado en una de las 26 placas de gratitud fijadas en las paredes del santuario, en ambos lados de la puerta principal.

José Gerardo Tulcán, de 85 años; y su esposa, Bertha Becerra, 86 años, creen que Lucero debe su libertad a la Virgen. Ambos son los habitantes más antiguos del centro urbano y todavía conservan tradiciones como la de cocinar en fogón.

Tulcán aún recuerda las mingas para concluir el santuario de la Virgen de Las Lajas, en Urbina. Se inauguró en marzo de 1957.

“El fervor religioso –cuenta Tulcán- empezó medio siglo antes. Un albañil de este pueblo trajo una piedra del santuario de Las Lajas de Nariño (Colombia). En esa pequeña laja (piedra llana) apareció la imagen de la Virgen. Fue pintada sin intervención humana”. Hoy, esa piedra se venera en el altar mayor del santuario. Su culto moviliza anualmente a devotos de Ipiales, Tulcán, Ibarra, Quito y sectores del Litoral como Manabí, Guayas y Santo Domingo de los Tsáchilas.

Los visitantes que llegan en septiembre han visto la cercanía de Urbina con Colombia. Solo una quebrada, de 100 metros, separa al suelo colombiano del ecuatoriano. Urbina está a 7 kilómetros de la carretera Tulcán-Rumichaca y a 7 kilómetros y medio del Puente Internacional.

En la calle Carchi, del lado ecuatoriano, el Servicio de Vigilancia Aduanera (SVA) colocó hace cinco años una cadena que se tiempla en dos columnas de hormigón.

Es el control de la vía estrecha de piedra que conduce al cementerio de Ipiales, en un viaje de 25 minutos. El tráfico comercial está prohibido por ese paso.

En Urbina funciona uno de los 23 pasos ilegales utilizados por los contrabandistas. Se trata de la Calle Larga, un corredor de piedra y tierra de 2 km de longitud. Se inicia en las colinas y concluye en una hacienda colombiana.

“Las puertas de esa propiedad se abren cuando los traficantes pagan el precio. Los controles ecuatorianos son continuos, pero poco efectivos sin el apoyo de nuestros pares colombianos”, reconoce Juan Carlos Cevallos, inspector del destacamento del SVA de la parroquia Urbina.

Los domingos arriban fieles de Urbina y sus alrededores para escuchar misa en el santuario.

El grupo Juventudes de Urbina, dirigido por Wilmer Tulcán, intenta contrarrestar la mala fama del contrabando mediante acciones culturales.

Este año ganaron un premio de USD 5 000, en un concurso de comparsas que se realizó el 6 de enero por el Día de los Blancos y Negros, que se festeja en Colombia. El dinero se invertirá en el remozamiento del santuario de la parroquia rural.

Ellos también se propusieron culturizar los carnavales presentando alegorías, desfiles y eventos deportivos y musicales.

El anochecer en Urbina maravilla cuando el sol se oculta por las colinas. En esos momentos el pueblo vuelve a recobrar su esencia: una zona de valores, religiosidad y paz.

Pero los contrabandistas están al acecho para cruzar la frontera, siempre pidiendo la protección a la Virgen de las Lajas.

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