3 de June de 2010 00:00

Carlos Sánchez vigila el Tungurahua desde hace 10 años

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Andrea Rodríguez

El camino que conduce a la Casa del Árbol, al nororiente del Tungurahua, es estrecho y serpenteante. Los estruendos generados por las explosiones volcánicas son constantes durante el trayecto que dura cerca de 15 minutos desde la ciudad de Baños.

El vehículo se detiene y hay que seguir el camino a pie. La oscuridad de la noche y una llovizna dificultan el ascenso por la pronunciada loma que lleva al lugar.Al fondo se divisa la casa del vigía Carlos Sánchez, ‘Carlitos’, como lo llaman los técnicos del Instituto Geofísico de la Escuela Politécnica Nacional.

Ellos se comunican, a diario con él, a través de un handy. Sánchez es uno de los cuatro guardianes del volcán.

Los otros vigilan el macizo desde otros sectores cercanos: Juive Grande, Pondoa y la parte baja de Runtún.

Sánchez es un hombre de piel curtida y bigote incipiente. Desde el pasado viernes, este hombre, de 67 años, recibe visitas de turistas y lugareños que quieren conocer el sitio desde el cual emite reportes a los vulcanólogos.

Su labor es reconocida por los vulcanólogos y por los habitantes de la región. Los técnicos del Instituto Geofísico recomiendan visitarlo para conocer su trabajo.

La posición privilegiada del mirador le permite a Sánchez observar y escuchar si hay anomalías en el volcán, por ejemplo, la intensidad de los bramidos, su frecuencia, la presencia de lodo y escombros.

Lleva binoculares y el handy. Su familia, esposa e hijos viven a un kilómetro de allí.

Cuando hay situaciones de emergencia, como la actual, pasa más de 10 horas, solo, vigilando el volcán. “Me acompaña la virgencita de Agua Santa”.

En el 2000, cuando los habitantes de Baños regresaron a sus viviendas al cumplirse un año de su evacuación, Sánchez, también oriundo de Baños, construyó una casa en un árbol.

Durante el día mira con sus binoculares la quebrada de Bascún, que se extiende hacia Baños.

Por la quebrada pueden descender rocas y lodo hacia la ciudad, en el caso de una erupción de magnitud.

En la noche, Sánchez permanece en la cabaña construida a 20 metros de la casa.

Allí tiene un escritorio y sobre una de las paredes está la imagen de la Virgen del Rosario de Agua Santa. Junto a ella, un afiche del volcán y mapas de la zona de riesgo. Sobre el escritorio, un cuaderno con pasta azul donde los visitantes dejan sus mensajes.

La mayoría de saludos está escrita en español, pero hay otros en inglés, alemán, francés y chino. En uno de ellos se lee: “Para Carlitos, que Dios lo bendiga en esta tarea de vigilar el volcán”.

En Navidad, algunos turistas de España, Finlandia, Alemania, Estados Unidos, que lo han visitado, suelen enviarle tarjetas .

Junto a la casa del árbol cuelga un columpio que entretiene a quienes acuden al lugar, en especial los niños.

Durante 10 años, el vigía ha presenciado la actividad volcánica y sus reportes son importantes para los vulcanólogos porque estos pueden conocer las novedades a través de sus reportes.

Se comunica con ellos por radio sin importar la hora. “Cuando me viene el sueño me preparo un café amargo”. No recibe un salario, pero lo hace con gusto y dice que esta tarea lo ha mantenido sano y robusto a pesar de sus años. No le teme al volcán ni a sus estallidos. “Yo solo le temo a Dios”, comenta.

Gorki Ruiz, vulcanólogo del Instituto Geofísico, dice que el trabajo de Carlos Sánchez es importante, porque les facilita información.

“Nos indica cuando hay lluvias intensas que generan estos flujos. Luego lo confirmamos con los instrumentos y avisamos a las autoridades para que puedan evacuar a las poblaciones cercanas”.

Durante estos 10 años, Sánchez se ha familiarizado con el lenguaje técnico. Frente a uno de sus mapas, y como si dictara una clase, dice: “Mire, este es un lahar y este es un flujo piroclástico”.

De repente lo llaman y da un reporte por el handy: “En este momento hay una actividad importante con rodamiento de rocas y hay una nube bastante negra que se levanta”.

De joven, como conscripto, Sánchez siguió un curso de comando. Dos años permaneció en el Oriente y después pidió la baja, cansado de la disciplina militar.

Trabajó 25 años en la Empresa Eléctrica del Tungurahua. Desearía que alguno de sus nietos se dedicara a criar animales y cuidar la tierra, pero dice que ahora la vida es diferente porque todos quieren estudiar.

Cuando comenzó a colaborar con los vulcanólogos del Instituto Geofísico tuvo problemas con su esposa. Ella se molestaba cada vez que su esposo iba a cumplir su labor. Creía que tenía otra familia, pero, arriba, lo único que a Carlos Sánchez le espera es la Mama Tungurahua.

Tenga en cuenta

Quite la ceniza de los techos planos o de poco declive. Así evitará que el peso del material los destruya o que con la humedad se forme una pasta.

La exposición a la ceniza puede resecar las fosas nasales. Debe lavarse la cara y sobretodo las fosas nasales con agua tibia o fría.

Durante la caída de ceniza cierre las puertas y selle las rendijas. Para eso use una toalla o un mantel humedecidos. Eso absorberá el polvo.

Si tiene verduras u hortalizas que quiere consumir, pero están contaminadas con ceniza, deje pasar dos días y lave con abundante agua.

Mientras el material está en la calles evite conducir. Si requiere movilizarse, hágalo lentamente (a 25 km/h). La ceniza reduce la visibilidad.

Si tiene problemas respiratorios no salga de su casa hasta que pase la caída de la ceniza. Esta pudiera provocar complicaciones en su salud.

El material también afecta a los perros. Lo recomendable es tenerlos dentro de casa hasta que pase la ceniza. Se les irrita los ojos.

Si tiene un jardín lo aconsejable es humedecer la tierra y luego mezclarla. La ceniza tiene nutrientes que ayudarán a sus plantas.

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