18 de May de 2010 00:00

La ayuda comenzó a llegar para los 36 damnificados de Santa Ana

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Redacción Guayaquil

Serafín Coello no cesa de llorar. Una y otra vez recibe el consuelo de su esposa Ana Sánchez y de su hijo Luis. Ellos son tres de las 36 personas afectadas por un incendio que, la mañana del domingo, consumió cuatro casas en el cerro Santa Ana, centro de Guayaquil.

Ni siquiera la llegada de las primeras ayudas sirve de desahogo a este sexagenario, cuya vivienda quedó consumida por el fuego, en el callejón Santo Domingo.Él llegó a las 07:30, luego de trabajar como guardián en la zona regenerada del cerro, cerca de su vivienda. Entonces se encontró con su casa destruida. En apenas 30 minutos, el fuego consumió su vivienda de construcción mixta. Su esposa e hijo lograron escapar.

Al sitio se accede a través de escalinatas y un callejón. Por esta razón, para los Bomberos fue dificultoso llegar al lugar del fuego. Incluso Martín Cucalón, jefe del Cuerpo de Bomberos, criticó la falta de colaboración de los habitantes, pues -dijo- que, incluso, se robaron tramos de mangueras.

Además, según los moradores, en los hidrantes no había agua.

24 horas después de la desgracia se sacaban los escombros. Las planchas de zinc y fierros viejos eran llevados a vender para obtener algún dinero para la comida.

Ayer temprano, personas caritativas del sector apoyaron a los afectados con algo para el desayuno. Mientras el canicular sol se mezclaba con el olor a humo y a humedad.

Un anuncio les dio algo de tranquilidad. Funcionarios del Ministerio de Inclusión Económica y Social (MIES), que realizaban un censo, alertaron que la ayuda estaba por llegar.

Amparito Espinoza, directiva de esa entidad, explicó que los damnificados se negaron a ir al albergue de la calle Lizardo García, en el sur. “Temen que alguien les arrebate sus solares”.

A la par, una brigada de la Subsecretaría de Salud atendía a los afectados en una carpa.

Ricardo Moreno, jefe del Área de Salud N°7, contó que no había heridos, salvo varios casos con quemaduras leves de grado 1. También con afecciones respiratorias y crisis hipertensiva.

Cerca de las 10:40 llegó el gobernador Roberto Cuero. A su arribo dijo estar asombrado porque en el sitio no había ningún técnico ni representante del Ministerio de Vivienda.

Pero anticipó que para recibir el bono y reconstruir las casas se requiere que los terrenos estén debidamente legalizados.

Isabel Mancero clamó ayuda a Cuero. Ella es madre de Isabel y Wendy Real, quienes vivían en la casa donde se originó el incendio. “Ellas arrendaban a un señor Jorge Muzio y lo que pido es que les den un terrenito para levantar su propia casita”.

Entonces, las familias bajaron hasta el patio de la escuela Gonzalo Llona. Recibieron colchones, cobijas, almohadas, toldos, recipientes para agua y alimentos para dos semanas. Otro de los afectados, Alberto Maquilón, no sabía a dónde llevar esos enseres. “Al menos esto es para comenzar de nuevo. Apenas estamos con lo que teníamos puesto”.

A los afectados les toca comenzar otra vez. Don Serafín toma un respiro y lee, en una pared blanca que no alcanzaron las llamas: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas”.

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