21 de February de 2010 00:00

Ecuador y los otros

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Marco Arauz Ortega

Fander Falconí solía repetir que uno de los logros de la Cancillería fue el rescate de la soberanía nacional. Se supone que bajo este concepto se deben enlistar las iniciativas para crear o participar en nuevos organismos regionales (Alba, Unasur, una OEA sin Estados Unidos ni Canadá); el establecimiento de relaciones bilaterales alternativas, con países como Irán; la terminación del convenio para el uso de la Base de Manta para la lucha contra el narcoterrorismo, o la denuncia de un tramo de la deuda como ilegal e inmoral, antes de recomprarlo.

Deben sumarse las acciones contra empresas extranjeras que mantenían contratos con el país, lo cual aumentó las demandas  contra Ecuador en tribunales internacionales y la molestia de las naciones de origen de esas compañías. Al mismo tiempo, al menos hasta marzo de 2008, se produjeron internamente varias señales que pudieron interpretarse desde afuera como una connivencia con las FARC e incluso con sus actividades de narcotráfico.

Quizás sin quererlo, pero sin hacer nada para evitarlo, el Ecuador fue acumulando  la animadversión de sectores radicales que tienen una gran capacidad de cabildeo en centros políticos y económicos. Parte de esas reacciones se reflejan en el reciente informe de una Fundación en Washington que ubica al país como un centro de operaciones del crimen organizado, y en la decisión del Grupo de Acción Financiera (Gafi) de colocar al Ecuador en la lista de jurisdicciones de riesgo, es decir, entre los países que no cooperan en la lucha contra el lavado de dinero.

¿Es injusto que el país haya sido ubicado en una lista tan poco deseable? Las entidades técnicas como la Procuraduría y la Superintendencia de Bancos explicaron el viernes las acciones emprendidas para seguir las advertencias que el Gafi ya había hecho en  2007 y que, al parecer, fueron insuficientes, pero desde el sector político se siguen barajando razones políticas e ideológicas detrás de la que se considera como una medida injusta.

Sin embargo, es evidente que el Gobierno, pese a las advertencias, ha seguido un libreto ideológico para marcar las relaciones internacionales. Y hoy no puede quejarse de que sus acciones sean leídas bajo esa misma óptica. Ha sido un error marcar la política externa a partir de la agenda interna. Incluso en un caso tan emblemático como la Iniciativa ITT, el Presidente dejó que el proceso se desdibujara, quizás de modo irreversible, al descalificar a los posibles aportantes y a la negociación a partir de desavenencias internas.

Por si fuera poco, ahora se pone al frente de la Cancillería a un personaje que sigue empeñado en ocuparse de la política interna y que acaba de declarar que una de sus prioridades será crear la OEA paralela… Pero como siempre -como también sucede en la política interna-, la culpa de los traspiés en la política exterior ha sido, es y será de los otros.


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