1 de November de 2009 00:00

Él duerme en un nicho, rodeado de muertos

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Redacción Esmeraldas 

Un nicho vacío es, desde hace seis meses, el hogar de Aníbal Palomino. Él convirtió al Cementerio Municipal de Esmeraldas en su casa. No tiene otro lugar donde vivir.

Es un ex marino y tiene facilidad para expresar sus ideas con claridad. A sus 84 años está convencido de que ese es el lugar más tranquilo del mundo. “Aquí no molesta nadie, por eso le dicen camposanto”, comenta con una seguridad que sorprende.

Delgado y alto, es muy común verlo sentado todas las mañanas cerca de la puerta principal. Allí vende agua en galones. Sus principales clientes son los familiares de los difuntos. Cada galón lo expende en USD 0,15. Le compran para refrescar las flores que adornan las tumbas.

En la tarde recorre, lentamente y  ayudado por un bastón, los largos pasillos, flanqueados por bóvedas blancas repletas de cruces. Ya en la noche se instala a descansar en su tumba.
“Es un sueño reparador, porque duermo plácidamente, sin bulla”.

Recostado en el sepulcro de cemento, sobre una manta y otras pertenencias suyas, dice que ese sitio fue hecho a su medida. Su mirada es penetrante y, a ratos, su voz se  debilita. 

Palomino solo abandona el cementerio para comprar alimentos en las tiendas cercanas,  de las calles Eloy Alfaro y Eugenio Espejo. Es de mal comer y parece enorgullecerse de aquello. 

Fue marino y por su mente aún dan vueltas las imágenes de su viaje a Salinas a bordo del buque de guerra Atahualpa.

A su regreso tuvo problemas con su esposa y decidió salir de la casa para nunca más volver. De su matrimonio comenta muy poco. De lo que más habla es de su hijo, al cual no lo ve desde hace un año. Cuando vivía con su familia, le molestaba la presencia de los vecinos del barrio. Esa es una razón para apreciar el silencio de las frías tumbas.

Los guardias, los encargados del aseo y los visitantes se acostumbraron a ver a Aníbal Palomina en el Cementerio Municipal.
Hugo Alfredo Angulo, administrador del panteón, dice que la presencia del anciano no les afecta en nada. Todo lo contrario, él ayuda a abrir las puertas en las madrugadas, especialmente cuando hay alguna emergencia y se necesita dejar algún cadáver en la morgue, que funciona en el lugar. “Lo único que le pedimos es que cuide su aseo”. 

El Cementerio Municipal es el principal y más grande de la capital de Esmeraldas. Los nichos levantados sobre las 40 000 hectáreas están copados. La demanda crece y ya se edifica un nuevo bloque, donde se habilitarán 5 800 espacios para los cadáveres. Además, se construye otro cementerio en la vía a Esmeraldas.  

Angulo reconoce que se tejen muchas historias de terror sobre el cementerio. La más común es la que cuentan las beatas. 

Una noche cruzaba por el sector un borrachito, mientras dos personas ingresaron a robar los mangos de un árbol gigante que había entre las tumbas.
Mientras el borrachito descansaba escuchó las supuestas voces de ultratumba que decían una para ti y otra para mí. Sorprendido, pensando que eran Dios y el diablo que se repartían las almas, salió desesperado rumbo a su hogar.  Palomino asegura que nunca ha escuchado o ha visto algo extraño o sobrenatural. 

No le preocupa si algún día meten un cadáver en la bóveda donde duerme.  Con resignación comenta que no le quedará otra opción que buscar otra que esté vacía y desolada.

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